POR SERGIO BRODSKY (*)

Casa Tomada

Es un cuento de Julio Cortázar. Dos hermanos han permanecido juntos en una casa colonial, muy antigua, la han cuidado y mantenido. Repentinamente, ruidos imprecisos (susurros lejanos, el volcar de una silla) los conminan a ir abandonando partes de la casa, misteriosamente tomada por intrusos. Ocupada completamente, deben abandonarla, tirando la llave por la alcantarilla. En esa casa tradicional, ella teje y el lee literatura francesa (representación del ocio y el gusto por lo europeo y culto). No trabajan, parecen vivir de rentas. Cortázar dice que este cuento del género de lo fantástico nace de una pesadilla vivida por el autor. Sin embargo, no descarta la interpretación de Juan José Sebrelli: La intrusión en  la casa sería una metáfora del 17 de octubre. La casa tomada sería el país, intrusada por extraños invasores, que la ocupan, se la apropian y apoderan: los obreros, los trabajadores, los “cabecitas negras”. Los sectores populares y el poder político que los representaba, el peronismo.

Los hermanos que ociosos viven de la renta agraria y admiran la cultura europea, representan a las clases aristocráticas, a la Oligarquía, sorprendidas por la toma.

Otra rancia expresión del antiperonismo en la literatura la aporta Jorge Luis Borges y Bioy Casares que firman con seudónimos “La fiesta del monstruo”. La temática es la misma: El 17 de octubre es, para su clase, el avance de la chusma del gran Buenos Aires que invade la civilizada ciudad de manera grosera y salvaje.

El cuento es casi un calco de “El Matadero” de Esteban Echeverría. Al fin de cuentas no se trata de otra cosa sino del modo en que cierta  literatura ha representado los intereses de su clase y un sentido antipopular. Del modo en que han reproducido el esquema ideológico con el que el poder ha interpretado la “lucha de clases” en nuestra historia y con el que ha intentado justificar el sometimiento, la explotación y el exterminio, el aniquilamiento de los sectores populares.

Esa matriz de sentido ha sido la inaugurada por Sarmiento: “Civilización o Barbarie”. El genocidio de los “indios”, la esclavitud de los “negros”, el sojuzgamiento de los “gauchos” (también en su sentido político), la explotación y marginación de los inmigrantes, etc. fue leído  en ese molde ideológico, en nombre de la “civilización” europea, culta, blanca, que significaba el progreso, se degradó al “bárbaro”, al “salvaje”, al infrahumano. Al Otro de lo humano. Al extranjero.

Así se expresaba la esposa de Piñera en Chile, ante las últimas manifestaciones populares: son “alienígenas”. Es decir, ajenos, extranjeros, “no nosotros”, no humanos.

El diputado radical Ernesto Sanmartino bautizó lo sucedido el 17 de octubre,  como un “aluvión zoológico”.

Los trabajadores, los obreros representaban la animalidad, lo no humano. Lo irracional.

“Bueno, ahí estaban. Como si hubieran querido mostrar todo su poder para que nadie dudara de que realmente existían. Ahí estaban por toda la ciudad, pululando en grupos que parecían el mismo grupo multiplicado por centenares. Los mirábamos desde la vereda, con un sentimiento parecido a la compasión. ¿De dónde salían? ¿Entonces existían? ¿Tantos? ¿Tan diferentes a nosotros? ¿Realmente venían a pie desde estos suburbios cuyos nombres componían una vaga geografía desconocida, una terra incógnita por la que nunca habíamos andado?” (Félix Luna).

El 17 de octubre los sectores “acomodados” de Buenos Aires veían aterrorizados, desde los balcones, como aquellos obreros explotados, cosificados, invisibilizados por su racismo se decidían a existir, a expresarse, a festejar, con alegría, con algarabía, pacíficamente, lejos de los fantasmas monstruosos de Borges, la felicidad que les daba la reivindicación de sus derechos y el derecho a la dignidad que fueron ganando con su lucha, viéndose reflejado en el líder que fueron a rescatar en esa histórica jornada que cambió la historia Argentina para siempre.

El 17 de Octubre

Como un deja vú, la CGT había declarado un paro para el 18, pero las masas se le adelantaron.

Una gran movilización de los trabajadores a la plaza de mayo irrumpió desde las localidades cercanas del conurbano bonaerense, sobre todo del sur. Lo hacían con un objetivo concreto: pedir la libertad de Perón.

Después de varias horas en la que se fue concentrando cada vez más gente en la plaza, Perón fue liberado y alrededor de las 23 horas les dirigió la palabra desde la Casa Rosada.

Fue un hecho que cambió para siempre la historia de nuestro país. Fue esa movilización popular la que logró sacar a Perón de la prisión y, en el mismo acto, que los trabajadores se convirtieran en los protagonistas de la política Argentina.

Perón los había visto desde la Secretaría de trabajo y Previsión del gobierno que comenzó con el golpe del 43´. Vio ese fenómeno que se fue dando con la progresiva industrialización del país y la migración de las masas del interior a las ciudades en busca de trabajo.

