14/03/2018 - 08:28:06 - visitas: 139
Nacional

El Gobierno recibió a la UIA para detener la escalada de cruces verbales.

Tenso armisticio industrial, esperanzas devaluadas y Sturzenegger sin brújula

Francisco Cabrera abandonó la Casa Rosada pasado el mediodía del lunes aliviado por la tregua lograda con la cúpula de la Unión Industrial Argentina (UIA). En las semanas previas el ministro de Producción y los industriales se habían lanzado varios golpes verbales directo a la mandíbula en la guerra del tomate: la invasión de tomates en lata importados tiene a Arcor al borde de un ataque de nervios.

Al macrismo le reditúa en la opinión pública los roces con los industriales para borrar la imagen indeleble que lo rotula como lo que es: un gobierno para ricos. El costo: se enturbia el tan valorado clima de negocios. El gran capital industrial sigue bancando a Cambiemos en tanto muestra voluntad de engrosar sus ganancias atacando las condiciones de vida del pueblo trabajador. Pero la suspensión momentánea de las hostilidades no parece que vaya a eliminar el malestar.

Marcha atrás

La industria atraviesa un largo período de lento retroceso. La “década ganada” con la soja y la minería a la cabeza, profundizó la primarización productiva a pesar del crecimiento a tasas chinas. Luego de alcanzar su máxima producción en 2011, aún con altibajos vinculados a los períodos electorales, la tendencia es al retroceso industrial. La utilización de la capacidad instalada promedio pasó de ser 73,2 % en 2012 a 65,3 % en 2017. Es decir, una parte cada vez mayor de las instalaciones queda sin utilizarse.

Desde que asumió Cambiemos, en términos de nivel de producción, impera la recesión industrial: sólo se observó una tímida recuperación entre mayo y noviembre del año pasado debido al empuje de la obra pública con fines electorales. Desde diciembre reaparecieron los problemas.

No todos los sectores se ven afectados de la misma manera: durante 2017 la industria textil cayó fuerte por el ingreso de importados; la alimentación retrocedió moderadamente aun siendo un sector relativamente competitivo; la refinación de petróleo también registró una baja; mientras las ramas ligadas a la obra pública crecieron.

La industria genera más de un millón de empleos registrados (en “blanco”), lo cual explica alrededor del 20 % del total del país. La UIA reconoce que se perdieron 68 mil puestos de trabajo industriales desde que asumió Mauricio Macri.

Casi la mitad del empleo industrial del país se localiza en los partidos del Gran Buenos Aires y la Capital. El plan macrista de convertir al país en el "supermercado del mundo" y reestructurar lo que considera la industria poco competitiva tiene el pequeño problema de la gestión de ese polvorín social que es el conurbano.

Colonizada

La industria local no es estrictamente nacional. Los últimos datos del Indec, que datan de 2016, muestran que entre las 500 grandes empresas del país existían 276 que son industriales, de las cuales el 66 % pertenece a capital extranjero.

La automotriz, que constituye la principal industria, está copada por las terminales imperialistas. No sólo eso: en todas las ramas predomina el capital foráneo. El empresariado nacional, salvo algunas excepciones, es un socio menor en el entramado manufacturero.

Las Pymes, a las que aspira representar el peronismo en crisis, son el eslabón débil de la industria. Uno de los objetivos de la reunión del Gobierno con la cúpula industrial fue aislar a José Ignacio de Mendiguren, ex titular de la UIA y ministro de Producción de Eduardo Duhalde, quien busca ser vocero de las críticas de la pequeña industria al oficialismo. De Mendiguren fue un lobbista reconocido de la devaluación del 2002 que hundió el salario.

Previo a la reunión del lunes, en una columna en el diario La Nación, Cabrera reprochó que “Algunos empresarios (…) se resisten al cambio. Son los que crecieron a costa del Estado, a costa de todos los argentinos, gracias a gobiernos que promovieron monopolios, cerraron fronteras, alimentaron nichos de ineficiencia, precariedad y corrupción”.

Si no fueran palabras de un ministro del Gobierno de Mauricio Macri, el reproche bien valdría para el Grupo Socma de la familia presidencial que se expandió a sangre y fuego durante la dictadura.

En ArgenPapers, un libro de investigación escrito por Santiago O’Donnell y Tomás Lukin, fueron detectadas cincuenta estructuras offshore ligadas a la familia presidencial: el objetivo evadir y fugar. Lukin dio a conocer este martes un sospechoso autopréstamo de Franco Macri por $ 49 millones. No es un caso aislado.

La develación de Horacio Verbitsky sobre el blanqueo de capitales expuso que las familias Rocca (dueña de Techint), Madanes (dueñas de Aluar y Fate) y Bulgheroni ocultaban patrimonio fuera del país. Se trata de lo más encumbrado de la burguesía nacional.

La fuga de capitales es el deporte favorito. De jugarse a invertir ni hablar. De esa conducta deviene, entre otros factores como el mencionado dominio imperialista del país, el atraso productivo y la escasa competitividad.

El modelo “supermercado del mundo” del macrismo es el sinceramiento del fracaso histórico de cualquier intento, por más tímido que sea, de desarrollo industrial.

En ese esquema se comprenden los ataques en Ferrobaires, INTI, Yacimiento Carbonífero de Río Turbio y Fabricaciones Militantes. La férrea lucha en defensa de los puestos de trabajo y capacidades productivas es un embrionario ejemplo de lo que sería la industria bajo la planificación económica en un gobierno de trabajadores.

Expectativas en baja

Así como nadie cree que se cumpla la meta de 15 % de inflación tampoco hay demasiada fe en el crecimiento económico de 3,5 % que prevé el Presupuesto 2018.El crecimiento, según cálculos de analistas del establishment, se ubicará no muy por encima del 2 %. Incluso hay algunas estimaciones menores a ese número. Proliferan, además, las revisiones permanentes a la baja. La sequía de la zona núcleo de la producción agraria está aplacando las expectativas.

La actividad económica no logra superar los niveles de 2015, pero los desequilibrios se agravaron, fundamentalmente el déficit externo y el financiero del Estado por la escalada de la deuda externa.

Pero también por la persistente inflación: los datos que publicará la tarde de este miércoles el Indec probablemente muestren que en febrero la suba de precios superó el 2 % gracias a los tarifazos en los servicios públicos.

Ante este panorama, el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, exhibe cada vez más zigzagueos en la política monetaria. La baja de tasa de interés que se insinuó en la conferencia de prensa del equipo económico de diciembre primero fue moderada para luego quedar congelada frente a la escalada del dólar y los precios.

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El Gobierno está atrapado en varios círculos viciosos: uno es la retroalimentación entre dólar e inflación. Otro está vinculado a que la baja del gasto público por quita de subsidios (y los consecuentes tarifazos) más que se compensa con lo que suben los intereses de la deuda pública que financia un “gradualismo” que no convence ni a los afectados por el ajuste ni al establishment financiero.

Aún así, el único aire que da respiro al Gobierno proviene del financiamiento internacional. Germán Fermo, un agudo crítico del macrismo impregnado de una visión liberal ortodoxa, desde el diario El Cronista alertó que la deuda “nos ha convertido en uno de los mercados emergentes más vulnerables ante el nuevo ciclo ascendente de tasas en USA.”. La respiración es artificial.

En estas condiciones, no es raro que el Gobierno haya buscado girar la agenda pública hacia temas lejanos a la economía y el plan de reelección de Macri arranque con timbreos de manos vacías.

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