Por Sergio Brodsky (*)

Historia de la Colonia Psiquiátrica “Raúl Camino”De Federal: (Parte Final)

A mediados de la década de 1960, el objetivo del Instituto Nacional de Salud Mental, a cargo del Coronel Esteves, era la descentralización de la asistencia psiquiátrica de los Hospitales Borda y Moyano de Buenos Aires, espacios de hacinamiento y tortura en los que se depositaban los pacientes mentales

En todo el mundo se cuestionaba el modelo psiquiátrico manicomial, asilar como modalidad de segregación social y encierro de las personas con padecimientos psíquicos. Verdaderos depósitos en los que, lejos de buscar la cura de los enfermos, la locura era fabricada y perpetuada por el confinamiento.

Su parecido con los Campos de concentración que el mundo “descubría” después de la segunda guerra mundial era notable, razón por la cual, basada en experiencias alternativas al manicomio, en cuanto a la humanización de los pacientes, la Organización Mundial de la Salud propuso en 1963, el desarrollo de comunidades terapéuticas como modelo de tratamiento.

En nuestro país este movimiento implicó la creación de 11 colonias en el interior en el año 1966. En ese proceso, el Dr. Raúl  Camino comandó la creación de la “Colonia Psiquiátrica Federal” en 1968. Esos planes incluían un acuerdo con la provincia de Entre Ríos para el desarrollo de una red de servicios psiquiátricos integrados, que atendiera una demanda que se incrementaba. Así autorizó la creación de un servicio de internación psiquiátrica en Concordia, a cargo del Dr. Nicola en el año 1967, la reinauguración, en el año 1968,  del Hospital “Roballos” de Paraná, como comunidad terapéutica, un servicio de Psiquiatría en Gualeguaychú, la fundación de un Hospital Geronto-psiquiátrico en Villaguay y la progresiva reforma del “Asilo Psiquiátrico Liniers” de Rosario del Tala con el nombramiento en 1971, del primer psiquiatra de su historia (fue creado en 1937), el Dr. Luis Ellerman.

Esa red de servicios se organizaba según criterios de internación y patologías: las crisis psiquiátricas agudas (es decir que requerían breves períodos de internación) eran asistidas en las “bandas” del Paraná y el Uruguay, en el “Roballos” y en el “Felipe Heras”, las patologías crónicas (que exigían períodos prolongados de internación) encontraban “respuestas” en el centro de la provincia: los llamados Oligofrénicos en “Rosario del Tala”, los gerontes demenciados en Villaguay y los psicóticos crónicos en Federal.

Esta lógica de distribución del abordaje de los padecimientos mentales  producía una de las más graves consecuencias que sufrían las personas que eran internadas: además de la segregación y el aislamiento social, el desarraigo y el consiguiente abandono familiar. 

Sin embargo, esas reformas eran francamente revolucionarias y acompañaban una época de profundos cambios, en un mundo que comenzaba a creer que otro hombre, y otra sociedad, más justa e igualitaria era posible. 

No debemos olvidar que estas experiencias transformadoras se producían durante la Dictadura de Onganía, lo que suponía una contradicción.

Según me lo comunicó, en su momento,  Raúl Camino, la elección de Federal para el desarrollo de la experiencia tuvo por objetivo alejarse, todo lo posible, de los centros del poder para cuidar su porvenir (1). De hecho, la paradoja hizo eclosión en Lomas de Zamora, donde la comunidad terapéutica fue perseguida y destruida por los mismos que la habían creado (el Instituto Nacional de Salud Mental), ya que fue una experiencia “subversiva “que quedó demasiado expuesta a los ojos de los represores que veían cómo desbordaron sus objetivos, por lo que finalmente no la consintieron. 

En Federal Camino pudo desarrollar la Comunidad terapéutica con el mar calmo. La llegada de “los locos” del Borda y del Moyano en un viaje épico (los primeros pacientes venían de allí, pues el objetivo era “desagotar” de “locos” esos nosocomios, vinieron en tren y en barco), motivó el terror del pueblo, que los recibió, en ese momento, con muchas resistencias. Camino hizo del temor de la comunidad, una experiencia sociológica. 

El mismo, se decía en Federal,  armaba “escenas “en las que se comportaba de un modo bizarro y excéntrico para observar la reacción de los vecinos frente a la locura,  así agigantó su leyenda. Poco a poco, y en su intercambio cotidiano, los lazos entre el psiquiátrico (o “El instituto” o “La Colonia”, como le dicen en Federal) y el pueblo, comenzaron a intensificarse, hasta producir una identificación  tan poderosa que el Hospital comenzó a formar parte esencial de la ciudad de Federal. 

