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El tema del traidor y del héroe
“Pero no ves, gilito embanderado, que la razón la tiene el de más guita, que la honradez la venden al contado y a la Moral la dan por moneditas... Que no hay ninguna verdad que se resista frente a dos pesos moneda nacional…”. (¿Qué vachaché?, tango de Enrique Santos Discépolo que tiene un siglo, pero puede dedicarse sin dificultades a los legisladores que aprobaron la reforma laboral).

El tema de la semana fue la traición de un sector del peronismo en la sanción de la reforma laboral. Pero Milei engañó a sus electores —muchos de ellos trabajadores— a los que prometió cobrar en dólares y les da, en cambio, una ley que los reduce a la servidumbre. El radicalismo lleva una década de vergonzosa deserción de la sentencia alfonsinista de prepararse para perder elecciones si la sociedad se derechizaba, pero nunca volverse conservadora.
Sin embargo, la acusación de traición fue dirigida a un sector del peronismo, incluso por legisladores de su mismo partido. Tal vez la defección realce porque —además de que la ley no hubiera podido ser sancionada sin sus votos sospechados— los incriminados decían pertenecer a un movimiento que nació de un pacto de lealtad y de una épica de la justicia social. Un partido cuyos héroes nacieron del coraje de consagrar los derechos de los trabajadores —aquellos que la ley borra— como bandera, como sino de su identidad, contra los poderosos que siempre los ignoraron.
Así, los traidores y leales (en este caso el peronismo que votó en contra de la ley) conviven en una contradicción, tal vez aparente, que solo se resolvería separando la paja del trigo. Contradicción que estalló, más localmente, en nuestra plaza con la atronadora ausencia de algunos gremios y referentes políticos.
La paradoja de esta identidad es tratada por Borges en el cuento que precisamente se llama Tema del traidor y del héroe. En su protagonista, Kilpatrick, se conjugan ambos extremos: héroe de su país, advierte una conspiración y encarga a Nolan, su compañero, descubrir al traidor. Firma incluso la sentencia de muerte, de tal modo que Nolan finalmente revela que el traidor es el mismo Kilpatrick. La trama es traslucida mucho tiempo después por Ryan, bisnieto del héroe-traidor, a partir de deducir que, para preservar la imagen heroica de Kilpatrick, Nolan acude a una representación teatral basada en las obras de Shakespeare; sobre todo, la de otra gran traición: el asesinato de Julio César.
Esos paralelismos —dice Borges— “de la historia de César y de la historia de un conspirador irlandés inducen a Ryan a una secreta forma del tiempo, un dibujo de líneas que se repiten”, y agrega más adelante: “Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible”.
Sin embargo, la historia occidental y cristiana, que se inaugura precisamente con una traición, no ha hecho más que repetir ese gesto en acontecimientos decisivos de su curso. Incluso ha copiado la literatura. Es —hagamos una digresión— notable cómo, por ejemplo, el juicio y asesinato clandestino de Aramburu —el general golpista que hizo fusilar sin compasión a su compañero de armas y amigo J. J. Valle— fue una reproducción exacta del relato que Leopoldo Marechal realiza en su última novela, Megafón, o la guerra, y que el ejecutor había leído con fruición.
Asimismo, el otro gran escritor argentino, Roberto Arlt, ha tomado este tópico como central en su literatura, decididamente en el último capítulo de El juguete rabioso que titula inocultablemente “Judas Iscariote”. Aquí la literatura remite a la historia, en el que el protagonista, Silvio Astier, traiciona primero la identificación compasiva del lector delatando simultáneamente a su amigo, el Rengo.
Esta visión borgeana de la historia como trama de reminiscencias o transmigraciones, de circularidades universales que repiten una traición original, atraviesa como un hilo la historia de los hombres. Incluso esa paradoja de la simultaneidad de la figura del traidor y del prócer toca de cerca la identidad y las contradicciones de nuestra provincia, que se quiere heroica en sus ensueños, a partir de la ambigua lectura que se haga de su máximo referente.
Es cierto también que la historia ha registrado, paradójicamente, nobles traiciones: renuncias a los valores y bondades de su clase social han permitido, por ejemplo, el heroísmo libertador de Bolívar y el Che Guevara. He allí fructíferas y valiosas traiciones para la gloria y la libertad de los pueblos de América.
El peronismo ha defeccionado —porque su único sentido es la defensa de los trabajadores— en la década del 90 neoliberal, cuando consagró la precarización laboral y el desempleo; en el 2000, cuando vendió su alma a la Banelco; y ahora nuevamente, con esos votos infames por una ley que los condena a la esclavitud. Es solo recuperando la lealtad a sus principios de justicia social, independencia económica y soberanía política como puede recuperar la identidad que le da sentido y sustraerse del desdoblamiento y la vacilación entre las figuras del traidor y del héroe que continúa diluyendo su esencia.
Mientras tanto el pueblo, los trabajadores, los desempleados, los jubilados, las personas con discapacidad, los docentes, tienen que seguir batallando en la derrota a la que los arroja esa conducta, indefensos frente a un gobierno cruel e insensible. “A mí me gusta la gente que sabe que la vida es una derrota, pero que igual da la batalla de todos modos”, dijo una vez el inolvidable Osvaldo Soriano. Es una frase inspiradora en estos tiempos en los que se trata de batallar contra lo que parece ya perdido; pero en la contienda está el sentido, en la lucha que lleva consigo la esperanza.
