Prof. Eduardo Ponce. Asociación Belgraniana

La Bandera. Símbolo de ideales y lucha

En la historia hay hechos que perduran en la memoria colectiva, estos remiten al  origen de la identidad de un pueblo y su evocación, no sólo tiene como objeto rendir homenaje al sacrificio de los predecesores, sino también reafirmar los ideales y valores de pertenencia a una entidad histórica.

En la antigüedad, la formación de una identidad cultural, en muchas ocasiones, hacía referencia a un mito fundacional, frecuentemente sacralizado por la intervención directa de los dioses. En los albores de la modernidad, el surgimiento de las nacionalidades también responde a un hecho del pasado que, por su significación y trascendencia, señala un antes y un después en una sociedad. Siempre una revolución es una tarea inconclusa y la República Argentina de hoy es  una construcción histórica en desarrollo, seguramente mejor que su pasado colonial, donde se encadenan los sueños y sacrificios de nuestros mayores de distintas generaciones, que ganaron con su lucha un patrimonio de derechos y recursos que heredamos y debemos garantizar a las generaciones venideras.

La bandera nacional, creada por Manuel Belgrano es, junto al himno, un símbolo fundamental de nuestra historia. El diccionario de la Real Academia española define símbolo como una representación de un concepto moral o intelectual que es decodificado por quienes comprenden su significado a través de insignias o emblemas.

Los símbolos encarnan ideales y luchas y, por lo tanto, reflexionar acerca de su significado, estudiar sus raíces y quienes fueron sus creadores, constituye un componente importante para comprender una época que pervive en nosotros.

A doscientos dos años del paso a la inmortalidad del General Belgrano, y como cada 20 de junio, se celebra El día de la bandera. Los orígenes de ese símbolo que flamea en cada escuela y en cada Institución pública, como una parte fundamental de la identidad nacional, se remontan a su pasado como insignia militar. “En los primeros años de revolución, en el campo de batalla los uniformes solo los usaban quienes los podían pagar, por lo que la mayor parte de la tropa vestía de civil. Se hacía necesario, entonces, obtener una insignia distintiva para las tropas en lucha”, explica en ese sentido Julio Djenderedjian, investigador independiente del CONICET en el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (Instituto “Dr. E. Ravignani”, CONICET-UBA).

El investigador destaca que en el centro de lo que fue, en esencia, una lucha civil entre los llamados patriotas y realistas, la bandera nació como una forma de superar los localismos e identificarse: “Cuando se evocaba a la patria en esa época se pensaba en el concepto antiguo, es decir el lugar de nacimiento. La cuestión era superar la dimensión local de las milicias y contar con único ejército profesional, capaz de actuar en cualquier lugar”.

La historia de lo que sucedió es conocida: tras la abdicación de Fernando VII en 1808, las colonias reclamaron para sí derechos otorgados antaño a la figura del rey hispánico. Se gestaba la independencia. Los cabildos de las diferentes ciudades se consideraron depositarios de la soberanía, por ello desconocieron a las autoridades peninsulares constituyéndose como Las Provincias Unidas del Río de la Plata. Finalmente, el proceso derivaría en la declaración de la independencia y el proyecto de formar una nación. En ese escenario vertiginoso, Manuel Belgrano, economista, abogado, político y militar de la época, ordenó la creación de una bandera que viniera a aportar unidad al ejército patriota y pudiera, en simultáneo, diferenciar a los soldados en el campo de batalla.

En 1812 el prócer argentino logró una bandera inspirada en colores que no negaban la obediencia al rey, distinta, sin embargo, a los matices rojo y amarillo del ejército realista. Así, tomó juramento a los soldados comprometiéndolos a cumplir con los deberes que imponía la lucha, describe Djenderedjian.

Posteriormente, la política del siglo XIX, según explica el científico, fue la encargada de recuperar los símbolos patrios como una forma de impulsar la República a nivel simbólico, social y cultural. El himno, la escarapela, la bandera, junto con un panteón de héroes indiscutidos y el papel central de la escuela como vehículo de unidad, comulgaron así para la conformación de la identidad de una nación ya constituida.

“La historiografía del siglo XIX ubicó a Belgrano en uno de los lugares centrales de la historia argentina. Se construyó un relato nacional en el que la biografía Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina escrita por Bartolomé Mitre tuvo gran injerencia”, señala Fabio Wasserman, investigador independiente del CONICET en el Instituto “Dr. E. Ravignani”. El historiador caracteriza a la bandera nacional como un símbolo relevante de la época, en su dimensión práctica y significante, pero con una proyección aún mayor hacia al futuro, ya que dio cuenta de la construcción de una nueva comunidad política.

Wasserman identifica en la vida del criollo ilustrado la posibilidad de seguir de cerca la crisis de la monarquía y el proceso revolucionario e independentista: Secretario del Consulado, miembro de la Primera Junta y destacada figura política y militar a lo largo de toda la década revolucionaria.

Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, fue un polifuncional de la historia argentina. Escribió sobre economía, agricultura, industria, comercio y educación; fue pionero en señalar el relegado lugar al cual la sociedad confinaba a las mujeres y en hablar de la educación como aspecto fundamental para la integración social, promovió la creación de periódicos, participó en los hechos de mayo de 1810, se calzó la chaqueta militar cuando tuvo que hacerlo, se calzó el traje de diplomático cuando fue necesario, volvió a calzarse la chaqueta militar cuando así se lo pidieron, fundó escuelas y ciudades, creó el pabellón nacional, luchó por la autonomía de las Provincias Unidas del Rio de la Plata primero y por la independencia después, fue altamente valorado por personajes de la talla de Güemes y San Martín, nació rico en el país, murió pobre en el país, entregó todo y se fue olvidado. Su vida no admite duda alguna, todas las preguntas sobre él pueden contestarse con transparencia.

¿Prócer? Sí, por lejos. Indiscutido.