Las Crónicas de Oxímoron

El TOC antiperonista

“Aquella noche de setiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina vi cómo las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas.”

(Ernesto Sábato)

 

 

Por Fosforito

La tarde del 9 de julio salí a caminar un rato, aprovechando el sol de la siesta después de una mañana gris y fría. Caminé sin rumbo determinado, a mirar vidrieras. De repente choqué con una caravana de vehículos, embanderados y empapelados de reclamos. Me detuve en una esquina a escuchar, mirar y esperar que pasaran para cruzar la calle y seguir con mi rumbo incierto. Una mujer de mediana edad tenía medio torso afuera de la ventanilla, agitaba su bandera argentina –mi bandera, la tuya, la de todos- y se desahogaba en gritos, insultos y oscuras premoniciones, con la mirada desencajada, los dientes apretados y expuestos en una mueca de satisfacción rabiosa…

No puedo aseverar que tuve un “dejà vu”, pero la escena me transportó a un tiempo lejano, mediados de los años ochenta –esto de trabajar en casa, el home office de cuarentena, me pone un poco nostalgioso-. Me acordé de unas de mis abuelas, esa con quien pasaba buena parte de mis vacaciones, fin de semanas y feriados. La que me llevaba al viejo banco Entre Ríos cuando cobraba su jubilación y de ahí al Ideal a tomar unos exprimidos de naranja, y después a la juguetería San Martín a elegir lo que yo quisiera. A veces volvíamos por calle Las Heras, entrábamos en la tienda homónima y me vestía de pies a cabeza. Ella se sabía el nombre de los cajeros del banco, de los mozos, de los empleados de la juguetería y de la tienda. Parecía amable con ellos y siempre era bien atendida.

Sin embargo había algo en ella que me desconcertaba un poco. Un comportamiento extraño que se manifestaba en comentarios por lo bajo, entre dientes y cuchicheos, cuando andábamos por las calles, pero que se expresaba con desparpajo en el ámbito de la intimidad. Ella tenía una fobia hacia algunas personas, sobre todo hacia aquellos que parecían “empleados”, “medios pobres”, “medios crotos”, “morochos”, “de barrio”.

La vieja, que por entonces era lo más grande que había para mi, dejaba entrever un lado oscuro que parecía no dejarla en paz y que yo no podía dimensionar ni comprender.

Era una mujer obesa y le costaba subir el cierre de su pollera, mientras se esforzaba para hacerlo puteaba a una mujer. Una tal “Evita”

Sus insultos eran muy muy originales. A veces los decía cuando caía de cantos en el suelo al resbalarse en el piso ultra encerado o cuando se sacaba de lugar el dedo del pie al golpearse con la pata de alguna silla. También podía ser excusa para putear a la tal “Evita” si el agua de la ducha salía muy caliente o muy fría; o cuando la llama del horno defectuoso le explotaba en la cara.

Yo era niño y la única Eva que conocía era la de la Biblia, pero un día me explicó que no se trataba de la primera mujer en la tierra sino que se trataba de otra que tenía el mismo nombre: La mujerzuela de un dictador. Una actriz de cabaret, profanadora de iglesias, tilinga y boca suelta, que se vestía y usaba joyas más valiosas que las que usaban las honrosas damas patricias; que había mal acostumbrado a los negros haraganes a recibir cosas y, en esa tarea, junto al otro viejo sátiro de Perón, se malgastaba el oro que antes desbordaba el banco de la Nación, de cuando éramos el granero del mundo. Una chiruza con malos modales que soliviantaba a la negrada con olor a catinga; que te hacía enseñarle a los niños “Evita me ama” antes de que puedan aprender “mamá me mima”

Lo más espeluznante de mí abuela era que festejaba el éxito mortal de una enfermedad que paradójicamente también se había llevado al abuelo; porque había cánceres buenos que atacaban a persona malas y cánceres malos que atacaban a personas buenas. 

La culpa de cualquier cosa la depositaba en esa tal Evita y en los peronistas. A veces encadenaba un insulto tras otro que parecía estar rezando un rosario de puteadas; Otras veces sus insultos podían tener la cadencia de esos versitos mal actuados de cuando tomabas parte en los actos de la escuela.

Otras, ni siquiera estaba enojada y lanzaba su artillería por que sí, con una sonrisa pícara, casi regodeándose de sus ocurrencias, asombrándose de ella misma por su capacidad insultar a esa mujer, a los peronistas y hacia todo lo que parecía cosa de “peroncho”: los bailes populares, algunos géneros musicales, los carnavales, las huelgas, las cancha de fútbol, la playa "Los Sauces" y los espacios públicos. Había formas de vestirse que eran de peronistas, como usar alpargatas, o la camisa afuera del pantalón y un poco desabotonada. Había días peronistas: los días soleados porque hasta las nubes se habían robado. Negros por dentro por más que fueran blanquitos, laboriosos y hasta educaditos muchos de ellos.

Hoy, a la distancia, me parece que mi abuela había caído enferma, atrapada en una sucesión de pensamientos recurrentes y persistentes que la ponían fuera de sí, que se le hacían incontenibles e inmanejables. Un trastorno nacido de un resentimiento desmedido, un odio enfermizo que no se correspondía con ningún daño evidente ni peligro latente; tampoco con su pasar, ni con su historia de vida; menos aún con la clase social a la que pertenecía.

En sus últimos días, la vieja había perdido un poco las capacidades mentales. Solía notarse desconcertada. Lo único que siempre siguió inalterable fue su Toc antiperonista. Ese pareció ser su último pilar para sentirse viva y conectada con lo que supo ser.

El otro día, en esas marchas en las que no se sabe bien qué y por qué, el desconcierto también era grande, y la única realidad -o zona de confort- era el anti peronismo.