Las Crónicas de Oxímoron

¡Merde!


“…El día en que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo…”

Gabriel García Márquez

Por Fosforito

La primera vez que me dijeron “merde” fue camino al aula para rendir un examen. Yo conocía “suerte” y “éxitos”, pero “merde” o “mierda” como deseo de buena ventura era algo novedoso.

Cuando me explicaron lo que significaba me sonó absurdo y puse cara de extrañado. Nadie sabía bien el porqué de la expresión. Hace unos días nomas que me enteré de la relación entre la materia fecal animal y la fortuna.

Cuenta la historia –o la historia que me contaron- que a principios de siglo pasado (el XX) cuando no había casi automóviles, pero abundaban los carros tirados a caballos, las calles de Buenos Aires tenían ese no sé qué… Bah sí, en realidad la atmósfera estaba invadida del olor a la bosta de los miles de animales de gran porte que circulaban por la ciudad. Cuando el tránsito se volvía muy denso era imposible cruzar la calle sin pisar el estiércol.

En esa época las personas de clases pudientes acudían al teatro en sus coches de caballos. Al llegar a la puerta del recinto, mientras bajaban del coche, el animal hacía sus necesidades allí mismo, por lo que cuando estaba a punto de empezar la representación un miembro de la compañía se asomaba y miraba la cantidad de excremento acumulado. Cuanto más había, más gente de dinero se encontraba entre el público; algo muy importante, porque como no se cobraba entrada, su sustento dependía del dinero que, concluida la función, los espectadores lanzasen al escenario.

Mierda era plata.

Debe haber otras versiones, claro… De hecho, las hay… Pero estas crónicas – ya saben- son tendenciosas (aunque nunca malintencionadas).

Entonces la gran mayoría del transporte era tirado por caballos y cada caballo que andaba hacía unos 10 o 15 kilos de bosta por día, más unos 6 o 9 litros de orina. Montañas de caca invadían las calles. Cuentan que el olor podía ser insoportable, casi tanto como caminar sobre barros de bosta, entre el asco y las infecciones. Ni hablar que un caballo podía morir por ahí y quedar tirado descomponiendosé durante días. La lluvia hacía todo mucho peor.

Pero entonces no había otra. A nadie le preocupaba demasiado los carros, ni la bosta. Ni el trabajo incansable del noble animal. Había que lidiar con eso porque no había alternativa de transporte. La “máquina de desplazamiento” era una novedad casi prohibitiva.

Era un mundo sin ambientalistas, ni defensores de animales.

-Uhhhggg, Fosforito, ¿con qué me va a salir ahora?

- Despreocúpese, estimado. Nada a lo que no lo tenga acostumbrado.

Leía que muchos de los carreros del siglo XXI lloran porque deben entregar su caballo, que incluso algunos piden que los adoptantes les dejen visitar al animal. Leía también que lo carreros decían que arriba de una moto de carga los vecinos los miran mejor y les dan más trabajo.

Como te ven, te tratan.

Hoy la bosta de caballo ya no es abundancia ni buena suerte. Es pobreza que pasa cerca, que nos trae postales del subdesarrollo, alterando el buen gusto y la hermosa atmósfera que nos da el monóxido de carbono.

El olfato despierta el sentido de la visión y hace visibles a los invisibles de una sociedad que se sensibiliza más por el pobre animal, por la proliferación de basurales, por el curso del agua podrida hacia el río, que por la miserable vida de las personas que viven entre todo eso.

La pobreza de los mocosos secándose los mocos al sol. La pobreza sin tierra y sin piso, sin calorías, sin vitaminas y minerales. Sin salida.

En definitiva, la pobreza sigue siendo la contaminación más dolorosa de este mundo que genera desechos de todo tipo, todo el tiempo. Sobre todo humanos desechables.

Sin ese olor a bosta la hipocresía social puede pasar disfrazada de buenas intenciones.