Efemérides, por Tekoá

20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional

Desde el 20 de noviembre de 1974 se celebra en Argentina el Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración de la Batalla de la Vuelta de Obligado librada el 20 de noviembre de 1845. Recién a partir de 2010 se decidió que esta fecha fuera feriado nacional.

El Combate de la Vuelta de Obligado se produjo el 20 de noviembre de 1845, cuando las flotas inglesas y francesas que bloqueaban el Río de la Plata –las flotas más poderosas del mundo- decidieron avanzar hacia el Río Paraná. En ese lugar de la provincia de Buenos Aires, entre San Pedro y Ramallo, estableció el general Lucio Mansilla la defensa argentina, dispuesta a detener el avance de los buques extranjeros que pretendían liberar la navegación de nuestros ríos al comercio de importación. Habían partido de Montevideo el 17 fuertemente armados, con 92 buques mercantes que llevaban un importante cargamento para comerciar.

Coincidentemente, en el Parlamento británico los banqueros, mercaderes y tratantes de Liverpool, como así también los banqueros, tenderos y tratantes de Manchester, solicitaban la adopción de medidas para conseguir la navegación del Río de la Plata a fin de facilitar y extender el comercio británico. En nuestro territorio, Felipe Arana, el canciller de la Confederación Argentina, decía ante la legislatura local:

“¿Con qué título la Inglaterra y la Francia vienen a imponer restricciones al derecho eminente de la Confederación Argentina de reglamentar la navegación de sus ríos interiores? ¿Y cuál es la ley general de las naciones ante la cual deben callar los derechos del poder soberano del Estado, cuyos territorios cruzan las aguas de estos ríos?”.

Tal vez tenga razón Felipe Pigna al afirmar que “quizás uno de los aspectos más notables e indiscutidamente positivos del régimen de Rosas haya sido el de la defensa de la integridad territorial de lo que hoy es nuestro país”, pues “de todos ellos salió airoso en la convicción –que compartía con su clase social- de que el Estado era su patrimonio y no podía entregarse a ninguna potencia extranjera”. Se trataba, según el historiador, de “una política pragmática que entendía como deseable que los ingleses manejasen nuestro comercio exterior, pero que no admitía que se apropiaran de un solo palmo de territorio nacional que les diera ulteriores derechos a copar el Estado, fuente de todos los negocios y privilegios de nuestra burguesía terrateniente”.

En la mañana del 20 de noviembre de 1845 pudieron divisarse claramente las siluetas de cientos de barcos, y el puerto de Buenos Aires fue bloqueado nuevamente con fuerzas mucho más poderosas que las nativas. Según el ingenio criollo, la defensa argentina fue armada con tres enormes cadenas que atravesaban el imponente río Paraná de costa a costa, sostenidas por 24 barquitos, diez de ellos cargados de explosivos. Detrás de todo ese dispositivo, los defensores esperaban heroicamente a la flota más poderosa del mundo, con las mismas posibilidades que habían tenido en las invasiones inglesas de 1806 y 1807, en la guerra de la Independencia o en la Guerra de las Malvinas. Pero la posibilidad de triunfar no tenía que ver solamente con las fuerzas militares sino con la concepción de una guerra de liberación, que siempre requiere más patriotismo y decisión que solo fuerza.

Mientras las fanfarrias todavía tocaban las estrofas del himno –dice Felipe Pigna-, desde las barrancas del Paraná nuestras baterías abrieron fuego sobre el enemigo. La lucha, claramente desigual, duró varias horas hasta que por la tarde la flota franco-inglesa desembarcó y se apoderó de las baterías. La escuadra invasora pudo cortar las cadenas y continuar su viaje hacia el norte. En la acción de la Vuelta de Obligado murieron doscientos cincuenta argentinos y medio centenar de invasores europeos”.

Desde su exilio francés, el general San Martín, que seguramente recordaría las invasiones inglesas de 1806 y 1807, además de sus propias batallas por la independencia americana, escribía: “Si las dos potencias en cuestión quieren llevar más adelante sus hostilidades, es decir, declarar la guerra, yo no dudo que con más o menos pérdidas de hombres y gastos se apoderen de Buenos Aires (…) pero aun en ese caso estoy convencido, que no podrán sostenerse por largo tiempo en la capital; el primer alimento o por mejor decir el único del pueblo es la carne, y es sabido con qué facilidad pueden retirarse todos los ganados en muy pocos días a muchas leguas de distancia, igualmente que las caballadas y todo medio de transporte, en una palabra, formar un desierto dilatado, imposible de ser atravesado por una fuerza europea; estoy persuadido será muy corto el número de argentinos que quiera enrolarse con el extranjero, en conclusión, con siete u ocho mil hombres de caballería del país y 25 o 30 piezas de artillería volante, fuerza que con una gran facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires”.

Según el historiador inglés H. S. Ferns, “los resultados políticos y económicos de esa acción fueron, por desgracia, insignificantes. Desde el punto de vista comercial la aventura fue un fiasco. Las ventas fueron pobres y algunos barcos volvieron a sus puntos de partida tan cargado como habían salido, pues los sobrecargos no pudieron colocar nada”. Y como se reconocería por propios y extraños, aquel fue un combate donde el valor de los argentinos convirtió a una derrota militar en un triunfo diplomático. Los ingleses levantaron el bloqueo en 1847, mientras que los franceses lo hicieron un año después, reconociendo la soberanía argentina.

En un apartado especial de su testamento, el general San Martín legaría al Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación el sable que lo había acompañado durante toda la guerra de la independencia, “como prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

 

Tekoá. Cooperativa de Trabajo para la Educación

Fuente: Revista de la UNSJ