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El capitalismo, en su hora más crítica, se muestra como la sociedad de la impudicia
El capitalismo contemporáneo ha dejado atrás todo pudor: la desigualdad exhibida como mérito, la impunidad convertida en norma y la degradación humana transformada en mercancía simbólica. Una reflexión histórica y política sobre la naturalización del despojo y la urgencia de reinstalar lo humano como horizonte de lucha.

Desde una perspectiva crítica, el primer gran gesto impúdico es la apropiación privada del producto del trabajo. El capitalismo no solo roba valor, roba también sentido. El fetichismo de la mercancía, analizado con rigor, no es una ilusión óptica sino una operación semántica. Las relaciones entre personas aparecen como relaciones entre las cosas, y las cosas adquieren una vida social autónoma que encubre la explotación que las produce. La impudicia consiste en que este encubrimiento ya no necesita ocultarse. La obscenidad del capital ni es secreta, es pública, cuantificable, celebrada en lugares de riqueza extrema que conviven obscenamente con masas empobrecidas. La desigualdad ya no se justifica con pudor, se exhibe como mérito. La semántica dominante convierte el robo estructural en éxito individual y el fracaso social en culpa personal.
La que es definida como la sociedad de la impudicia no es por un accidente moral, ni una suma de errores individuales, sino por una formación económica e histórica concreta. Es una estructura de sentido producida y reproducida por las relaciones sociales de dominación extremadamente humillantes. En ella, la impudicia no es solamente obscenidad visible, sino un régimen semiótico que naturaliza el despojo, naturaliza la desigualdad y convierte la degradación humana en mercancía simbólica de consumo cotidiano. Su núcleo no es el exceso, sino la impunidad, la posibilidad de robar el producto del trabajo ajeno, de vaciar de contenido la dignidad humana y de hacerlo a plena luz del día sin vergüenza alguna. Incluso con aplauso mediático, como está pasando en el Congreso Nacional con la arremetida contra los derechos de los trabajadores disfrazada de una “modernización” de las leyes para satisfacción de la clase empresaria que extrañaba los privilegios que les concedía la dictadura.
En este contexto, la ideología burguesa opera como una maquinaria de banalización. No se limita a mentir, relativiza la acción. Vacía las palabras de su densidad histórica y ética para reutilizarlas como eslogan. Libertad se reduce a capacidad de consumo; democracia, a un procedimiento electoral sin poder popular compartido; los derechos pasan a ser favores administrados por el mercado.
La complicidad de la grosería mediática, la simplificación agresiva y la dramaturgia del espectáculo político son dispositivos de control simbólicos. Se observa que en este capitalismo impío y obsceno la vulgaridad cumple una función disciplinaria. Al imponer un horizonte cultural donde todo es intercambiable y rápido, se obnubila la capacidad de indignación. La impudicia se vuelve norma y lo escandaloso no pasa sino a ser un simple desliz, y si es grave, solucionado por una Justicia disciplinando jueces y fiscales para no ruborizar al poder. Y si no, que alguien le pregunte al juez por qué se tuvo que correr del hecho más escandaloso de corrupción de este gobierno, que va a ser “pisado” por un juez que aspiraba a ser cortesano de Milei y tuvo que retroceder.
La industria cultural desempeña un papel principal en este capitalismo para ignorantes, no como simple aparato de entretenimiento, sino como fábrica de subjetividades adaptadas. El dolor ajeno se considera “contenido”, la miseria en formato, la violencia en rating. Hay una obscenidad específica en la repetición serial del sufrimiento sin contexto ni horizonte transformador. La sociedad “caníbal” no tiene tiempo para pensar. Los signos que antes denunciaban la injusticia, ahora resultan “exagerados”. Esta forma de impudicia no solo explota cuerpos, explota emociones. Extrae plusvalor afectivo y lo devuelve como anestesia.
Ahora bien, desde un humanismo, si se quiere riguroso: ¿tanto la humanidad como nosotros merecemos haber caído tan bajo? La pregunta no es moralista ni metafísica: es histórica y política. No se trata de condenar en forma abstracta al “ser humano”, sino de una crítica a las condiciones que degradan lo humano. Nadie nace impúdico en este sentido estructural. La impudicia es aprendida, incentivada, premiada en algunos gobiernos. Es el resultado de un orden social que separa ética y política, verdad y poder, conocimiento y responsabilidad.
Un análisis profundo muestra que la sociedad de la impudicia funciona mediante redundancia: repite hasta el cansancio los mismos signos de éxito, poder y normalidad. Estamos frente a un sistema universal que ha perdido toda vergüenza porque ha concentrado todo el poder. Combatirla no es un acto moral de nostalgia, sino una necesidad histórica. Allí donde el robo se presenta como ley, la vulgaridad como cultura y el desenfado como virtud, hay que reinstalar lo “humano”, no como abstracción, sino como horizonte de lucha concreta. La impunidad no es una falla del sistema, es su condición de “posibilidad”. Jurídicamente blindado, mediáticamente legitimado y simbólicamente naturalizado, el capital actúa como un sujeto irresponsable absoluto.
Aquí la impunidad y la injusticia se automatizan, se gestionan, se planifican y se optimizan sin rubor. Así, en estas condiciones debemos reconocer que todos los políticos nacen honestos, pero muchos, con el tiempo, han logrado subsanar esa dificultad.
Fuente: con información de Rebelión / Infonativa

1 comentario
Julieta
Muy bueno y la IMPUDICIA, de frente, en la cara de los 47 millones de Argentinos, deslealtad, deshonor corrupción antipatriotismo, empobrecimiento, entrega de recursos, robo. Y el poder judicial, y políticos opositores, que, esperan nuevamente que el pueblo cargue muertos, y el sistema estatal mira por televisión. O no hay suficientes pruebas, de esta gran impunidad, con ejes en parte del periodismo y poder judicial y legislativo. Que hacen.