POR SERGIO BRODSKY (*)

Salud Mental y Trabajo

“No se puede jugar con la ley de conservación de la violencia: toda violencia se paga y, por ejemplo, la violencia estructural ejercida por los mercados financieros, en forma de despidos, pérdida de seguridad, etc. se ve equiparada, más tarde o más temprano en forma de suicidios, crimen y delincuencia, adicción a las drogas, alcoholismo, un sinnúmero de pequeños y grandes actos de violencia cotidiana”

Pierre Bordieu

A lo largo de la historia se han construido distintas definiciones de lo que significa “salud mental”. Para Freud, la salud mental consistía en la recuperación de la capacidad de amar y trabajar. Pichón Riviere, la ha entendido como adaptación activa a la realidad, es decir, el aprendizaje del sujeto para transformar la realidad, transformándose, en una relación dialéctica.

En la segunda posguerra, la flamante organización mundial de la salud, que fue uno de los organismos surgidos de ese contexto, definió la salud como “el completo estado de bienestar biopsicosocial y no solo ausencia de enfermedad”. En esta conceptualización, es importante señalar que se apela a una complejidad de causas y dimensiones de la salud y que la misma no implica sólo, no estar enfermo, es decir destaca su definición de un modo positivo.

La ley nacional  de salud mental vigente subraya su  carácter social y complejo  cuando afirma en el artículo 3 que :”en el marco de la presente ley se reconoce a la salud mental como un proceso determinado por componentes históricos, socio-económicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento, implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona”, en una búsqueda de cuestionar los reduccionismos biologicistas e individuales a que ciertas psiquiatrías intentan reducir tanto el padecimiento como  el bienestar mental, lo que significaría que el sufrimiento psíquico y anímico sería un simple efecto causal de desequilibrios químicos, que se tratarían con prescripciones farmacológicas.

Lejos de ese enfoque organicista, adhiero a la concepción de la ley de salud mental, para entenderla como un efecto de factores complejos, con determinaciones sociales, culturales, económicas, políticas, familiares y subjetivo, por lo que la construcción de la salud mental requiere un paradigma que contemple esas dimensiones, basadas en la interdisciplina y la intersectorialidad.

Suscribo el concepto de salud mental desarrollado por Lía Ricón en el libro “Problemas del campo de la salud mental”, cuando la piensa desde un enfoque colectivo y multidimensional al tomar un desarrollo conceptual de Mac Neef y postular que la salud mental de una comunidad, dependerá del modo en que satisfaga las necesidades de sus miembros. “Estas necesidades –dice- son universales y la manera en que una sociedad dada organice su satisfacción, permite evaluar el estado de salud mental en un momento dado, según el destino de gratificación o frustración que encuentren”. Las clasifica por el grado de mayor a menor necesariedad de la siguiente forma: subsistencia, protección, afecto, identidad, entendimiento, participación, ocio, creatividad, libertad, trascendencia. También describe la propuesta de Mc Neef , en cuanto a una clasificación de los modos y dispositivos creados por la sociedad y el Estado para  satisfacer esas necesidades universales, a los que llama satisfactores: van, en un orden valorativo desde aquellos que simulan satisfacer pero destruyen, aniquilando la necesidad y sus posibilidades de satisfacción (satisfactores destructores, seudosatisfactores o inhibidores, por ejemplo, prostitución, trabajo precario, autoritarismo, medicina mecanicista etc.,) a aquellos que pueden satisfacer de modo genuino una o varias necesidades como los singulares y sinérgicos, que satisfacen varias necesidades simultáneamente, cuyo modelo es la lactancia materna: satisface subsistencia, protección, afecto e identidad.

A partir de estos conceptos, la autora propone un criterio de salud en el que una sociedad será más sana cuando tiende a satisfacer las necesidades a través de satisfactores sinérgicos y singulares.

Desde esta perspectiva, el trabajo o su ausencia, y el modo de satisfacer las necesidades subyacentes, son factores decisivos para evaluar la salud mental de una población dada.

El trabajo digno satisface la subsistencia, la necesidad de protección, afecto, participación, ocio y creatividad. Es decir, el trabajo creativo y no alienado es un elemento fundamental de la construcción de la salud mental de los individuos de una comunidad y de la comunidad toda.

