El gobierno nacional de LLA comenzó con grandes brillos. ¡Sobre todo, brillos! Los brillos que surgen de la marquesina de los teatros; me gusta la metáfora porque todos los que vamos al teatro sabemos que entramos en una irrealidad, que cualquier cosa que ocurra durante la función no es real. Sin embargo, entramos voluntariamente para atravesar las más diversas emociones. Así entró la sociedad a transitar cuatro años de esta obra gubernamental… pero no era de teatro, aunque por momentos todo parece irreal. Esta obra es real: veintidós mil empresas cerradas, 80 % de la población con ingresos por debajo de la línea de pobreza, aumento de la mortalidad infantil —tenía una tendencia a la baja desde 2002—, aumento de la mortalidad materna —posparto, embarazo, parto y 42 días posteriores—, 300 mil puestos de trabajo registrados perdidos, es decir, 400 puestos por día, familias enteras que quedan a la deriva. Esta obra pasó a ser casi macabra.
Situarnos en cómo empezó y dónde estamos es un recorrido necesario para reconocer que las luces se van apagando en este gobierno; que, evidentemente, los brillos solo eran de utilería. A poco de iniciarse, un brutal ajuste fue el primer golpe; luego comenzaron los despidos a empleados del Estado; después, el endurecimiento de las políticas públicas para jubilados y discapacitados… hasta ahí la sociedad todavía aplaudía el espectáculo. Poco a poco, el escenario se volvió menos luminoso. Sale a escena el retorno del 3 % de ANDIS (Agencia Nacional de Discapacidad), destinado a Karina Milei —que sigue sin aclararse ni juzgarse, pero, por las dudas, disolvieron la ANDIS; tal vez así desaparecía la coima—; después, LIBRA, estafa si las hay; y, como si fuera poco, al vocero presidencial Adorni le descubren propiedades como a quien le salen yuyos en la maceta.
La obra se vuelve muy oscura, ni que hablar de los actores que pasan detrás de escena, como los votos a cambio de embajadas o los asiduos viajes presidenciales a realizar sospechados (ya no tantos) negocios personales.
El público empieza a inquietarse y casi no logra distinguir lo que sucede en el escenario; hay confusión. Pero, como sucede casi siempre, poco a poco las luces se empiezan a encender. El 24 de marzo, las masivas marchas en todo el país dejaron en claro que la sociedad puede estar confundida, con un escenario que no le deja ver claramente a los actores, pero que, más temprano que tarde, en toda obra de teatro se encienden las luces y llega a su fin.
Lo mismo sucedió en los primeros momentos luego del golpe de Estado de 1976: parecía que las Fuerzas Armadas traían el orden y la paz que la sociedad ansiaba. Era lo esperable: durante todo el siglo XX, cada vez que la sociedad se inquietaba por cambios que interpelaban el statu quo, llegaba un golpe. Pero también hay que reconocer que las sociedades van transformándose para resistir y cada vez los avances de las Fuerzas Armadas se volvían más acelerados y violentos.
La vida y muerte de Rodolfo Walsh es un claro ejemplo de cómo la vida de una persona es atravesada por su tiempo histórico. Este 25 de marzo se cumplieron 49 años de su asesinato en manos de las fuerzas represivas del Estado: simbólica reafirmación del poder, a un año de haberlo tomado.
Para hacer un breve recorrido por su vida, lo mejor es tomar sus propias palabras: “Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República.
“Nací en Choele-Choel, que quiere decir ‘corazón de palo’: me ha sido reprochado por varias mujeres. Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que, a partir de ahí, me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba. (…) Tengo una hermana monja y dos hijas laicas. Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo y la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causé es no haber terminado mi profesorado en Letras”.
“Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado… A los dieciséis años dejé el Nacional y entré en una oficina (…) ahora armaba sigilosos acrósticos.
“Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie. ‘Operación Masacre’ me cambió la vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior” (Rodolfo Walsh. Autobiografía).
Rodolfo Walsh se dedicó al género policial, pero todo lo que llevaba letras le atraía: periodista, dramaturgo, traductor, corrector de pruebas, criptógrafo. Nació en 1927; se puede decir que sus cincuenta años de vida fueron atravesados por todas las dictaduras del siglo XX: un claro ejemplo de lo que Sartre expresó en su famosa frase “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. La mejor definición de Walsh la daría David Viñas al llamarlo “artesano de la información”.
En 1956, Walsh recibe información de que hay un sobreviviente del fusilamiento de José León Suárez. Lo interesante que resulta de este encuentro y entrevista es que muestra una cara de la realidad a Walsh que desconocía; él se había alegrado con la caída de Perón: “Cuando se produjo la caída de Perón estuve de acuerdo con el hecho. El primer suceso que me hace pronunciar políticamente es lo que sucede a partir de ‘Operación Masacre’. Allí se me caen un montón de vendas e ilusiones” (entrevista de Ernesto Fossati, Primera Plana, 1972). En principio lo motivaba hacer una buena nota periodística; luego, al ver que se le cerraban las puertas de las redacciones para su publicación, comenzó a investigar más en profundidad. Cuenta Bruno Jacovella, quien por esos días era subdirector del semanario Mayoría, que Walsh se le acerca y le dice: “Tengo esto para publicar; a mí se me pusieron los pelos de punta y digo: ‘Dios, con esto nos fusilan a nosotros también’”. Se lo lleva al hermano y, contrariamente a lo que pensaba Bruno, su hermano lo manda a publicar; lo que se hizo por entregas y fue un boom.
