Compartir
La élite criminal está enterrando la verdad expuesta en los archivos Epstein (2da Parte)
"Se sacrificará a un puñado de figuras para proteger a un grupo más amplio que cree que las reglas no se aplican a la verdadera élite gobernante"

Todo el fárrago de horrores que el Departamento de Justicia de EE.UU. develó acerca de los crímenes cometidos en la isla de Epstein, ninguno parece más abyecto que el desmembramiento de bebés para posterior banquete caníbal de los asesinos. Y eso que en materia de degradación civilizatoria no han dejado delito por perpetrar. Existe un antecedente citado por Jonathan Swift en Una modesta propuesta (1723), donde propone que los ricos compren los bebés de los pobres para comer carne de “recién nacidos”, tan suave y deliciosa. Pero los libertarios son literales y no entienden que es una metáfora ni la ironía; solo comprenden y practican la violencia impune.
Hay que decir que la documentación publicada de manera oficial es parcial y está censurada. Salvo el nombre de ciertas víctimas, claro. Largas bandas negras impresas ocultan la identificación de los criminales, ocultan las pruebas de abusos sexuales sobre menores muy menores, así como las imágenes y videos de las torturas y de las ejecuciones. Como si quisiesen relamerse con las vistas de dolor en muertes de agonía, solo para gozar una y otra vez, siempre, en el eterno placer de los torturadores al disfrutar la barbarie. Como le dijo un invitado de élite a Epstein: “Me encantó el video de la tortura”. Textual. Desde el más oscuro jirón del infierno, Epstein nos dice “que no estuvo solo”. Y tiene razón. Así como en La lista de Schindler se encuentran los que pudieron escapar del aniquilamiento nazi, la “lista de Epstein” es la nómina de quienes destrozaron vidas para siempre.
Cuando Hannah Arendt cubrió el juicio de Eichmann en 1962, determinó que ese criminal no era psicótico, sino un ser ordinario, frustrado, burócrata. Apenas un “especialista” en masacrar personas a gran escala. Así nace el concepto de “la banalidad del mal”. En la isla de Epstein encontramos personas sobresalientes, empresarias, realizadas al fin. ¿Son sicóticos? Quizá “financistas” del mal excepcional. Transfiguración y continuidad del fascismo. Pero no hay que detenerse en la caracterización de Epstein y sus “amigos”, porque lo importante es la violación de cualquier ética, moral y norma por personas que no podían ignorar lo que hacían y que lo realizaron como un comportamiento social. Es más: lo que hicieron, lo hicieron porque sabían que “eso” estaba prohibido por los dioses y por las leyes. Lo hicieron para estar por encima de los dioses y de las leyes. Es la construcción y ejercicio de poder simbólico, que no es el menor de los poderes.
Los nativos de las islas Vírgenes tienen ritos tribales, pero no trafican menores con tribus vecinas, no violan ni practican asesinatos rituales; además, se atienen a las normas que fundamentan el propio poder. Incluso los jefes tribales deben respetar la ley o ya no son dignos de conducir. El grupo social que comete esas barbaridades es occidental, dicen que “civilizado”, y a eso lo llaman “fun”, que quiere decir diversión en inglés.
Un respetable banquero estrangula a una niña después de violarla. El príncipe de York, Andrés de Mountbatten-Windsor, con largo historial de violín, tortura a otra menor después de vejarla y luego ordena que le den muerte. Sin embargo, la princesa de York dice que quiere casarse con Epstein. Luego, una británica experta en biotecnología le propuso a Epstein tener un hijo juntos. Otro secretario de EE.UU. deja embarazada a una niña de once años. Ni hablar de grandes empresarios para quienes unas noches con Epstein son una marca de gran nivel. “Pertenecer tiene sus privilegios, ¿no?”. O sea, ser Satanás por unos días. Y después compartir el souvenir de fotos y videos para comentar con los amigos y preparar la próxima reunión. Los pederastas del poder son una “gran familia”. Y un comportamiento social de la más alta clase dominante. Allí encontramos a los más grandes apellidos de la “revolución digital”. El pro-nazi Elon Musk solicitó ser invitado a la fiesta más “loca”, aunque ahora aparezca como un moralista. Bill Gates aparece más comprometido. También aparecen contactos de Epstein con el fascista Peter Thiel, dueño del sistema de espionaje Palantir; Reid Hoffman, del MIT Media Lab; Larry Page y Sergey Brin, fundadores de Google; Mark Zuckerberg, el “ángel” de Meta (Facebook, WhatsApp, Instagram); Jeff Bezos (cuarta fortuna del mundo), de Amazon, y siguen las firmas. Esas personas no podían ignorar lo que hacía Epstein.
En los contactos de Epstein abundan los contactos políticos: monarcas orientales, premiers israelíes como Barak y Netanyahu; presidentes como Bill Clinton, Bush (H), Donald Trump durante años; Pastrana, de Colombia; dirigentes europeos como Tony Blair y Mandelson, que tuvo que renunciar; príncipes y princesas herederas de tronos escandinavos que participaron en las fiestas o le recomiendan la prole real a Epstein para acreditarles “un fin de semana de sexo salvaje”. Textual. Una Rothschild agradece al anfitrión la “caza” realizada en la isla St. James. Es que la isla de Epstein es un must-have, “un debes tener”, siempre para poder ser. Para sentirse poderoso de verdad. Ser un violador impune es ser algo que ningún mortal puede tener. Después de todo, ¿eso era jugar a ser una divinidad?
Este juego de Diablo y Dios no es nuevo. Está en la literatura desde hace tiempo, en particular con el Fausto de Goethe, cuando un sabio pacta con el diablo entregar el alma a cambio de la juventud. En el caso de Epstein, lo que entrega es el cuerpo y alma de otras y otros, a cambio de la vida eterna. Epstein se percibió como un creador, un artesano, un demiurgo del nuevo orden. Pero cuidado: “Quien quiera imitar al ángel —decía Blaise Pascal— termina por hacer de bestia”.
Les decía a las adolescentes: “Si hablas, te mataré y mataré a tus padres”. Y a veces lo hicieron. Hubo jóvenes que nunca volvieron. Hubo suicidios inexplicables, sospechosas caídas de balcones, desapariciones en México. Incluso asesinatos de agentes del FBI. No los violaron, pero se los comieron.
Todo para decir que los mayores referentes de la clase dominante de Occidente adoptan conductas que los distingan de los demás, incluso de los menos afortunados. Tener una cuenta offshore es apenas el carnet de socio de los que detestan al Bien. Aparecer como un “exiliado fiscal” otorga “lustre” de la evasión impositiva y es considerado un acto heroico (Milei dixit). Pero todo eso, ya de por sí criminal, es poca cosa comparado con el “producto” que ofrece Jeffrey Epstein. Es todo lo demás y la divina opción del goce oscuro de violar, torturar, matar a menores de edad y no tener que pagar las consecuencias de los actos. ¿Qué da más poder? ¿Ser una rata o ser una rata que se cree Dios?
Sobre las menores esclavizadas, Epstein sostenía que algunas son como camarones: “Le sacás la cabeza y te quedás con el cuerpo”. (Textual). “Mi mano —decía— llega hasta la impunidad, que es la inmortalidad que tengo a mano”. Cuanto más aberrantes los crímenes, más sólida es la hermandad de los asesinos. Tomar vidas ajenas de cualquier forma y manera ha sido la costumbre y la potencia de Occidente. Solo basta asomarse a la verdadera historia de la humanidad.
