Hay que tener en cuenta que el regreso de Trump a Davos convirtió el entusiasmo en fastidio entre los demás asistentes.
El papel sobresaliente de esa convocatoria fue el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, quien convocó a la resistencia contra la polÃtica de saqueo de EE. UU. y su voraz apetito por la riqueza y las tierras de otros paÃses, ignorando el concepto de soberanÃa que gozan cada uno de los paÃses de acuerdo al Derecho Internacional Público.
El canadiense fue aplaudido de pie por la concurrencia, y más aún cuando expresó: «Hay un sistema de rivalidad creciente donde los más poderosos persiguen solo sus intereses usando la integración económica como coerción».
Por su parte, la inefable presidenta de la Unión Europea, Úrsula von der Leyen, expresó que «las nostalgias no traerán de vuelta al viejo orden» (pero si fue ese orden el que provocó el derrumbe de Europa). El que pretendió sacar pecho fue el pusilánime de Emanuel Macron, quien recién ahora criticó el genocidio de Gaza, al condenar la presentación sobre «la Gaza del futuro», presentada por el yerno de Trump, Jared Kushner (que tiene vÃnculos con el Mossad), olvidando que la paz no es una operación inmobiliaria. Porque no se puede construir estabilidad sobre la eliminación de la historia y la fÃsica de un pueblo, y la privatización de su tragedia.
Otro de los principales oradores fue el CEO de BlackRock, quien dio la bienvenida a Trump antes de que este se lanzara a un discurso delirante, cargado de racismo, mendacidades, amenazas y otras diatribas. Algunos suspiraron con alivio cuando aseguró que no usarÃa la fuerza militar para tomar Groenlandia. Sin embargo, la consternación fue mayor cuando el «orangután naranja» afirmó que «a veces es necesario un dictador» (?). Peor aún cuando derivó a un racismo explÃcito, describiendo a los somalÃes como gente de «bajo coeficiente intelectual» (?).
Para demostrar que Dios y el dinero sà se pueden mezclar, se habilitó una pequeña iglesia convertida en «USA House», para que polÃticos y empresarios de EE. UU. den conferencias de prensa. Demostrando que el dinero no es lo que más importa en el mundo, tanto Microsoft como la empresa de criptomonedas Ripple pagaron hasta un millón de dólares para hacer uso del lugar.
Luego de un discurso de una hora y media de Trump, la sala literalmente se vació. Quien dio un discurso fue Javier Milei, calificado de «divagante» por el Financial Times, describiendo a EE. UU. como un faro de luz para Occidente, en una suerte de servilismo sin dignidad. Lo más triste es que en una escena absurda, rayana en el cipayismo, Javier Milei le ofreció a Donald Trump el Puerto de Ushuaia como moneda de cambio (?) para integrar una supuesta Junta de Paz sobre Gaza. O sea, que «Javo» le ofrece a Donald un puerto argentino para que nuestro paÃs sea aceptado como miembro permanente de esa Junta de Paz. Es decir, que este hecho representa la conversión de soberanÃa en mercancÃa, del Estado en empresa al servicio de intereses ajenos a su pueblo.
Por eso habÃa intervenido el puerto para que el Gobernador no se opusiera. Pero lo de Milei no solo es servilismo. Su apuesta es alinearse con el bloque Atlántico, liderado por su patrón, EE. UU., en un contexto mundial de múltiples crisis y conflictos abiertos. Y que responde a una racionalidad neoliberal: subastar recursos naturales a cambio de inserción simbólica en los cÃrculos de poder global. Esto es una figuración de poder fatuo. Este punto, el Puerto de Ushuaia, es un enclave fundamental para el control del Atlántico Sur y una referencia a la resistencia ante la usurpación británica de nuestras Malvinas.
Pero, ¿qué le vamos a hablar de nacionalismo patrio a un presidente que ha transformado a nuestro paÃs en una nación en liquidación, en una tragedia geopolÃtica, donde él es un actor de cuarta categorÃa que goza de la figuración de un estadista que se autoproclama único por un complejo de superioridad nacido de uno de inferioridad?