Es claro que Walsh se va transformando a medida que va publicando notas, que va investigando y que va incursionando cada vez más en el género policial, pero fundamentalmente relacionado con la política. Lo acerca a una realidad que lo desborda: “Mi labor en el periodismo me puso en contacto con verdaderos asesinos, verdaderos investigadores, verdaderos torturadores y también con algunos verdaderos héroes” (Revista Sudestada de Colección N.° 10).
Su paso por Prensa Latina, en Cuba, fue un máster en periodismo de agencias de noticias. Jorge Ricardo Masetti fue su gran maestro y de él aprendió lo que siempre repetía: “Hay que ser objetivos, pero no imparciales”.
Entre 1966 y 1967 recorre el litoral argentino: Corrientes, Santa Fe y Misiones. Es allí donde realiza crónicas sobre la vida de hombres y mujeres en situaciones de vida y trabajo que no se mostraban en el periodismo porteño. Otro espacio periodístico que fue forjando el carácter militante de Walsh fue integrar, en 1968, la redacción de la CGT de los Argentinos. Allí encontró el estilo donde combatir y escribir iban de la mano, siempre del lado de los trabajadores y los explotados. También se animó a transitar el oscuro mundo de las mafias y las patotas sindicales, reflejado en su obra ¿Quién mató a Rosendo? Será esta y su investigación sobre el caso Satanowsky dos obras emblemáticas que muestran la trama oculta del poder y su relación con el periodismo y los servicios de inteligencia. Transcurría 1973 y Walsh ya había ganado muchos enemigos en el poder policial. A esta altura ya militaba en el peronismo y se había integrado a Montoneros con el alias de “Esteban”.
Luego del golpe militar del 24 de marzo de 1976, varias de las mejores publicaciones informativas del país debieron cerrar. Walsh idea ANCLA (Agencia de Noticias Clandestinas). Sus compañeros comienzan a caer y Walsh tiene abiertas discrepancias con la conducción de Montoneros: “El error que ellos cometieron fue no comprender, a fines de 1975, la naturaleza del golpe que se avecinaba”, diría por esos días, y comienza un repliegue personal. Sumado a esto, en septiembre de 1976, su hija María Victoria, tras ser cercada por las fuerzas represivas, decide quitarse la vida antes que caer en manos de los torturadores.
Walsh se siente fuertemente golpeado y, ante la gravedad de la situación y el peligro en el que se encuentra, se retira a vivir en San Vicente, en una casita sin luz, agua ni cloacas, pero ve en ella la posibilidad de retomar la vida de campo de su niñez. “Son erróneas las interpretaciones que aseguran que escribió la Carta y se quedó esperando que lo fueran a buscar”, expresaba su compañera Lilia Ferreyra, que compartió con él esos últimos días. “Rodolfo consideraba que tenía una gran urgencia y por eso realizó durante todo un año la recopilación de la información (…) listas de hábeas corpus, muertos anónimos que aparecían en alcantarillas, tiroteos (…) toda una serie de hechos que la prensa presentaba aislados (…) fue el material básico de la carta”.
“El 24 de marzo (de 1977), luego de finalizar la Carta a la Junta y las copias que enviaría al otro día, terminamos de acomodar todo para el asado que íbamos a hacer dos días después (…) Esa noche, después de plantar el almácigo de lechuga, colgamos las cortinas, pusimos flores y salimos al jardín (…) Rodolfo estaba muy contento; abrazados me dijo: ‘Bueno, al fin tenemos nuestra casa, qué linda es’” (entrevista de Oscar González).
Al otro día, Lilia buscaría a la hija de Rodolfo y su esposo para llevarla a la casa, al asado previsto para la inauguración con los vecinos; Rodolfo acudiría a una cita con un compañero: el encuentro estaba cantado. Mientras caminaba por avenida San Juan, casi Combate de los Pozos, fue abordado por un grupo de tareas de la ESMA. Walsh no quería ser llevado vivo: se resistió con un pequeño calibre 22, solo para ser asesinado o, tal vez, como último intento de abrazar la vida o, quién sabe, tal vez para no ser menos heroico que su hija y viajar con ella, a la que tanto había extrañado en los últimos meses.
Sí, la historia se volvía oscura y macabra. Resistir era, tal vez, una forma de no morir en vida. Rodolfo pasó a la inmortalidad el 25 de marzo de 1977, dejando en su escritura pinceladas de una sociedad en la que vivió y los actores sociales, políticos y económicos de una Argentina que se niega a quedar en el olvido.
Verónica López
Lic. en Cs. de la Educ.