Los “dueños”, hasta entonces, de “la casa”, les dieron un lugar marginal, un “no lugar”, los invisibilizaron. Creyeron poder seguir instrumentándolos como objetos despreciables, pero necesarios,  para sostener sus privilegios de clase. Explotándolos para continuar con sus goces.

Perón los vio y comenzó a darles derechos. A reivindicarlos y dignificarlos. Comprendió sus reclamos y sus anhelos.

Ese 17 de octubre los obreros fueron “personajes en busca de un autor”. Encima ese autor eligió como compañera a una de ellos; que expresó sin fraseologías ni retóricas la verdad de los que se trataba: “hasta los 11 años creí que había pobres como había pasto y que había ricos como había árboles. Un día oí, por primera vez de labios de un hombre de trabajo, que había pobres porque los ricos eran demasiado ricos; y aquella revelación me produjo una impresión muy fuerte (…) nunca pude pensar, desde entonces, en esa injusticia sin indignarme, y pensar en ella me produjo siempre una rara sensación de asfixia, como si no pudiendo remediar el mal que yo veía, me faltase el aire necesario para respirar” (Eva Perón “La razón de mi vida”).

Su compromiso con los desposeídos, su conciencia de clase con la que combinó una reivindicación de la mujer “trabajadora” que a ciertos movimientos feministas les cuesta hoy aún visualizar, su amor por los pobres y su rechazo a la oligarquía explotadora fue tal, que el odio que despertó en ellos, no respetó siquiera su muerte.  

Se trataba, como claramente lo definía Eva, de lo mismo que ahora: la concentración de la riqueza, del conflicto entre el capital y el trabajo, de la lucha de clases en definitiva. De una democracia real, frente a una democracia formal, instrumento institucional de la desigualdad: “yo busco una democracia real, mientras ellos defienden una apariencia de democracia, la forma externa de la democracia. Por eso, cuando nuestros enemigos hablan de democracia, tienen en mente la idea de una democracia estática, quiero decir de una democracia sentada en los actuales privilegios de clase” (Juan Perón).

El 17 de octubre no solo se explica por motivaciones económicas, en tanto y en cuanto los trabajadores salieron a defender soluciones materiales concretas que habían recibido de Perón. Perón significaba para ellos una irreverencia, un cuestionamiento de las jerarquías sociales que los había mantenido excluidos desde hacía muchos años y a los símbolos de autoridad que los invisibilizaba.

El 17 de octubre es mucho más que un hecho político, es un día de reivindicación de la dignidad, es un grito de justicia, es un exaltado y conmovedor acto de amor.

La Lealtad

Tengo un recuerdo infantil, muy claro. Jorge, el empleado del almacén de mi papá, en cuclillas llorando desconsoladamente mientras repasaba las frutas y verduras. Yo tenía cinco años y, a mis ojos infantiles, la sorpresa era mayúscula. Ese hombrón tan duro como afectuoso, acongojado como un niño. No pude no preguntarle qué le sucedía. “Hoy murió Perón”, fue su escueta respuesta. Claro que yo ni sabía quién era Perón, pero tuve una inmediata intuición infantil de lo que significaba para “mi amigo”. Si alguien tan fuerte lloraba de ese modo es porque sería un padre, o algo así. Se sentía sin dudas desamparado.

Fue el primer contacto, emocional, puro, irracional, pero plenamente comprensible de lo que Perón y el Peronismo ha significado para los trabajadores y los pobres. De ese vínculo de lealtad, de amor, de reciprocidad, de empatía. De respeto y fidelidad. Peones, trabajadores, obreros, pobres e indigentes en definitiva se han sentido rescatados en su dignidad por el peronismo. Han construido una identidad en base a principios de clase. Han sido leales a esos principios más allá de las defecciones de muchos dirigentes y gobernantes.

La lealtad es a los principios de justicia social, a la dignificación del pueblo. A la expresión fuerte de un Estado que defienda sus derechos ante el avance despiadado del capital y del mercado. Ese peronismo cuyo sentido convoca hoy, como cada 17 de octubre, es el de los hechos, no el de los discursos.

Por eso,  Si hay comedores, no hay peronismo. Si hay hambre, no hay peronismo. Si no hay trabajo digno, no hay peronismo. Si hay asistencialismo, no hay peronismo. Si hay una burda y escandalosa explotación laboral, no hay peronismo.  Si se naturaliza la miseria y la desigualdad, no hay peronismo. Si hay corrupción de dirigentes, no hay peronismo.  Si los pobres y los trabajadores intuyen, como Jorge, su desamparo frente al Poder, no hay peronismo.

Es a una lealtad a los principios de la justicia social y de la dignidad de los trabajadores, lo que interpela este día tan especial, sobre todo, en una ciudad, donde la pobreza, la desigualdad y la miseria, claman por la recuperación de esos principios.

 

(*) Psicólogo. MP. 243