30 marzo, 2026

Cargando clima...

Director Claudio Gastaldi

Cargando clima...

Ir al archivo
Portada / Opinión

Las palabras que el tiempo se llevo y las que quedaron

Una reflexión sobre el peso del lenguaje como marca de época: desde la efervescencia política y cultural de los años 70 hasta los mecanismos actuales de estigmatización. Una recorrida por cómo las palabras no solo nombran la realidad, sino que también la moldean, la disciplinan y, en muchos casos, la condenan.

Germán J. Margaritini

30 marzo, 2026

3:41 pm

Empiezo señalando el sesgo: el único archivo bibliográfico al que recurro es mi memoria. Al respecto, todos sabemos de la plasticidad de ese artefacto: lo modelan los ángeles y demonios que habitan las almas. Que cada uno se haga cargo de los suyos, que es un problema del más acá y no del más allá. La memoria atesora conceptos más que hechos, les da ética a los recuerdos, justifica lo que queremos recordar y deja de lado lo que queremos olvidar.

Los tiempos pueden ser marcados por hechos, por costumbres, por kilos sumados y, también, por las palabras que usamos. No quiero que esto se confunda con un análisis histórico, ya que no explica los fenómenos políticos y sociales que fueron ocurriendo, sino que toma el uso de ciertas expresiones como síntomas de época.

Contextualizo: las fechas que me signaron. Cerré la década del 60, más precisamente en el 69, saliendo de una escuela de barrio sin asfaltar, la Wenceslao Escalante, a la que, para llegar, andábamos mezclados los chicos de guardapolvos blancos con los obreros de la BAHCO, que tiraba herramientas para todo el mundo durante las 24 horas del día. Los ojos de niño alucinaban con el mar de bicicletas colgadas en el enorme patio de entrada a la fábrica. Esa vereda era un río de guardapolvos y mamelucos, de inocencia y trabajo (ayer leí la noticia de que la BAHCO cierra; entre paréntesis, mi homenaje a los niños que querían manejar los tornos de esa planta industrial y que hoy pueden ser algunos del centenar de los nuevos desocupados).

Por esos tiempos, Canal 13 de Santa Fe participaba de los almuerzos y cenas de mi casa. Vimos en la pantalla ovalada del viejo Philips a válvulas las revueltas del Cordobazo, los semáforos doblados del Rosariazo, algún reportaje al Che, al bigotudo Onganía. Estrené la del 70 en la Domingo G. Silva, para la que había que viajar apretujado en colectivo. El mandato era ser perito mercantil, el anhelo paternal de un pronto empleo jerarquizado o una carrera universitaria. El futuro se perfilaba venturoso. No era para menos: la mayoría de nuestros padres eran dependientes o tenían pequeños emprendimientos, muchos sin una formación escolar; que pisáramos una escuela secundaria ya era un logro enorme.

En esa escuela conocí a otros. No es que antes no haya conocido a otros; pasaba que los niños de la escuela primaria éramos más parecidos. Por eso debería escribir con mayúscula: Otros. Otros: del centro, de barrios de la otra punta de la ciudad, practicantes de religiones que no eran la mía (si alguna vez tuve alguna), algunos de familias acomodadas, hijos de profesionales, hijos de empleados. Se me agrandó el mundo.

Descubrí la lectura. Descubrimos la lectura, en soledad y compartida. Me enteré de Marx (un siglo tarde), de Lenin, de Trotsky, de Mao, de Castro, de Guevara, de Mariátegui, de Nipur, de Corto Maltés, de Satiricón, de Humor Registrado, de Hortensia. Era un mundo amplio, que ofrecía alternativas políticas; nos tratábamos de “compañero” o “camarada”, y cada vez que salía alguna de esas palabras era como decirnos “hermanos”.

Descubrí la esperanza: soñábamos. Decíamos “la Patria Grande”. Descubrí la lucha frente a la Municipalidad, pidiendo por el boleto escolar y recibiendo mi primer gomazo de parte de un milico de la montada. Alguno podrá decir que era la adolescencia, puede ser, pero no era solamente la adolescencia: también era la época. Teníamos a mano Cuba, los movimientos de liberación negra en EE. UU., las insurgencias latinoamericanas, el ejemplo del mayo francés, Argelia. Imaginábamos un futuro romántico. Teníamos la avidez por la lectura política; era el centro de las conversaciones.

