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Un lagarto verde

Uno se cruza siempre con Cuba, esa experiencia humana de la utopía, más que país que navega en un mapa: un largo lagarto verde (1), ahora amenazado, una vez más, por el Imperio, en esta oportunidad de asfixiarla de petróleo por el Sheriff del mundo. Yo me la crucé hace unos días cuando Cristian Montenegro contó, en un encuentro de “Leer por leer” (2), cómo era el sistema de salud en la Isla. Es claro que es público, gratuito, universal y hace foco en la medicina preventiva y la atención primaria. Se basa en el médico y la enfermera de la familia, con una cobertura total y visitas a domicilio. Así han logrado las tasas de mortalidad infantil más bajas de América y una altísima esperanza de vida al nacer.

Sergio Brodsky

1 febrero, 2026

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10:32 am

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Cristian sabe de lo que habla. Es un médico con una fina sensibilidad, formada en la Escuela Latinoamericana de Medicina de Cuba, donde se recibió, programa que nació de la solidaridad con los pueblos centroamericanos devastados por huracanes y otros fenómenos climáticos. Es conocida la solidaridad de los cubanos, el internacionalismo solidario con los pueblos aquejados por enfermedades o epidemias, a los que envían médicos para cooperar, gratuitamente, con la atención de su salud, sin recibir nada a cambio, solo por el sentimiento de hermandad que la promesa del hombre nuevo fecunda.

Curiosa dictadura donde la salud es un derecho humano y no una mercancía; donde nadie se muere por falta de medicamentos o atención médica. Ni en la calle de frío, ni por hambre por falta de alimentos. No es casual, tampoco, que el Che, su máximo referente revolucionario, haya sido médico y haya concebido tempranamente, antes incluso de ser el Che, que la salud es una dimensión humana inescindible de las condiciones socioeconómicas y la enfermedad, reflejo de las desigualdades. Así lo expresó en una poesía de médico residente que sufre el desgarro de la muerte, que es producto de la pobreza y del asma:

“Vieja María, vas a morir;
quiero hablarte en serio:
tu vida fue un rosario completo de agonías,
no hubo hombre amado, ni salud ni dinero,
apenas el hambre para ser compartida;
quiero hablar de tu esperanza,
las tres distintas esperanzas
que tu hija fabricó sin saber cómo.
Toma esta mano de hombre
que parece de niño
en las tuyas pulidas por el jabón amarillo.
Restriega tus callos duros
y los nudillos puros
en la suave vergüenza de mis manos de médico.
Escucha, abuela proletaria:
cree en el hombre que llega,
cree en el futuro que nunca verás.
Ni reces al dios inclemente
que toda una vida mintió tu esperanza,
ni pidas clemencia a la muerte
para ver crecer a tus caricias pardas;
los cielos son sordos y en ti manda lo oscuro,
sobre todo tendrás una roja venganza,
lo juro por la exacta dimensión de mis ideales,
tus nietos todos vivirán en la aurora,
muere en paz, vieja luchadora.
Vas a morir, vieja María,
quedarán mudas las paredes de la sala
cuando la muerte se conjugue con el asma
y copulen su amor en tu garganta.
Descansa en paz, vieja María,
descansa en paz, vieja luchadora,
tus nietos todos vivirán la aurora,
lo juro”.

(México, diciembre de 1954, extraído del libro Ernesto Guevara de la Serna antes de ser el Che).

Extraña tiranía, como la ha llamado el Imperio, que ahora dice sentirse amenazado por ella; rara dictadura que rápidamente combate el analfabetismo, lo destierra y promueve un sistema educativo y cultural excepcional, reconocido incluso por los organismos emergentes del capitalismo. Es insólito porque acostumbramos ver dictaduras que queman libros, públicamente incluso, pero no una que quiera, apasionadamente, hombres cultos.

El proceso de alfabetización de la isla fue realmente extraordinario. Silvio Rodríguez tenía 14 años cuando se sumó como voluntario para enseñar en la sierra. Dice que ese aprendizaje, de la vida dura del pueblo en el campo, de enseñar a leer y aprender a vivir, lo marcó para toda la vida. Esos jóvenes eran convocados a brindar un año de sus vidas para expulsar la brutalidad de siglos en “Cuba, palmar vendido, sueño descuartizado, duro mapa de azúcar y de olvido” (3), que era el país antes del 26 de julio, y los jóvenes se volcaban entusiasmados a desarrollar esa epopeya. Y si “tú le das a los jóvenes una epopeya por la cual luchar, se la comen. Los jóvenes lo que quieren es tareas grandes, nobles, que los hagan crecer; cuando se meten en miserias es porque no hay epopeya a la vista. Pero si hay epopeya, van por ella” (Silvio Rodríguez).

Es digno de escuchar en un país como el nuestro, en el que los gobernantes están empeñados en castigar niños, cuyo proyecto para ellos es la desigualdad, el castigo y el encierro, con una decisión que no tienen para calmar el hambre de millones de adolescentes que se acuestan a dormir con una sola comida, o con ninguna, que son presas de las drogas, la ludopatía, la violencia y el sinsentido. Hoy aquí el suicidio dobla la tasa de delitos juveniles; sin embargo, las leyes que se agitan son las de bajar la edad de imputabilidad y de la reforma laboral, para que el futuro sea aún más amargo e infortunado, con un horizonte de cárcel o de alienación e infelicidad.

¿Qué amenaza dice temer el Imperio y su matonaje de ese largo lagarto verde que ha construido, trabajosamente, igualdad, solidaridad y amor? Tal vez, precisamente, ese hombre nuevo, utópico, que Cuba promete con su sola e histórica dignidad; ese que amenaza el individualismo, la competencia y la muerte del hombre tras el dinero; esa construida en la capacidad de sentir, en cualquier parte del mundo, cualquier injusticia como propia; esa que precisa endurecerse, pero sin perder la ternura jamás.

Notas
(1) “Un largo lagarto verde” (Nicolás Guillén).
(2) “Leer por leer” es un espacio creado en Concordia por “Lazos en red”, abierto a la comunidad, cuyo principio es “encontrarnos a leer y leer para encontrarnos”.
(3) “Elegía para Cuba” (Nicolás Guillén).

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