Sabemos que en el sistema capitalista no es así, y de ahí la importancia de pensar la salud y el padecimiento mental desde una perspectiva compleja y no reduccionista.

Este sistema propone un trabajo alienado, en el que el trabajador no puede desplegar su creatividad y su libertad. Más aun, mayoritariamente el trabajo significa yugo, malestar, opresión y esa actividad se despliega en condiciones de una informalidad, precariedad, explotación e inhumanidad, que están en la base de las frustraciones de los sujetos, del malestar en la cultura y de la cultura del malestar.

El trabajo alienado genera tensiones psíquicas que se difuminan a todas las relaciones sociales, imposibilitando algún grado de bienestar, y son componente de la mayoría de los emergentes sociales del sufrimiento subjetivo actual, (adicciones, violencia, suicidios, depresiones, perturbaciones psíquicas de diferente orden).  Aun así, quien tiene un trabajo en esas modalidades penosas, está en mejores condiciones que aquellos desocupados que no encuentran o han perdido su fuente de subsistencia.

Si bien y ante la igualdad de derecho que la lucha de las mujeres ha logrado se da en ambos géneros, es mayoritariamente el varón quien arrastra aun la pesada carga y el lastre histórico de anudar su identidad y su “masculinidad” a su capacidad de trabajar y mantener a su familia. Los sentimientos de inutilidad, de pérdida de identidad, de culpa, de baja autoestima y desvalorización aparecen intensamente cuando un individuo ve cercenada su posibilidad de trabajar.

La depresión suele ser una reacción frecuente ante la pérdida de este derecho humano fundamental. Se manifiesta por tristeza profunda, aislamiento, desinterés y desgano, profunda disminución del amor propio, angustia, dolor, autoreproches y sentimientos de desvalorización del yo, ideas recurrentes de suicidio, entre otros síntomas.

Entender la salud mental como el modo en que una sociedad satisface las necesidades de sus miembros, nos permite corrernos de una interpretación de los padecimientos basada en un reduccionismo biologicista hacia una comprensión más amplia y compleja que incluya las condiciones sociales, políticas, económicas, culturales, etc., en que se gratifican o frustran las necesidades humanas.

Una depresión de este tipo (o las otras formas en que se expresa la insatisfacción de necesidades; alcoholismo, drogas, violencia, abusos, etc.), en la que el desequilibrio químico del sistema nervioso es más consecuencia que causa del sufrimiento anímico, no se “curan” con “pastillas” ni tratamientos psicológicos, sino con la restitución de las condiciones de trabajo y vida digna para todos los miembros de la comunidad, y esa resolución es una grave responsabilidad política. Lo contrario implicaría un reduccionismo psicologista, biologista de un problema social, político y económico.

Hoy los desocupados, llamados Ni Ni; es decir, los jóvenes que no estudian ni trabajan, ni los trabajadores precarizados y en algunos casos brutalmente explotados, podrán encontrar paz, sosiego y algún grado de felicidad en la realización plena de sus potencialidades humanas. Ese logro no depende de tratamientos médicos ni psicológicos, sino del compromiso de todos, sociedad y estado de resolver las necesidades de una inclusión laboral en condiciones de respeto al trabajador, entendiéndolo como la  satisfacción de las necesidades y derechos humanos básicos de las personas.  

Recomendación bibliográfica: Existe un libro que aborda de una manera muy completa a través de un trabajo de investigación esta problemática, recomendable para quienes se interesen  se llama: ”Trabajo, desocupación y suicidio, efectos psicosociales del desempleo” de Miguel H Orellano  (Editorial Lumen) y que refiere que “con el marco de las profundas transformaciones acaecidas en el mundo del empleo y el trabajo en las sociedades capitalistas, el propósito es comenzar a dilucidar, los efectos psicosociales de la desocupación y la precarización laboral sobre la salud mental de la población…el autor analiza críticamente los distintos modelos y enfoques teóricos que, proviniendo de los campos de la salud y las ciencias sociales, abordan las complejas e intrincadas relaciones entre salud mental y trabajo. Se pone especial énfasis en los efectos disruptivos del desempleo sobre la salud colectiva…estudiando en profundidad la conflictiva relación entre la situación de desempleo y conducta suicida”

 

(*) Psicólogo. Escritor.