El índice de pobreza se construye comparando los ingresos de los hogares con el valor de una canasta básica. Es una metodología extendida y técnicamente consistente, pero tiene una limitación central: mide ingresos monetarios, no la calidad de esos ingresos ni la estabilidad de las condiciones de vida.
Y ahí aparece el problema.
Hoy, en la Argentina, los ingresos de los hogares ya no provienen mayoritariamente del trabajo estable. Se construyen, cada vez más, a partir de una combinación de fuentes: salarios formales e informales, transferencias del Estado como la AUH, ingresos por trabajos precarios o de plataformas (como Uber o repartos) y múltiples estrategias de supervivencia.
Desde el punto de vista estadístico, todos esos ingresos suman. Pero, desde el punto de vista social, no son equivalentes.
Un hogar puede superar la línea de pobreza porque logra “armar” ingresos combinando asistencia estatal, más horas de trabajo y actividades inestables. En la medición, deja de ser pobre. En la vida real, sigue atrapado en una situación de vulnerabilidad permanente.
La metodología no distingue entre un ingreso estable y uno precario, ni entre una mejora real y una forma de sostenerse en condiciones cada vez más frágiles. Tampoco capta el costo humano de ese ingreso: más horas trabajadas, múltiples ocupaciones, desgaste físico y dependencia creciente de transferencias.
A esto se suma otro problema: la canasta con la que se mide la pobreza no refleja adecuadamente el costo real de vida. Mientras los servicios, el transporte o el alquiler aumentan con fuerza, el indicador sigue anclado en una estructura de consumo que no acompaña esos cambios. El resultado es un indicador que puede mostrar mejoras incluso cuando la vida cotidiana se vuelve más difícil, más inestable y más precaria.
Por eso, presentar la baja de la pobreza como evidencia de una mejora generalizada no solo es una simplificación: es una lectura que desconoce la profundidad del deterioro social que atraviesa gran parte de la población.
La pobreza no es solo una línea estadística. Es la posibilidad real de vivir con dignidad. Y cuando cada vez más personas trabajan más, ganan menos en términos reales, se endeudan para subsistir y ven deteriorarse sus condiciones de vida, el problema no es cómo se mide la pobreza. El problema es la realidad que esa medición no alcanza a mostrar.
(*) Roberto Schunk es contador público y docente universitario. Fue ministro de Producción de Entre Ríos entre 2011 y 2015. Se dedica a la investigación y la docencia en la Universidad Nacional de Entre Ríos (Facultad de Trabajo Social y Facultad de Ciencias de la Educación) y en la Universidad Nacional del Litoral (Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales). Su trabajo académico se centra en economía y políticas públicas provinciales.


