Pensar para Educar, por Tekoá

Menos de 4

"La inteligencia consiste no solo en el conocimiento, sino también en la destreza de aplicar los conocimientos en la práctica"

Aristóteles

Francisco miraba consternado su cuaderno. José, el profesor de Tecnología lo observaba desde lejos, le intrigaba saber por qué Francisco recorría una y otra vez las hojas blancas de su cuaderno con la mirada fija en ellas.

No pudo dilucidar la incógnita así que se acercó lentamente y con voz casi paternal le dijo - ¿Sucede algo Francisco? El niño, que cursa el cuarto grado, lo miró con ojos de cristal y le dijo casi atragantado por la respuesta. – Solo me quedan seis hojas en el cuaderno.

-¿Y cuál es el problema? Replicó José.

-Es que estamos en mayo profe – dijo Francisco – no me van a alcanzar las hojas hasta fin de año. Susurró moviendo levemente la cabeza hacia un costado, como queriendo correr algún pensamiento maligno de lugar.

José intentó entender, porque desde su lógica, eso no era un problema, incorporar otro cuaderno nuevo, al fin y al cabo, tampoco era cosa difícil.

Francisco, ese niño de 10 años que concurre al plurigrado de la escuelita rural, era el número cuatro entre siete hermanos de una familia de peones rurales. Vivía en una precaria casilla, en el campo donde su padre trabajaba de peón y su madre hacía el servicio doméstico de la casa principal. Los patrones poco iban por allí, pero ellos la mantenían prolijamente habitable para cuándo llegarán, algún par de veces al año.

El sueldo de ambos (sin aportes, ni beneficios de la seguridad social), se resumía a una entrega mensual que les alcanzaba para una alimentación adecuada, bastante ayudada por la pequeña huerta que mantenían al costado de la casilla de madera. Ese año los recursos para comprar cuadernos nuevos fueron distribuidos entre Gerónimo que empezaba la escuela primaria y Alejandra, el orgullo de los padres, que comenzaba la Agrotécnica y era quien emprendería el sueño familiar de que todos terminen la escuela secundaria. Para Alejandra debieron no solo comprar carpetas, y demás útiles, también incorporar el uniforme; por eso se les aclaró, a Francisco y sus dos hermanas del medio, que este año iniciarían el ciclo escolar con los cuadernos del año anterior. “Si todos ponemos un poquito, alcanza para cada uno” solía decir la madre.

Francisco observaba que las pocas hojas de su cuaderno no alcanzarían para todo el año, y eso le preocupaba, tan solo estaban en mayo.

José pretendió tranquilizarlo, diciéndole que seguro en su casa le comprarían otro cuaderno. Francisco dudaba, ni siquiera se animaría a pedirlo en su casa. En estos días había visto la preocupación de sus papas por comprar los remedios para bajar la fiebre intensa de Mica, la bebé que no paraba de llorar por las noches.

El sol otoñal bañaba tenuemente el comedor de la escuelita rural, allí se preparaban un té caliente sus compañeras de ruta, como las llama José a las dos maestras, la jardinera y la que llevaba adelante el plurigrado. Entre los tres diariamente hacían dedo para llegar hasta la escuelita. Sara, le sirve una taza a José y, mientras, le comenta que Francisco no estaba pudiendo comprender los ejercicios de matemática, sus evaluaciones no eran satisfactorias, pero que, si se proponían algunos trabajos en conjunto, él podría entender desde la práctica, lo que le estaba resultando muy abstracto. José le cuenta sobre la preocupación de Francisco, Sara no se había fijado en tal detalle. Ambos dicen casi al unísono “¡pero estamos en mayo!” y se ríen de la sincronicidad.

Sobre el escritorio de Sara, entre papeles y papeles están las planillas de nota y una copia de la nueva Resolución, que instaba a no poner menos de 4 en el primer trimestre a los y las estudiantes. Casi no la había leído, para Sara las notas eran algo secundario, lo importante era lo que los niños y niñas aprendían. Desdeñaba esas resoluciones, que siempre suponía se realizaban alejadas de la realidad. Entonces suena su teléfono, que de tanto en tanto alcanzaba un poco de señal, y le caían varios mensajes juntos. Uno de ellos le avisaba que dicha Resolución ya no estaba vigente. Las ideas y vueltas administrativas la cansaban. Dejo el teléfono y prefirió ponerse a preparar su próxima clase.

Enseñar era la pasión de Sara y José. Francisco era uno, entre tantos niños y niñas que van, como pueden, pero van. Mientras caminaba por la galería a paso lento, para que el sol de casi mediodía, le abrace un poquito más, José pensó en la metáfora de las hojas del cuaderno de Francisco: si lo aplazaba en mayo, era como que se le terminaran las hojas de su cuaderno. ¿Cómo se sigue después? ¿Cómo se llega a fin de año? ¿De dónde saldrá lo que hace falta, si ya no se avizora una posibilidad?

Sí, pensó José, poner un aplazo en el primer trimestre es como el cuaderno de Francisco, se termina y no queda nada más. Pero a eso, tal vez los que están detrás de un escritorio no lo puedan entender. El profe José, como Francisco, con los temas de matemáticas, tuvo que verlo en la práctica, para entender la abstracción. Porque hay cosas que solo así se entienden.

 

Lic. Veronica López

Tekoá Cooperativa de Trabajo para la Educación