Al respecto, hubo un artículo del viejo Jacobo Timerman en La Opinión (circa 1974), en el que hablaba de la amplia adhesión de la juventud a la política. Recuerdo vívidamente mi primer día en la Facultad de Medicina, en 1975. Era la “etapa superior” de ese sueño. Quedé deslumbrado por la cantidad de banderas identificatorias de agrupaciones políticas que había en el hall de entrada; me recibían los paños del optimismo, esas ganas de mejorar todo, era un abrazo de bienvenida. El 76 sería el garrotazo y la clausura de todo eso.

Ese fue el primer año en que tuve que cuidarme (y tuvimos que cuidarnos) por el uso del lenguaje. Fue el tiempo de esconder libros y susurrar las ideas; dejamos de vociferar. El lenguaje como síntoma de la represión. Fue cuando ciertas palabras transformaron su significado para ser condenatorias, cuando los sustantivos se transformaron en adjetivos. La calificación de “guerrillero” se extendió a todo aquel que osaba cuestionar; cualquiera que decidía analizar o criticar era sospechado de “subversivo”.

La conversación en aquella sociedad se transformó en bisbiseo. Cuando la conversación no es fluida hay palabras que se saltean, hay pensamientos resumidos; todo se convierte en sospechoso. Entonces, decir “compañero” sonaba incriminatorio, ni que hablar si se decía “camarada”. Todo aquel que hablara de política podría ser un subversivo o estar en una actividad “clandestina”; el manto de la duda estaba instalado. Por eso, el éxito del “algo habrán hecho”.

Es pertinente aclarar algo. El lenguaje no es solo una manera de expresarse; es, también, una manera de crear pensamiento. Esto no es mío. Notables lingüistas se han ocupado del asunto. La palabra es una herramienta imprescindible para desarrollar ideas; cuando esas herramientas faltan, vamos perdiendo pensamientos.

Hay estudios que demuestran que la cantidad de palabras que usábamos los jóvenes en la década del 70 (en todo el mundo) era muchísima mayor que la que usan los jóvenes de hoy. Nos han ido quitando herramientas para pensar. No solamente eso: han reemplazado nuestras palabras. Así, cualquiera sabe qué es un “flyer” y nadie qué es un “volante”. Mismo ejemplo para “tool” y “herramienta”. Sobre esto podrán dar testimonio quienes hablen dos o más idiomas: se piensa diferente en idiomas diferentes. Los colonizadores lo supieron siempre; por eso impusieron sus lenguas.

Pero el lenguaje tiene, además, diferentes intensidades. Hay un lenguaje que tiene más peso: el que se ejerce desde la posición de privilegio. Se convierte en el lenguaje dominante. El lenguaje de las resistencias no tiene vías de difusión masivas y, por característica esencial, es fragmentado. La gran novedad de la IA es que viene a imponer una nueva modalidad de lenguaje. La palabra dominante se emite por parlantes que llegan a todos los oídos (siempre tiene un camino) y se asegura que todos entiendan el mensaje, que, por su propia naturaleza dominadora, es simplificado y contundente. Ejerce la supremacía sobre los otros.

Esta es la simple explicación por la cual han predominado ciertas palabras de aquella lejana época de los 70. No se pronuncian de la misma manera, pero están sus equivalentes. Hay “argentinos de bien” que tienen todas las oportunidades para estirar la manta de las sospechas sobre aquellos que son críticos; entonces, son “zurdos chorros”.

Hay una historia muy antigua sobre el uso de las palabras; se podría armar un diccionario interminable: “infieles”, “herejes”, “judíos” […], “guerrilleros”, “subversivos” […], “comunistas”, “kukas” […]. Ese tipo de tergiversación de las palabras costó vidas, muchas.

Temas relacionados

Deja el primer comentario

¡Ponete en contacto!

Escribe aquí abajo lo que desees buscar
luego presiona el botón "buscar"
O bien prueba
Buscar en el archivo