El “Narco” pareciera asumir la figura fantasiosa de una organización invisible, capaz de manejar un negocio gigante que oferta diversidad de productos y que pudiera ocultar con suma eficiencia el proceso complejo de producción, almacenamiento, logística, administración y gozar de las abultadas ganancias sin que ningún ente fiscal lo detecte. Algo así como el mal absoluto, no solamente porque sea malo, sino porque, además, puede hacer todo a espaldas de la sociedad y de los sistemas de control.
No soy especialista en el tema. Para tener una idea un poco más clara al respecto sugiero la lectura de las publicaciones del periodista rosarino Carlos del Frade, quien desde hace unas cuatro décadas viene ocupándose del asunto. Al respecto, voy a decir solamente que esa alucinación del gran “Narco” es ficción y que en esa organización participan múltiples individuos compartiendo la misma trama social con el resto que los ignoran o no los notan.
Empiezo con las preguntas: ¿nuestros pibes son más sagaces que la policía para descubrir las bocas de expendio de drogas antes que ellos?
En nombre del federalismo han implementado la ley de narcomenudeo, hace ya más de una década. Estamos en tiempo suficiente para hacer una evaluación de los resultados: ¿ha disminuido la circulación de drogas o ha aumentado la oferta? ¿a quién beneficia la ley? A la primera, puedo intuir que la respuesta es no: hay más oferta en cuanto a variedad de sustancias, por ejemplo. En cuanto a la segunda, la necesidad de renovación constante del último eslabón de la cadena de comercialización (es el que va en cana), aumenta el costo del producto, ergo, mayor ganancia.
Como efecto secundario, tanta tinta usada en detenciones a mandaderos y perejiles no deja espacio para el análisis de los problemas centrales. Ni que hablar de la cantidad de expedientes generados en tribunales que no pueden resolverse prontamente y entorpecen la eficiencia de la investigación judicial.
Me interesa mucho más entrar en el otro gran actor: la víctima. Las víctimas, los enfermos. No voy a aburrir con datos estadísticos. Para los que quieran consultar doy como fuentes confiables: la Encuesta Nacional sobre Consumos y Prácticas de Cuidado (realizada por el INDEC, la última fue en 2022, luego pasó a estado de hibernación) y algunas encuestas posteriores realizadas por SEDRONAR (también en hibernación). De paso tiro otra pregunta: ¿hay algún interés para que desde el gobierno deje de investigarse el estado de situación de consumos problemáticos?
El aumento del consumo de sustancias adictivas es notorio, todos lo percibimos. No debe haber familia en la que no haya, al menos un integrante, del entorno próximo o cercano, que padezca el problema. Y no estoy exagerando. El consumo de alcohol, socialmente aceptado, está considerado como el primer escalón de las adicciones y más del 60 % de la población, según los estudios, lo utiliza. Alrededor del 15% de la población ha consumido marihuana y el 5% se adentró en la cocaína. Nuestros pibes pobres no tienen recursos para alcanzarla, la reemplazan por pasta base o crack (el residuo de la coca). Se sabe que, aproximadamente, el 12% de los que consumen tienen curiosidad por probar otras sustancias, pero que solamente el 6% de los consumidores reconocen preocupación por su modo de hacerlo. El 32% de las personas encuestadas considera que en su barrio es un problema grave, pero esa percepción es mayor (43%) en hogares pobres.
Algunos mueren. ¿Cuántos como consecuencia del consumo de sustancias adictivas? No lo sabemos. Es probable que sea una condición muy ligada a los suicidios (no lo puedo decir con certeza, pura suposición mía).
No nos hagamos los distraídos: cada uno de nosotros estamos vinculados, directa o indirectamente, a algún joven que padece el problema.
¿Qué es la coadicción o codependencia? Es una especie de mecanismo de defensa del que convive con el adicto. Entra en juego el efecto de la condena social (¿alguien escuchó decir “falopero de mierda”?), la persona que cohabita lo protege del escarnio y oculta la condición. Actúa en sinergia con el adicto y afecta su propia salud mental. El patrón más común es la negación: para sí mismo y para los demás. Paga un alto precio emocional. Es decir: la víctima del consumo también arrastra a su entorno íntimo. El costo no es individual, es familiar, con lo que el porcentaje de población afectada por el consumo se ensancha.
Para que los adictos lleguen a los titulares deben reunir alguno de dos requisitos: 1) estar muertos o, 2) cumplir alguna función relevante y/o ser un famoso. Tómese por caso la reciente muerte del anestesiólogo de CABA para ejemplificar que, como si la muerte no fuera suficiente tragedia, se le quita la condición de sufriente al suponerlo perteneciente a un estrato superior (médico con una aparente brillante carrera).
¿Es un síntoma de época? En caso que la respuesta sea afirmativa: ¿qué impulsa a nuestros jóvenes al consumo peligroso?; ¿qué les está faltando?; ¿qué les afecta tanto?; ¿la dificultad para proyectarse al futuro?; ¿la ausencia de novedades?
Hace bastante escribí lo siguiente:
Algo sobre la no-historia. Quien escribe una historia decide un curso despreciando otras historias. Ricardo Piglia, en su cuento El Jugador, escribe con total desparpajo: «Lázaro nunca le perdonó a Cristo que lo haya vuelto a la vida». Nunca nos enteraremos, pero tampoco nunca se nos ocurrió preguntar por la suerte de Lázaro. Tan simple, tan obvio y tan desapercibido. No hay revisionismos posibles para la desdicha de Lázaro. Tampoco para tantos que están sepultados en las historias no contadas. No hay imaginación que pueda contar la cantidad de bibliotecas que no existen por las historias no contadas. Tan simple, tan obvio y tan desapercibido: eso es la no-historia.[1]
Creo que ese párrafo bien puede aplicar para las noticias dedicadas a la droga. Hay enormidad de diarios y revistas no escritos, estantes vacíos en bibliotecas, que no se dedican a la problemática de las adicciones tomando como figura central al adicto.
[1] Margaritini, Germán José. Masonería en Concordia: una ventana a la historia de la ciudad. Casa Fornés, 2023.


