09/07/2018 - 09:33:48 - visitas: 2263
Judiciales

CARTA ABIERTA DE UNA VICTIMA

La justicia, ¿una entelequia?

Luego que DIARIOJUNIO publicara dos notas relacionadas a un fallo judicial que, en dos instancias perjudica notablemente a la profesora Mónica Muñoz (docente, jubilada y viuda) y a su familia, esta solicitó la publicación de esta carta abierta que reproducimos de modo textual. Un día de marzo de 2015, un grupo de personas, reunidas ad hoc, frente a una obra en construcción (sí,  abajo de un árbol, de la vereda de enfrente, tomando mates) asesorados, ya no tengo dudas,   con la pericia vivaz  del Dr. Solla e inspectores del Ministerio de Trabajo de la Nación, labraron un acta, donde 7 hombres (eran 6, pero ya que estaban,  pusieron 7.  Podrían haber sido 20, no importa) acusan trabajar en la mencionada obra.  Fui la carnada perfecta: mujer, viuda, docente y con un hijo, todavía, en ese entonces,  menor de edad.... 

TEXTUAL

La obra, es el producto del precio de la venta de un local, donde mi marido se desempeñó como comerciante. Falleció a los 57, por lo que la mayor parte de su vida, se  dedicó a esa tarea.

Lo acompañé muchos años. Luego me dediqué a ser docente, profesión que sigo en forma activa. De dicha cuestión,  podrá inferir el lector, me hace nula en conocimientos que tengan que ver con ser una empresaria de la construcción. Del mismo modo, cuando tengo unos pesos para arreglar mi casa, hago pintar, arreglar alguna humedad, etc. como  cualquier persona, que tiene alguna posibilidad y que mantiene el lugar donde vive. Sólo conozco algo de pedagogía,  didáctica, un poco de  historia, etc. Soy enseñante y estoy orgullosa de ello.  Tengo trabajo, vivo de eso y me gusta mucho lo que hago. Esa es mi vida, no hay mucho para contar. O, por lo menos no lo había, hasta verme envuelta en semejante situación.

Bueno, volviendo al objetivo de este escrito, y como ahora tengo para contar lo que me inquieta desafortunadamente, decidí realizar la inversión de todo lo que tenía en una   construcción casi doméstica,  como lo realiza la mayoría de la gente de mi condición. Por el  monto con que  contaba, era impensable  terminar  una obra en poco tiempo (mi solvencia económica se componía de lo que relato en los párrafos precedentes más el sueldo docente, la pensión mínima y algunas extras, siempre en educación). Todo fue de a poco y ladrillo a ladrillo. Sacar las cuentas es muy fácil. Estamos en 2018.   

Con la plata que tenía (la de la venta del local),  decidí invertir en construir (la nota de Diario Junio del 05-07-18,  es certera en cada párrafo).  Tres hijos y tres nietos y contar con una vejez tranquila, me impulsaron a pensar en un futuro más o menos cómodo para ellos y para mí. El contexto económico de esos años, fue un aliciente. Es justo que lo reconozca. El esfuerzo y el contexto económico y social  van juntos en una sociedad que se supone justa. Muy lejos de creer que lo que pude tener es solo producto del mérito propio o del de mi finado marido.

Entusiasmada con ello, mi hijo mayor, joven y con ganas de ayudar,  un carpintero, cuyo vínculo conmigo es el  de consuegro, se dispusieron a darme una mano. Mi trabajo docente implica varias horas de dedicación,  por lo que “dos hombres” en la familia, podían colaborar en la tarea, a pesar de ser casi ignotos en esa actividad.

Con todo este relato, hago pública la estafa de la que soy víctima. Una jueza que no da lugar a ninguna prueba a mi favor. Los inspectores del Ministerio de Trabajo de la Nación en connivencia  con el abogado y los supuestos obreros, inventan un acta, extorsionan a mí hijo y a mi consuegro. Acusan de que personas,  a las que desconozco totalmente se desempeñaban  en la obra, ponen una dirección que no coincide con la realidad (la de enfrente, la del árbol y en la sombra), declaran que la obra había comenzado antes de la fecha que mencioné al comienzo, cuando están todas las pruebas a su vista (Cooperativa Eléctrica de Concordia, Municipalidad de Concordia, etc. y todo trámite que significa contar con agua y luz. Además las pruebas de cada peso que pagaba) falla en todas las instancias en mi contra.

