Las Crónicas de Oxímoron

Un minuto en el cuarto oscuro

"Si estamos en un cuarto oscuro y decimos que no hay luz es porque alguna vez hemos visto la luz. Algo parecido sucede con la felicidad." 

(Swami Tilak. Maestro Hindú)

Por Fosforito

Bueno, fueron casi 48 horas de relativo silencio desde que la veda electoral arrancó el pasado viernes por la mañana. En un rato estaré dentro de un aula de una escuela todavía más alejada que en la elección pasada -cosas de la pandemia-, con ventanas empapeladas, mesas dispuestas en un frente horizontal o en semicírculo sobre las cuales estarán las balotas de cada una de las listas con las caras de sus principales candidatos. 

Será sólo un minuto -tal vez dos- ahí adentro: buscar, elegir, meter la afortunada en el sobre y salir. 

Mi voto, un voto que sólo vale por uno.

Un voto igual al de todos los demás, sin importar si me considero con más “luces” que mi vecino, si me he educado, he leído y me interesa la política. Si puedo ver los matices o soy de los que piensan que todo es lo mismo. Sin importar si tengo una ideología definida, si soy militante o un apático ciudadano. Si estoy desocupado, empleado o tengo trabajadores a cargo. Si soy propietario, alquilo o todavía vivo con mi mamá. Sin importar si voté a más de diez gobiernos y pasé por una dictadura, o si es mi primera vez frente a la urna. Sin importar cuántos memes publiqué todo este último tiempo en mis redes sociales, cuántas peleas mantuve por hablar de política o cuánto he concedido o callado. 

Mi voto vale uno, como el de todos. Es el número lo que hace la diferencia. La elección de la mayoría. Nos guste o no. Esa es la regla.

De todas maneras, votar es la frutillita del postre para poner en papel lo que uno sostiene, milita o desprecia. Un deber y un derecho al mismo tiempo. El puntapié inicial del partido de la democracia representativa, aunque meta en la urna el sobre vacío o una foto con la imagen de Pinocho empinado por la mentira…

Ir a votar -lo siento así- es lo que me dará autoridad para después poder opinar, exigir o patalear. 

Un minuto en el cuarto oscuro y, como suele suceder delante del Juez, los que se pasan de rosca -por ahí- se frenan, encuentran el silencio reflexivo entre el bullicio del mundo interno y externo, y recuperan la memoria. Escuchan un poco más el presentimiento que emana de los nervios de las entrañas, dudan sobre lo que estaban seguros, activan el instinto de supervivencia y logran olfatear lo que parece más conveniente (llámese votar con la cabeza o con el bolsillo, elegir el mal menor o entrar en razón...)

Los que tienen 30 años y más podrán ver sobre la mesa no solo la cara de los candidatos sino reflexionar cómo fue su vida, al menos, durante los últimos diez o doce años: Nunca se había podido -de una manera tan reciente, sucedánea y tan vívida- experimentar los dos modelos de país en pugna de los que tanto se habla. 

Más allá de las palabras y el palabrerío, de las propuestas, las promesas y las chicanas a las que estuvimos expuestos o participamos desde nuestro lugar de ciudadanos de a pie, cada uno recordará en carne propia lo que se vivió y cómo vivió en cada proceso de gobierno que representó los distintos “modelos de país”. 

Y si bien ninguno de los modelos pudo demostrar todo su potencial, y ambos tuvieron errores y excesos, creo que tenemos suficientes pistas para entender a grueso modo de qué van uno y otro.

Quizás, una vez en el cuarto oscuro, sería bueno sacar la mano del corazón ardiente y darse unos golpecitos en la frente para despabilarse un poco.