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La sinrazón y la sed de poder desatan los peores monstruos
La supuesta lucha por el “nuevo orden mundial” crea un mundo distópico en el que el planeta pasa factura a través de terremotos, inundaciones, incendios pavorosos, desequilibrios demográficos y migraciones compulsivas, todo por algo que muchos sabían, pero lo ocultaban: la depredación provocada por la acción del hombre sobre el planeta Tierra.
Ricardo Monetta
2 febrero, 2026
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5:16 pm
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Por mucho tiempo se discutió y se ocultó que un proceso largo, acumulativo y devastador se aceleró en poco tiempo.
Un mundo en el que personajes histriónicos fabrican discursos y generan relatos que lo niegan todo, que señalan, sin el menor atisbo científico, que todo lo que le sucede al planeta es una conspiración de no se sabe quién.
El panorama geopolítico es sumamente inquietante. Las guerras por los recursos naturales y la codicia de las corporaciones han hecho cada vez más insufrible la convivencia mundial. El triunfo de las ideologías extremistas y del fundamentalismo religioso ha generado grandes tensiones tanto en Medio Oriente como en Asia, América Latina y Europa.
En todos estos espacios aparecen voces que insuflan violencia, crispación y falsos nacionalismos, y generan gobernantes que hacen poner en duda las capacidades mentales de quienes los eligieron. Es que la colonización mental y la estupidez humana ya no tienen límites. El retroceso antropológico de los pueblos es cada vez más notorio, inversamente proporcional al avance tecnológico dedicado a la deshumanización social. Es que los sueños de la sinrazón generan monstruos fuera de toda racionalidad, lo que hace dudar a más de uno si la democracia y sus instituciones son un Estado fallido, o si la condición humana se ha dislocado tanto que aman votar a sus verdugos.
En todo el mundo, las poblaciones asisten a ese cúmulo de mensajes y dogmas que viajan por las redes, creados por intoxicadores profesionales, próceres de las mentiras y de la tergiversación, que estimulan todas las pasiones de la gente insatisfecha y desesperada. ¿Quiénes las financian? Las furias que terminan en una lucha de pobres contra pobres se instauran en momentos precisos, con la manifestación genuina de la violencia verbal y física. Con el enaltecimiento de la ignorancia, de la emisión de conceptos vacíos de contenido, del señalamiento de enemigos a los que se debe derrotar por todos los medios: los posibles y los que no lo deberían ser.
Un mundo en el que se utiliza la palabra “pueblo” para confundir, bajo el lema: “solo el pueblo salvará al pueblo”, se dice en determinadas plataformas, por boca de esos tahúres de la falsedad. Un concepto, de nuevo vacío, que elude las situaciones más complicadas que se han vivido durante catástrofes que se han resuelto por la intervención pública, como la pandemia, y con la intervención del Estado que “aquellos monstruos” reniegan. Y ello no elimina la solidaridad de la gente, que haya actuado hasta donde han podido.
El negacionismo climático absurdo se ha visto sacudido, pero también el negacionismo fiscal y moral. Las conductas distópicas, fabuladoras, usurpando la ignorancia de sujetos que se creen ciudadanos, comulgan un credo que tiene su templo en sus mentes colonizadas.
Son quienes reniegan de la democracia, pero se aprovechan de ella para llegar al poder, para ejercer sus políticas depredadoras, mentirosas y manipuladoras, con el apoyo generoso de quienes viven mejor con la estrategia de la confusión. Esta pelea mundial por el nuevo orden ya tiene marcados a sus “jugadores”. Los más ricos, las corporaciones, ya han hecho sus apuestas y luego van a pasar sus facturas correspondientes: los lobbies tecnológicos, los defensores de los combustibles fósiles, por los cuales se han hecho las guerras de los últimos 60 años, contrarios a todo avance social, absolutamente agresivos para defender su capital acumulado sobre el destino y la vida de esa clase tan denostada que ha sido, a través de la Historia, el cimiento de las estructuras feudales y modernas de eso que hemos dado en llamar “civilización” (?).
En un mundo de tanto ánimo belicista, el sueño de una paz permanente es el fracaso de una Historia en la que el deseo se expresa como experiencia cierta, pero que está construida sobre una sociedad esquizoide, que transita ahora la desesperación de ya no poder ser lo que era. Soy un escéptico del futuro porque las miserias del presente no me permiten acceder a imaginar un futuro confiable. Existe una violencia presente que opaca las voces, las bocas, los cuerpos y las historias que esos cuerpos cargan. Historias de dolor, de amor, de una pena lastimosa sobre una humanidad herida, con miedo, desmembrada, llena de ausencias que ya no consuela ni cobija: solo lastima y duele.
