16/05/2018 - 15:31:48 - visitas: 184
Opinion

OPINION : Hugo Presman

LA FELICIDAD NO ES ETERNA*

Los funcionarios nos recordaban todos los días de los presuntos éxitos de su gestión. El Presidente nos informaba con su precariedad expositiva que luchaba por nuestra felicidad y que algunas medidas dolorosas eran imprescindibles porque era el único camino posible. Que si hubiera uno mejor e indoloro por supuesto que lo hubiera elegido. Que su compromiso era decir la verdad. En medio de una protección mediática enorme, las mentiras eran tomadas como verdades, las penurias presentes eran el costo de una felicidad futura, y el pasado inmediato denostado como populismo era la causa de los sufrimientos actuales. Había que perder derechos fomentados por una demagogia desenfrenada para hacer realidad la revolución de la alegría. Lo anterior era “una fiesta” con un pago de facturas diferidas. El neoliberalismo y las religiones prometen un presente nutrido de sacrificios y una recompensa gratificante, ubicado en un horizonte inalcanzable o en otra vida. 

Se puntualizó como un acto de profundo patriotismo cómo gente salvada económicamente por el resto de sus vidas, dejaban sus jugosas rentas privadas para “sacrificarse en el Estado” y colaborar en alcanzar la felicidad prometida. En el lenguaje gubernamental interno “son dadores de sangre”. Políticamente actuaron en los primeros 24 meses con inteligencia y con un pragmatismo enorme. Mantuvieron la cobertura social de los planes e incluso los incrementaron. Al mismo tiempo fueron desactivando en silencio,  la mayoría de los positivos emprendimientos y concreciones del kirchnerismo, y agravaron todo lo negativo.  El tarifazo fue aceptado a regañadientes, fruto del convencimiento que estaban bajas y por un hábil manejo publicitario y con algunas protestas en los dos primeros años.

El objetivo era pasar de ganar una elección por un punto y medio a una reafirmación contundente en las legislativas. Mientras tanto se fueron concretando medidas cuyas consecuencias nefastas se iban a exteriorizar mucho más adelante. Devaluación, ajuste, deuda (endeudamiento) y apertura de la economía, el plan DADA. Una mixtura de un modelo primario exportador con el de la rentabilidad financiera. El presunto gradualismo implementado, una concesión del lenguaje aceptado mayoritariamente, no era la vocación original del gobierno sino el camino adoptado dado los condicionamientos políticos. Lo brutal del pensamiento del gobierno se exteriorizaba en declaraciones de un salvajismo superlativo y en despidos sin anestesia.

La pesada herencia lo justificaba todo. Se repetía hasta la saturación las 24 horas del día por diferentes bocas de expendios que “se robaron todo”. Con la complicidad del  peronismo vegano, deseoso de ser la segunda marca del macrismo, suplieron sus minorías legislativas.  

Fue en economía donde con una mezcla de ideología trasnochada e impericia mayúscula, elaboraron un coctel explosivo. Mucho de lo que puede ser visualizado como errores son objetivos buscados. 

La eliminación de todos los controles financieros permitió convertir el país en un garito enorme. La disminución premeditada de los ingresos para favorecer a los sectores concentrados fue coherente con sus propuestas ideológicas y llevaron en dos años a un incremento considerable del déficit fiscal. La apertura indiscriminada de la economía produjo un desusado déficit comercial, mientras la fuga de capitales, el déficit en turismo, el peso de los intereses de una deuda contraída con premeditación y como única tabla salvadora que crece con voracidad, potenciaron el déficit de balanza de pagos. 

Las importaciones crecieron por el ascensor y las exportaciones por la escalera. El país se quedó así sin los únicos dólares genuinos. El crecimiento del PBI fue tan pequeño que el presidente tuvo que caracterizarlo de invisible.  A dos años y medio de haber empezado su gobierno, mientras nos hablaban de que habían evitado una crisis no percibida, iban construyendo una verdadera del tamaño de un tsunami.

Los capitales especulativos acudían en manada para obtener tasas inexistentes en ningún otro lugar del planeta. Traían dólares que vendían, los cuales engrosaban provisoriamente las reservas. Los pesos volcados al mercado que el Banco Central necesitaba neutralizar en su creencia monetarista que la inflación es monocausal, ofrecía LEBACs que los especuladores  compraban y cuya tasa fluctuó entre un 38% y un 26,5, hasta alcanzar el 40% o más durante la corrida cambiaria. Con un tipo de cambio estable y con tendencia a la baja, las Lebacs eran renovadas y se convirtieron en una bomba de tiempo al punto tal que un vencimiento actual por el 60% de las mismas representan el equivalente a las reservas líquidas.

Mientras los ojos y oídos de Macri, Marcos Peña, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui  no se cansaban de repetir que el mayor éxito era haber impedido una crisis que le había dejado en forma larvada el kirchnerismo y que nos conducía a una situación equivalente a la que actualmente atraviesa Venezuela, el gobierno chocó con el iceberg de una furiosa corrida cambiaria que derivó en una crisis no imaginaria sino concreta.

Muchos de los integrantes del mejor equipo de los últimos cincuenta años, que protagonizaron seguramente corridas cambiarias formando parte de la entelequia mercado, puestos del otro lado del mostrador se asustaron y corrieron lívidos a pedir ayuda al FMI.

De un gobierno que se enorgullece de carecer de historia, que cuando realiza algún comentario al respecto  la banaliza con una supina ignorancia,  no es de extrañar que sea protagonista de una remake histórica con final cantado.

Se ha producido una bisagra aunque no necesariamente definitiva. El gobierno se suicida en defensa de sus falacias y recurre al FMI que le da la soga para ahorcarse. Se empieza a transitar un tiempo de descuento, porque como decía Mark Twain “es más fácil engañar a la gente, a que reconozcan que han sido engañados”. Pero cuando eso sucede es posible que ocurra lo que decía Perón: “Truena el escarmiento”

Fuente: *Publicado en La Tecl@ E?e

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