POR SERGIO BRODSKY (*)

ROBOS DE NOVELA

Los delitos callejeros contra la propiedad, suelen ser producto de la miseria. Sus autores terminan en la mayoría de los casos, hacinados por años en esos depósitos de pobres que son las cárceles. Algunos de ellos se producen en lugares singulares, multiplicando la indignación y la condena que con razón suscitan estos hechos.

Últimamente, con frecuencia, iglesias y escuelas son sus víctimas. A la condena y el enojo se agrega el dolor producido por un acontecimiento penoso. Parecen ser tan particulares que se siente que arrastran consigo un plus de significación. Esta no es tan sencilla de desentrañar de las motivaciones sociales, económicas y psicológicas que entretejen sus causas. A mí me remiten inevitablemente a esa ficción de la realidad que es la literatura. En ocasiones nos enseña mucho más que los tratados de psiquiatría, psicología o  criminología. Freud mismo se nutrió de los grandes autores y obras para elaborar conceptos fundantes del psicoanálisis.

En estos casos peculiares la remisión los asocia a episodios extraordinarios que los tratan, claro, en otro contexto.

La más extraordinaria descripción del robo a una casa religiosa, se encuentra, casi sin dudarlo, en la novela “Los miserables” del genial Víctor Hugo: Jean Valijean, como si fuera salido del tango de Celedonio Flores (1), es condenado a trabajos forzosos en las galeras por haber robado un pan, desesperado por el hambre al que la pobreza sometía a su hermana y sus sobrinos. Constituye  un extremo de la contradicción entre la ley, celosa de la propiedad privada y la injusticia que produce la indigencia y las desigualdades.

Valijean va alimentando su odio conforme la condena aumenta con sus intentos de fuga. Habitado por un feroz resentimiento hacia la sociedad a la que hace culpable de su desgracia, identificado con su odio, vagabundea al término de su condena, por un pueblo, sin destino y totalmente despreciado por su estigmatizante condición. Así llega a la Iglesia del Obispo Miryel. Allí literalmente lo aloja, le brinda comida caliente y una cama para descansar su desgarrador trajín. A la madrugada el presidiario se levanta para robar la vajilla de plata del monseñor. Este escucha ruidos y recibe un rudo  golpe con los candelabros. A la mañana Valijean vuelve, atrapado por los Gendarmes, cuya intención es devolver al religioso, los objetos robados. Lejos de entregarlo, el Obispo simula contento por su regreso y  lo explica a los Gendarmes, pues había olvidado darle los candelabros. Despide a la policía y dice al oído del ladrón: “no olvide nunca que me ha prometido emplear este dinero en hacerse un hombre honrado”. Valijean, que no recordaba tal pacto, quedó perplejo.

Continuó Miryel: “Jean Valijean, hermano mío, ya no pertenece al mal, sino al bien. Yo compro su alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y las consagro a Dios”.

Antes, aun en presencia de los Gendarmes, había invitado a Valijean a volver cuando quisiese, recordándole que la puerta solo estaba cerrada con picaporte. Ni cámaras de seguridad, ni policías, ni  elevadas rejas separaban a los hermanos en Cristo. No se trataba de la propiedad, sino del hombre. Se trata tal vez mucho más de la justicia que de la caridad.  Esta intervención despojó del odio a Valijean, modificó  su vida en la dirección de una búsqueda de transformación social.

Otro caso es el de Silvio Astier, personaje central de la magnífica novela de Roberto Arlt “El juguete rabioso”. El contexto es el de un país que caía en tobogán hacia la década infame, con sus secuelas de decepcionados marginales sin destino. Silvio es un adolescente que roba con sus compañeros de infortunio. El primer robo es en una escuela. El episodio es conmovedor:

Ya en la biblioteca van separando los libros sustraídos para vender, de aquellos que se guardarán para su lectura. Fascinados por la literatura, gastan tiempo en el escenario delictual, para deleitarse con la poesía de Baudelaire: “Yo te adoro, al igual que la bóveda nocturna ¡oh! Vaso de tristeza, ¡oh! Blanca taciturna, y vamos a los asaltos, vamos, como frente a un cadáver, un coro de gitanos. Entre invento de bombas y revólveres en mano, Silvio alcanza a decir a Enrique: “¿sabés que esto es hermosísimo? Me lo llevo para casa”.

Silvio es el alter ego del autor, de Roberto Arlt. Como el personaje, su amor por la literatura se vio obstruido en su juventud por el carácter inaccesible de los libros. También la escuela tuvo para Arlt un carácter expulsor.  No sé si habrá hurtado alguna vez en una librería, sí se sabe que alquilaba libros que devoraba. En todo caso para Silvio Astier, la escuela parece ser un espacio ajeno, que lo escupe, que no le da entrada, que lo deja afuera con su deseo de leer. Es para él, un espacio de exclusión al que solo entra a través del robo y la destrucción.

Claro que cuando estos delitos suceden nos indignamos. Sobre todo nos apenamos. También tendemos a condenar, aun antes de comprender.

El delito callejero, aquel que es producto de la miseria y la exclusión social, suele derivarse, con mucha frecuencia  del odio y el resentimiento de aquellos sujetos que han sido privados de todo reconocimiento social y humano.

Lo dice Winnicott cuando lo entiende como una “acting out”, un mensaje dirigido a ser escuchado por el “Otro”.

También Mollo en su gran libro “Psicoanálisis y criminología cuando refiere que así como las investigaciones psicoanalíticas de la posguerra dieron cuenta de la asociación entre el desamparo y la tendencia antisocial, esa explicación mantiene su vigencia: “ante la situación de miles de niños y jóvenes que son empujados a vivir en la calle. Los hijos de la marginación de América latina, son los mismos jóvenes abandonados de la Viena de la posguerra, y los niños deprivados de los albergues londinenses, son aquellos dejados caer por sus familias de origen, que luego, desde la angustia, comienzan series interminables de delitos y disturbios, mostrando el resto que son para el deseo del Otro.

Alcanza visitar una villa o una favela en las que reinan el desabrigo y la miseria para percibir que la delincuencia no es solo exclusión económica y geográfica del delincuente, sino también de su excomunión causal del deseo del Otro. Para muchos jóvenes a la deriva que roban, el acting out, es una forma de habitar la escena del mundo, sin pertenecer a ella. Siendo la calle el lugar de los que no tienen lugar, la delincuencia es lo normal”(2).

 

(*) Psicólogo. MP243

  • El tango “Pan” de Celedonio Flores, fue prohibido por todas las Dictaduras que asolaron nuestro país. El protagonista es condenado duramente por la Justicia por haber robado, tomado por el hambre y la desesperación, un “cacho” de pan
  • “Psicoanálisis y criminología, estudios sobre la delincuencia” Juan Pablo Mollo Paidós.