Por Sergio Brodsky (*)

GOZAR LA INCERTIDUMBRE

El goce del espectador en el fútbol está anudado a la incertidumbre, a ese trámite estrecho en el desarrollo del partido que torna imprevisible el resultado. Freud mismo recaló en la paradoja de que el placer surgiera de un incremento  de excitación psicofísica, cuando la regla lo asocia a procesos de descarga de la  tensión. Esa inquietud, desasosiego o incluso zozobra de lo imprevisible, aquella que desaparece cuando un  resultado amplio (4 a 0 en el primer tiempo, por ejemplo) inclina la balanza para alguno de los equipos, es la raíz del interés e incluso del placer que causa el popular deporte. Esa insoportable angustia del remate australiano, en el último minuto, no está exenta del gusto y la satisfacción que los nervios de punta propician. 

Ese regodeo con la ignorancia del destino. Esa tensión placentera,  se resuelve finalmente en dirección de un placer mayor con el triunfo (ahora sí, vinculado al desahogo) o por el contrario con una frustración del mismo monto cuando se resuelve en derrota.

Como sucede con la sexualidad, el placer de la tensión parece asociado a la expectativa del goce de la descarga en el que se resuelve.

Estos razonamientos en  vísperas de un partido decisivo, coló  un ingrato recuerdo...

Una vez escuchamos  a un funcionario explicar que debíamos aprender a “disfrutar de la incertidumbre”. Incluso enseñar ese goce a los estudiantes. Se refería particularmente a los emprendedores. El desconocimiento del resultado de su empresa, esa vacilación del destino, debía para él - como en  el fútbol- constituir su máxima motivación.

Este aserto urdido por el credo neoliberal, basado en el mito de la meritocracia y la igualdad de oportunidades de los que participan del mercado, era aplicado por igual a los grandes empresarios como a los vendedores callejeros de medias y baratijas. Estos últimos podrían “disfrutar de la incertidumbre”, de no saber si el mercado les dejaría migajas o el abismo de la indigencia.

Claro que no es de esa incertidumbre de la que se trata en el juego. En la dimensión de lo lúdico la tensión de la incertidumbre es gozada porque se trama en el mundo ficcional, en el  “como sí” del juego, de la “suspensión de la incredulidad”. Ese nudo que sostiene el no saber qué va a pasar, urde el placer del espectador del teatro,  del cinéfilo o del lector de novelas o cuentos. Ese nudo de la irresolución, llevado al máximo de la tensión hasta su desenlace, funda la atracción por los montajes recreativos y simbólicos.

Pero cuando esta incerteza se propone en la cruda dimensión de lo Real, en la que se juega la vida y la supervivencia,  la dignidad, el hambre y la muerte, esa propuesta, como la del Ministro, se convierte en pura obscenidad perversa. Y nos angustia, como lo hizo la incertidumbre en los tiempos de la pandemia y la crisis económica, social y anímica que desató.

El neoliberalismo proclama por un lado un destino incierto para los desdichados  empresarios de sí mismos, pero por otro, crudas certezas que aplastan cualquiera de sus  sueños. Recordemos sino aquel otro funcionario, consultado como gurú por los medios de incomunicación, que aseguraba que los gobiernos populares “hicieron creer” a ciertas clases sociales que podían acceder a televisores, autos, viajes al exterior o disfrutar del alivio de aires acondicionados. Vana ilusión populista.

La exclusión de esos goces es la única certidumbre que el liberalismo les asegura. No hay allí expectativa posible, sino un destino que persigue y apresa sus ilusiones y esperanzas, el mismo oscuro  infortunio que auguran para los líderes que las proponen.

 

(*) Psicólogo MP243