En casi la mitad de los hogares del área metropolitana alguien perdió el trabajo en el último año y se redujo la comida

El impacto social de la economía macrista

En casi la mitad de los hogares alguien perdió el trabajo en el último año y una abrumadora mayoría cree que está en peligro de quedarse sin empleo. También en la mitad de los hogares disminuyeron las porciones de comida por problemas económicos. Tres de cada cuatro personas abandonaron las primeras marcas y esa misma proporción redujo la cantidad de productos que compra. Una de cada tres personas afirma que en algún momento del último año hubo una situación de hambre en su hogar. El diagnóstico corresponde a la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense, pero con franjas en que todo es mucho más dramático: en especial entre los jóvenes y en el segundo cordón del Gran Buenos Aires. 

Las conclusiones surgen del Décimo Monitor de Clima Social que releva el Centro de Estudios Metropolitanos (CEM), un centro interuniversitario integrado por Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET); la Universidad Nacional Arturo Jauretche y la Universidad Nacional de Hurlingham. En total se entrevistaron 1275 ciudadanos de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, respetándose las proporciones por edad, sexo y nivel económico-social.  El estudio fue conducido por Matías Barroetaveña, director del CEM. 

Base
“La base de este cuadro de situación es que el gobierno de Mauricio Macri duplicó la inflación y va camino a duplicar el desempleo. Todo se entiende a partir de ahí”, señala Barroetaveña.  

El Monitor investiga tres planos. El de la seguridad laboral, la seguridad alimentaria y la seguridad económica. Los índices se formulan a través de preguntas que tienen que ver con cada una de esas áreas. Por ejemplo, la pérdida laboral, el temor al desempleo y otras preguntas similares tienen que ver con el diseño del índice de seguridad laboral. Las raciones de comida, la reducción de las compras de alimentos, el hambre, son ejemplos de lo que conforma el índice de seguridad alimentaria. 

En los tres planos, hay una abrupta caída si se tienen en cuenta los datos del Monitor desde sus inicios, en 2017. Hay una especie de tobogán en el que se exhibe la decadencia en los tres aspectos.

Laboral
El aumento en la inseguridad laboral no sólo se refleja en que el Indec publicó un índice de desempleo del 10,1 por ciento, sino en las respuestas de los encuestados a las preguntas del Monitor. 

Un 47 por ciento de los consultados dijeron que alguien en su hogar perdió el trabajo en el último año. Es una proporción descomunal, muy superior a la de dos años atrás. 

En la misma línea, un 51 por ciento dijo que cree que puede perder el trabajo a corto plazo. En 2017, a esa misma pregunta, “sólo” el 30 por ciento respondía que creía que perdería el trabajo en poco tiempo. Es decir que está instalado el peligro de quedar desempleado y, encima, con la convicción de que es muy difícil encontrar un nuevo trabajo rápidamente. 

Cuando se formula esa misma pregunta en el segundo cordón del Gran Buenos Aires –Quilmes, Florencio Varela, Berazategui, La Matanza, Merlo, Moreno, José C. Paz, Malvinas Argentinas, entre otros municipios–, los que dicen que están en peligro de perder su trabajo suman nada menos que el 74 por ciento. Sucede que en esos municipios están instaladas la mayoría de las pymes y en particular industrias como el calzado o textil. Y, además, allí se siente más que en cualquier otro lado la vertiginosa caída de la construcción, con todas las changas que implica.

Lo mismo sucede cuando se le pregunta a jóvenes de entre 16 y 29 años: el 77 por ciento dice que teme perder el empleo a corto plazo. El trabajo joven es el más inseguro, el de los contratos más precarios.

Lo que permite una visión global de cómo evoluciona la cuestión laboral, es el dato de que el 53 por ciento de los encuestados afirma que en materia de trabajo está peor que hace un año. Apenas el 18 por ciento dice que está mejor.

Alimentos
La caída en la seguridad alimentaria se verifica en todas las preguntas referidas al tema. El 50 por ciento de los consultados contestaron que redujeron las porciones de comida porque no había en el hogar suficiente dinero para la compra de los alimentos. Hace dos años, en 2017, el 34 por ciento de los encuestados hablaban de reducción de porciones. 

El número de los que comen menos trepa en forma alarmante también en el segundo cordón del conurbano. Un 68 por ciento, es decir casi siete de cada diez personas, afirman que tuvieron que reducir porciones de comida en su casa. 

Hay respuestas que atraviesan todas las clases sociales. Por ejemplo, el 70 por ciento dijo que redujo la cantidad de artículos que compra. Es una respuesta válida también para la clase media, que por supuesto compra más que los sectores humildes, pero que también tuvo que reducir las compras. 

También atraviesa todas las clases la respuesta sobre el cambio de marcas. Tres de cada cuatro personas, un 75 por ciento, afirman que por la situación económica cambiaron las marcas que compran. En otras palabras, se pasaron a segundas y terceras marcas. Más allá de las evaluaciones, sin dudas es un indicativo de pérdida de calidad de vida y contribuye a aumentar la caída en la seguridad alimentaria. 

Economía
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El otro índice clave supervisado por el Monitor es el de la seguridad económica. Los números son demoledores. Hace dos años, el 37 por ciento decía que la situación económica del país era mala o muy mala. Ahora ese porcentaje trepó al 70 por ciento. Prácticamente el doble.

Pero cuando uno va al aspecto más personal, a cómo están las cosas en su hogar, el 56 por ciento, o sea más de la mitad, afirma que están peor que hace un año. Ese porcentaje trepa al 66 por ciento en el segundo cordón del conurbano bonaerense y al 63 por ciento entre los jóvenes. Incluso en la opulenta Ciudad de Buenos Aires, más de la mitad (52 por ciento) dice que está peor que hace un año. 

Uno de esos ejemplos del malestar económico es el entretenimiento. Siete de cada diez consultados afirman que limitaron su recreación. Esto se traduce, por ejemplo, en la reducción o directamente la supresión de las vacaciones. 

Está claro que el Monitor certifica un deterioro en todas las categorías, seguridad alimentaria, laboral y económica. “Para transformar esta realidad –redondea Barroetaveña, el titular del CEM– es necesario recuperar un estado activo que movilice el mercado interno con obra pública y una activa política de ingresos y que proteja nuestra industria generando inversión en ciencia y tecnología para lograr una competitividad sustentable. No hay otra manera de revertir lo que se ve en nuestros índices”.