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La crisis existencial de Irán
En el corazón de la antigua Persia, hoy en Irán, se libra desde el punto geopolítico una batalla silenciosa con algoritmos, sanciones y narrativas diseñadas para sofocar y desestabilizar una nación. La suspensión de la posibilidad de acceder a Internet por parte de la población iraní no es la de ocultamiento de la rebelión intestina provocada por deficiencias del Presidente de turno y de su gobierno, y de las operaciones de "falsa bandera" que operan tanto de la CIA como del Mossad israelí. Por supuesto, no está mal visto que la mitad de la humanidad dependa de seis empresas de EEUU que gobiernan la información, dejando trascender lo que a ellas y las élites dominantes les interesa que se sepa. Pero cuando Irán gestiona el flujo digital durante un apagón de Internet de semanas, Occidente lo tacha de censura totalitaria. Lo que para Teherán es una pausa de supervivencia, para Washington es prueba de tiranía.

En las calles de Teherán, Isfahán y Mashad, el eco de las protestas y los disparos que han surgido desde finales de 2025 no resuena como una protesta contra los pilares de la Revolución Islámica, y menos contra su líder, el Ayatolá Jomeiní, sino como un rechazo directo y enfocado a políticas económicas específicas percibidas como de corte neoliberal, principalmente el presupuesto nacional vetado en diciembre de 2025 que recortaba subsidios históricos y aumentaba impuestos indirectos. Es un clamor de justicia económica en medio de un temporal desde fuera, pero con un detonante adentro. La inflación que devora el salario, la devaluación del rial y la escasez de medicina se exacerban ante lo que gran parte de la población ve como una capitulación del gobierno electo a recetas neoliberales de austeridad.
Pero lo que hay que analizar, más allá de la simplificación mediática intencional de Occidente, son los sectores más sangrantes que sufren el embargo inhumano de EEUU por un lado y, por el otro, la compleja red de alianzas internas y con la colaboración de China y Rusia, tejen un «colchón» de resistencia, mientras las protestas se centran en un desacuerdo de política económica y no en el cuestionamiento del sistema.
Lo que ignora la mayor parte del mundo es que Occidente, con EEUU a la cabeza, ha tejido una red de sanciones que trasciende lo financiero para convertirse en coerción política total. No solo se congelan activos por más de US$ 100.000 millones de dólares, para asfixiar a la economía, como hicieron con Venezuela, a su nivel más básico. Estas medidas fueron impuestas en 2018 y escalaron en 2025, que se disfrazan con la no proliferación nuclear. En la práctica, constituyen una guerra geopolítica y económica no declarada, y una violación flagrante de principios humanitarios, que lejos de debilitar al establishment, alimentan su narrativa antimperialista. Como dijo el Relator de la ONU, estas sanciones equivalen a un «castigo colectivo». Generan un fenómeno de «sobrecumplimiento» bancario que bloquea transacciones permitidas para alimentos y medicinas. En un mundo donde EEUU estrecha la mano de regímenes en Arabia Saudita, donde no hay elecciones, o en El Cairo, Egipto, el caso de Irán muestra un orden internacional muy sesgado. Y uno se pregunta: ¿De dónde proviene la legitimación para que un país como EEUU pueda sancionar a otro que no responda a sus intereses?