De esa cantidad de personas, supuestos trabajadores en mi obra familiar, solo tres hicieron algún trabajo por algún tiempo, contratados como cualquier persona que quiera hacer un trabajo en su casa (ojo a esto, no se confíe). No se le ocurra levantar una pared en su hogar u otro lugar. No tengo consejos para dar, pero no se cómo se hace, cuando uno es docente y cuenta con unos pesos y quiere hacer algo con ellos, de modo de tener una “tranquilidad”, en caso de enfermedad, vejez (inexorable) y adorables nietos y un hijo de casi la misma edad que su sobrino mayor.  

Nadie me regaló nada, lamentablemente tuvo que morir mi marido, y yo algo tenía que hacer. Todo el trabajo de 26 años, quedaron en mis manos. Pero bueno, la suerte desde hace unos cuantos años no está de mi lado. Esto es una muestra de lo que se desató después de pasar de un estado civil a otro, literalmente en unas tres o cuatro horas.   

Gano un sueldo  docente de nivel superior y cobro la pensión mínima. Es fácil el cálculo. Con ello, todavía puedo mantener en el estudio a mi tercer hijo, el menor que,  privilegiadamente,  vive en una pensión en la ciudad de Rosario y asiste a la  Universidad Pública.  

Trabajé mucho, además  de preparar clases, corregir y estudiar,  cuestiones  indispensables en el trabajo docente,   leí leyes que norman el trabajo de la construcción. Revisé la Web y,  con las posibilidades que da Internet, encontré un caso similar, cuya misma jueza a cargo, Dra. Scattone y mismo demandante, Solla, falla a favor del demandado que, cuyo caso,  salvo los involucrados, no tiene diferencias. Bueno, a lo mejor,  sí. Mi apellido es Muñoz, viuda,  mujer y sola, con algunos pesos y no tantos como podrían suponer, lo que no me permitió construir un palacio, sino solo y con mucho sacrificio, algo que permita a mis hijos y nietos un futuro, al menos, con estudios superiores (los pobres tienen derecho también a llegar a esa instancia de escolaridad. Lucho por ellos y por otros)

Me pregunto: ¿la Jueza en cuestión tiene un problema de criterio? ¿Si durmió mal, se desquita con lo que se le presenta el día que decide sobre la vida de otros? ¿Es producto de una sociedad machista? Pues el caso que menciono, el protagonista, el demandado,  es varón y yo,  mujer.   ¿Es producto de la incapacidad de decidir y un criterio formado? ¿Depende de la facultad o centro de estudios que la formó? ¿De la personalidad?

Siempre me pregunté ¿cualquiera con un título de abogado, puede ser juez o jueza…? ¿Se mide la capacidad y preparación de las personas para asumir a semejante responsabilidad de juzgar a los demás? Y si es así, ¿cómo?

Por momentos me sentí, si es que se puede sentir, una  delincuente. Hoy puedo identificar quienes son los delincuentes, y no hablo precisamente de esos supuestos obreros albañiles (según dicen),  a mi cargo, que de algún modo son seducidos por algunos pesos. Soy  defensora de derechos,  como muchos. Por suerte, encontré  alguien con experiencia en el ramo que me hizo entender que soy víctima de una estafa.

Si alguien sabe que significa “carancho” en la jerga en la que relato mi prosa, están en todos lados, abogados rapaces y de poca monta, con ambición desmedida, que arruinan a la gente.  

Yo seguiré trabajando y luchando contra lo que considero injusto.     

Agradezco a los lectores por los comentarios que me alivian, también a los otros, los que hablan de trabajo en NEGRO. A estos últimos  los invito a charlar conmigo.  Soy muy respetuosa de los derechos de los trabajadores y trabajadoras, soy una de ellas. Tengo conciencia de clase, orgullosa hija de ferroviario y, a la vez,  carpintero y de una maravillosa ama de casa. Los dos, me dejaron el gran legado de respeto y solidaridad para con los otros. Tuve la suerte de nacer en un hogar con condiciones de vida digna. Otro hubiese podido ser mi destino. Siempre se lo recuerdo a mis hijos. Tres personas de bien que llevan como pueden su vida adelante, con la enseñanza de pensar y luchar por esos tantos otros que, en el azar de la vida les tocó una realidad profundamente injusta y como si fuera poco, los culpabilizan.

Es fácil contactarse conmigo. Recorro escuelas, muchas. El Diario Junio, a quien agradezco el espacio, puede dar la información correspondiente. Los espero.

Tengo 58 años, y la vida se va agotando. También mis padres me enseñaron que “la mortaja no tiene bolsillo”. Pero uno piensa en la descendencia y,  sobre todo,  en tiempos tan aciagos como los que nos tocan vivir.

Prof. Mónica Muñoz.

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