No solo en el trato con los pacientes que cotidianamente Camino llevaba al pueblo y lo integraba a todas sus actividades sociales y culturales, también la implicancia económica que tuvo la instalación del Psiquiátrico en Federal, facilitó su definitiva asimilación. 

La "Colonia Federal”, constituyó una significativa fuente de trabajo, de provisión y de promoción del “mercado interno”, cuando los pacientes gastaban sus peculios en los comercios del pueblo.Además, y fundamentalmente, se crearon fuertes relaciones afectivas en el intercambio de actividades sociales, en el encuentro del pueblo con los “pacientes”, a través de todas las formas posibles, como los “festivales artísticos” que se realizaban, ora en el pueblo, ora en la institución, que permitía una afianzamiento de los vínculos.De ese modo, poco a poco, la ciudad fue rompiendo los prejuicios y los miedos a la locura. 

La historia de la “Comunidad terapéutica de Federal” culmina con la Dictadura cívico-militar. Camino ya venía recibiendo órdenes de dejar de realizar asambleas y cualquier tipo de trabajo grupal, sospechado de actividades subversivas. Finalmente fue expulsado a finales del 76. Con los genocidas en el poder, todas estas experiencias de salud mental colectiva, de la que Camino fue un emblema y que demostraron que un modelo alternativo a la práctica psiquiátrica represiva del encierro y el aislamiento era posible, que probaron que la humanización de las personas con padecimientos mentales, la recuperación de su palabra y su creatividad, el desarrollo de vínculos amorosos y de un trato respetuoso, que el rescate de su identidad y su historia, que la confianza en su restablecimiento y reinserción a la vida social eran perfectamente realizables, fueron, con los Represores del 76, abolidas y destruidas, regresando a prácticas inhumanas, de sobremedicación, encierro y castigo de aquellos que cometieron el “delito” de pensar cosas “extrañas” para nosotros, “los cuerdos”, retornando a los peores métodos que la psiquiatría tradicional, represiva,  ha conocido tristemente en su historia.

La recuperación democrática no supuso el restablecimiento de los métodos Comunidad terapéutica u otras prácticas de desmanicomialización(2).

Yo tuve la posibilidad de trabajar allí desde el año 95 y comprobar el enorme lazo de identidad entre el Pueblo y el Psiquiátrico. La extraordinaria integración lograda. Los pacientes formaban parte del pueblo. Participaban activamente tanto en los actos cotidianos como en las actividades especiales en los que se encontraban los vecinos: fiestas  patrias, festivales artísticos, rituales de conmemoración religiosos, y su tradicional concurrencia a la más magnífica celebración del pueblo: “El festival del Chamamé”. Cientos de anécdotas y recuerdos pueblan la memoria de todos los que alguna vez transitamos la “Colonia Psiquiátrica en Federal”. 

Los pacientes terminan siendo, inevitablemente, entrañables compañeros, íntimos, cordiales amigos de la  desgraciada, injusta  ruta que una sociedad “cuerda” los ha empujado a caminar en sus márgenes. Somos solo aquellos que tratamos de hacerles menos tortuoso el viaje. 

Recuerdo, para finalizar, en este momento, a uno de los grandes artistas que siempre existen en los lugares de confinamiento. Recuerdo a Abel y su prodigiosa voz. Recuerdo esa voz volando por las salas del Hospital, remontando un tanguito, entonado apasionadamente. Lo recuerdo cantando con afinación y sentimiento en uno de esos festivales que hacíamos en el pueblo para comprar tabaco y yerba, vitales elementos en los lugares en los  que reina el ocio y la ansiedad. Y unos muchachones, tan bien vestidos como entonados, riéndose y burlándose de Abel. Temí su reacción y sin embargo los señaló con un dedo, llamó su atención y  les dedicó un tango, un hermoso tango que les cuadraba por burlarse de la desdicha de un cantor extraordinario, internado en un Psiquiátrico por voluntad de un cruel destino, les dedicó entonces, el tango “Muchacho”:

“...que porque la suerte quiso, vivís en un primer piso de un palacete central y que si tenés sentimientos, los tenés adormecidos, pues todo los has conseguido pagando como un chabón”. 

Los “muchachos” bajaron la cabeza y lentamente se fueron. Cada vez que escucho ese tango, recuerdo a Abel y ese episodio, y me emociona. Cada vez que suena, me acuerdo de Abel y su triste final… ahí, en la “Colonia”, ahogado por una fatal enfermedad que se ensañó con su milagrosa garganta.

 

(*)Psicólogo. MP243

  1. Ver “Comunidad de locos”, artículo publicado por este diario.
  2. Hoy el Psiquiátrico se encuentra abocado a un proceso de readecuación de acuerdo a lo establecido por la ley de salud mental, que implica su cierre y sustitución por prácticas alternativas más humanizadas y libres.