Lo que la gente no sabe es que la economía iraní, dependiente en un 50% de los hidrocarburos, ha sido golpeada por sanciones en una escalada destructiva en las últimas dos décadas. Luego del derrocamiento del Sha de Persia (impuesto por EEUU tras un golpe de Estado) en 1979, Washington congeló US$ 12.000 millones de dólares. Entre 2006 y 2015, junto con la UE, sumaron otros US$ 50.000 y 70.000 millones más. La reimposición de sanciones en 2018 sumaron US$ 40.000 millones más. Pero eso no es nada. En 2025, con Trump, se agregaron US$ 40.000 millones. ¿Qué país puede resistir a ese ahogo financiero? Los sectores más castigados constituyen un mapa de la devastación estratégica. El sector energético ha visto cómo sus exportaciones de crudo caían de 2,5 millones de barriles diarios en 2011 a poco más de 1,25 millones en 2025. El sector financiero vive una asfixia paralela. La designación del Banco Central de Irán como entidad terrorista (?) en 2019 ha resultado en el congelamiento de entre US$ 100.000 millones de dólares en activos (depósitos) en el extranjero (lo mismo que le hicieron los europeos a Rusia). Esto ha elevado el costo de las transacciones internacionales y ha provocado una depreciación del rial cercana al 500% desde 2018, alimentando una inflación proyectada en el 60% durante 2026. Sectores como la construcción, la minería y la agricultura no escapan a ese colapso. Es en este contexto externo de asfixia donde las decisiones económicas internas adquieren una dimensión explosiva.
Las protestas de finales de 2025, que llevaron al cierre masivo del Gran Bazar de Teherán y de ciudades clave en el interior, tuvieron un catalizador inmediato y concreto: el rechazo al Presupuesto Nacional propuesto para 2026, un documento que muchos analistas y actores económicos internos calificaron de neoliberal por sus políticas de ajustes. Dicho presupuesto, negociado bajo la presión inmensa de la crisis fiscal agravada por las sanciones occidentales, más un ajuste interno, proponía reducciones significativas a la política de subsidios a la energía y a los alimentos, pilares del contrato social revolucionario, junto con aumentos a los impuestos al consumo (IVA) y a las transacciones financieras, y un ajuste de salario por debajo de la inflación. Por eso, las manifestaciones populares no apuntaban al líder supremo, el Ayatolá, sino al gobierno del presidente Pezzeshkian y a su gabinete económico, acusándolo de implementar las políticas neoliberales del FMI bajo otro nombre. La ira era una reacción lógica por el descenso de calidad de vida, y no una insurrección existencial. Esta crisis no es solo la implementación de políticas erráticas del presidente y su gabinete, como así también la consecuencia calculada de una campaña política de desestabilización que luego aprovecha Israel, junto a EEUU, que ha llevado a cabo ataques cibernéticos y sabotajes a través de la CIA y del Mossad. EEUU utiliza las sanciones con el fin de detener el programa nuclear de Irán. Pero el efecto real es también de perpetuar un conflicto militar que beneficie al CIM (Complejo Industrial Militar) de USA.
La hipocresía es descarnada. Washington condena el programa nuclear iraní, sometido a inspecciones rigurosas, mientras hace la vista gorda ante el arsenal nuclear israelí no declarado y firma mega contratos de armamentos con un gobierno dictatorial como lo es Arabia Saudita. En medio de esta tormenta surge un fenómeno crucial: la solidez de las relaciones entre los grandes comerciantes, el líder Alí Jameini y los objetivos de la Revolución. Esta es una alianza histórica iniciada en 1979 con la caída del Sha. Frente al aislamiento, Irán salió en busca de aliados más favorables, que, deseosos de contar con su petróleo y riqueza minera, giraron hacia el Este y arreglaron con China nada menos, un acuerdo estratégico militar por 25 años. China lleva invertido en Irán más de US$ 5.000 millones de dólares y ya compra más de un millón de barriles de petróleo diarios.
Eso es lo que EEUU e Israel quieren destruir. Pero también Rusia tiene un acuerdo con Irán, con un comercio bilateral que planea duplicarse mediante el uso de monedas locales y el desarrollo del Corredor Internacional Norte-Sur. En materia militar, la práctica de ejercicios conjuntos y la transferencia de tecnología fortalecen la capacidad de disuasión. Unidos a los BRICS, Teherán, Moscú y Beijing presentan un frente común capaz de enfrentar cualquier forma de intimidación de un imperio en decadencia inevitable, que pretende, con los últimos estertores, arrastrar a la humanidad a un caos para disimular su propia debilidad actual.
