Por Sergio Brodsky (*)

TRAPOS

“Sos de los que quieren que los chicos estén, pidiendo guita y comida en las calles, cerrá las puertas de tu auto falo, cuando los chicos te piden un mango, soy su padre y les voy a explicar, que piden para no trabajar…”

 (“El imbécil” León Gieco)

Ramón viene con un súper pancho en la mano. A la cuadra grita con fuerza: “¡qué suerte la mía!”. Es la contraseña del mangazo. De la sonrisa agujereada pasa sin solución de continuidad a la expresión de preocupación, el rostro se contrae y se hace serio: “¿Viste que nos quieren sacar a todos los trapitos?” está en el diario, fíjate, me dice y cabecea en dirección a mi celular. “¿qué quieren que hagamos? Si no quieren que estemos, que nos den un trabajo, o quieren que salgamos a robar? Reflexiona.

Ciertamente alterna ahora el “jetazo” con el cuidado de coches, incursionando, entretanto, con alguna malograda empresa del rubro de la venta de medias o bolsas de consorcio. Aun así, muchas noches lo encuentra en algún umbral, con las estrellas como techo, el piso frío y duro como cama.

Enseguida recuerdo la historia de Griselda, y que hace mucho no la veo mate en mano, sentada en algún umbral vigilando los autos. A ella la conocí en la sala. Su locura era de los desbordes de la miseria. Decía, avergonzada que tenía que hacer la calle, que no le quedaba otra. Era su suerte, su destino. Un día apareció feliz, con una chaqueta naranja. Se la había arrancado a algún funcionario municipal. Exultante me contó que ahora era “cuidacoches”. La calle y su vida tenían ahora otro significado. No sería ya sinónimo de vergüenza,  sino de dignidad. Trabajaba con mucho respeto, compromiso, seriedad en el control de los autos. Hace rato que no la veo. No sé qué será de ella.

Ramón sigue diciendo, consternado, que en la volteada van a caer limpiavidrios y malabaristas. Amo los artistas “callejeros”. Despliegan un arte tan apasionado que nadie los ve, como a la miseria.  Incluso algunos imbéciles se molestan.

El viejo discurso liberal que fundó el capitalismo, sigue calando. Ese que culpa al pobre de su pobreza. Tuvieron que derramar km de tinta Charles Darwin, Adam Smith y los protestantes (Calvino y Lutero) para que cabezas de pajarito sigan repitiendo hoy que la vagancia y la haraganería, que habitan en la genética de pobres indigentes y miserables, son la causa de su desgracia. Que la concentración de la riqueza en pocas manos, que la desigualdad, no tiene nada que ver. Que el destino responde al mérito, al esfuerzo personal.

“Qué nos den trabajo entonces, o quieren que robemos” dice Ramón,  implacable. Para algunos la desesperanza los ha dejado sin fuerzas siquiera para eso. Les alcanza solo para colgarse de esos monstruosos conteiners que en la ciudad, son sus metáforas. Chapuceando deshechos, ante la triste y  atónita mirada de pequeñísimos ojitos.

“Sos un imbécil que a los chicos culpás, de la pobreza y la mugre que hay, que nunca te echen rogale a tu Dios, porque en el culo te pondrás ese auto” (León Gieco “el imbécil”)

 

 

(*) Psicólogo MP243