Vivimos en una época donde pareciera que todo puede ser redefinido desde el deseo individual. Donde lo que sentimos que somos adquiere, casi automáticamente, estatus de verdad. Pero hay un problema profundo en esto: cuando la realidad se vuelve opcional, también se vuelve imposible compartirla.
La autopercepción, entendida como la idea de que basta con declararnos algo para serlo, puede parecer liberadora en un primer momento, sin embargo, cuando se la eleva a criterio absoluto, rompe el puente que nos une con los demás; porque si cada uno habita una realidad distinta, definida únicamente por su propia percepción, ¿sobre qué base podemos dialogar? ¿Desde dónde construimos acuerdos? ¿Cómo transformamos algo que ya no reconocemos de la misma manera?
La realidad, aunque imperfecta y compleja, es el único terreno común que tenemos. Es el punto de partida para el encuentro, el conflicto productivo y la transformación. Si la reemplazamos por múltiples realidades individuales, no solo perdemos ese terreno compartido: perdemos también la posibilidad de actuar colectivamente sobre el mundo.
Y aquí aparece otro fenómeno clave de nuestro tiempo: los algoritmos. Ellos ya recortan nuestra visión, ya seleccionan qué vemos y qué no, ya construyen burbujas donde todo parece confirmar lo que pensamos. Nos muestran una versión fragmentada del mundo, adaptada a nuestros gustos y creencias. En ese contexto, profundizar la lógica de la autopercepción como verdad absoluta no hace más que reforzar ese aislamiento. Nos encierra todavía más en pequeñas cápsulas donde todo coincide con lo que queremos creer.
El resultado es una fragmentación de la realidad. No solo vemos cosas distintas: vivimos en mundos distintos; y en esos mundos paralelos, la comunicación se vuelve cada vez más difícil. Las palabras pierden significado común, los hechos dejan de ser puntos de referencia compartidos, y sin eso, cualquier intento de transformación real se diluye.
Porque transformar la realidad no es imaginarla distinta, es intervenir sobre lo que efectivamente existe. Es reconocer los límites, las condiciones, las tensiones del mundo tal como es, para poder cambiarlo. Si en lugar de eso nos refugiamos en definiciones personales que no necesitan contrastarse con nada externo, caemos en un autoengaño; una ilusión cómoda, pero estéril.
Hoy vemos expresiones cada vez más extremas de esta lógica, por ejemplo, el fenómeno de los Therians. Personas que no solo sienten afinidad con ciertos animales, sino que afirman ser, en esencia, esos animales. Más allá de las experiencias subjetivas que puedan existir —que merecen ser escuchadas y comprendidas— el problema aparece cuando esa autopercepción pretende reemplazar por completo cualquier referencia compartida de realidad.
Si aceptamos sin ningún tipo de límite que alguien puede definirse como cualquier cosa únicamente por desearlo o sentirlo, entonces eliminamos toda frontera entre lo que es y lo que se imagina; y en ese punto, ya no hay posibilidad de construir sentido común; no hay lenguaje que alcance, no hay acuerdo posible, no hay acción colectiva viable.
Esto no es una crítica a las personas, sino al concepto. Porque cuando la sociedad valida sin cuestionamiento toda autodefinición como verdad, no está siendo más inclusiva: está renunciando a la realidad como espacio común. Y sin ese espacio, lo único que queda es una suma de individualidades aisladas, cada una encerrada en su propia narrativa.
No se trata de burlarse, ni de excluir, tampoco significa negar derechos, ni desconocer la dignidad de las personas. Por el contrario, implica proteger la posibilidad misma de que esos derechos sean efectivos. Porque los derechos solo pueden ejercerse plenamente en un contexto donde existan reglas compartidas en base a una misma realidad reconocible por todos.
Se trata de un límite necesario: el de la realidad compartida y entender que sentir algo no lo convierte automáticamente en un hecho, y que confundir ambas cosas no solo nos aleja de los demás, sino también de la posibilidad de cambiar aquello que efectivamente existe, porque solo a través del diálogo y de una mirada compartida, podemos modificar lo que sentimos que está mal, y solo apartándonos de nuestras individualidades podemos volvernos parte de algo más grande que nosotros mismos.
En una ciudad como Concordia, donde las tramas sociales son cercanas y los problemas son concretos, este debate adquiere una dimensión particularmente tangible, no se trata de discusiones abstractas, se trata de cómo resolvemos disputas, cómo asignamos responsabilidades y cómo garantizamos derechos en contextos reales.
Basta de autopercepciones como verdades incuestionables. Volvamos a construir un lenguaje donde las palabras signifiquen algo para todos, porque no todo lo que queremos ser alcanza con decirlo, el cambio real exige algo más: compromiso, diálogo y acción.
Recuperemos el valor de lo real. No como una imposición rígida, sino como el único terreno donde el encuentro, el conflicto y el cambio siguen siendo posibles.
Mariana De León – abogada, realizadora audiovisual


