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La horda primitiva
“Extraño la época en la que Estados Unidos daba golpes de Estado pero lo negaba porque le daba vergüenza” (Daniel Paz y Rudy, humor gráfico de tapa, Página/12, 04/01/26)

En la foto: Ilustración de Gerald Scarfe para la película The Wall de Alan Parker
El padre de la horda primitiva, terrible y atroz, somete sexualmente a todas las mujeres y sojuzga a sus hijos a través del terror y la arbitrariedad. Es el único que puede gozar de todos los bienes de los que se apropia con violencia. No se los permite a sus hijos. Los desobedientes son asesinados o expulsados. Su voluntad y poder, su capricho, es ley. Los hijos finalmente se asocian para matarlo. Lo devoran en un rito caníbal para incorporar su fuerza. Surge la culpa y la prohibición. Y la ley como pacto. Nadie podrá ocupar el lugar del Padre muerto. Nadie podrá hacerse dueño de las mujeres, que deben pertenecer a otro clan. Nace la exogamia. Se establece la prohibición del incesto y el parricidio, el mandamiento de no matar. Nace la ley y la cultura por la cual el ser humano se eleva de su naturaleza instintiva y vive bajo el imperio de la ley. Es el mito que Freud toma de Darwin para dar cuenta del origen de las sociedades humanas.
El ataque a Venezuela, el secuestro de Nicolás Maduro y la determinación de Trump de apoderarse de sus riquezas por la fuerza tienen la dimensión de la horda primitiva, del orangután más fuerte que se siente naturalmente dueño del mundo. En su arrogancia siente que nadie puede ponerle coto a su voluntad de apropiación: no hay ley porque él es la ley. Arbitrariamente afirma que el petróleo y las riquezas de Venezuela —y, de modo inquietante, de toda América Latina— le pertenecen; se los han robado a ellos, dice sin parpadear el contrasentido. Esa es la visión del mundo que tiene el Imperio. Es coherente con la guerra como regresión a la barbarie, a la que el hombre debiera superar en su evolución cultural y civilizatoria.
Tal es también el análisis de Freud, que escribió su obra, el psicoanálisis, en el contexto de la Primera Guerra Mundial y hasta el nacimiento del nazismo (1). Aun escéptico, pensaba que la única esperanza de la humanidad para evitar la guerra era la creación de un organismo supranacional que regulara las aspiraciones instintivas de las naciones más fuertes en el contexto del derecho internacional, además del crecimiento del amor y la sublimación de las pulsiones destructivas que transformaran y atenuaran el odio y la muerte que hay en la bestia.
Esa institución que agrupara a todos los países del mundo para reglar la convivencia y evitar conflagraciones bélicas era, en su tiempo, la Liga de las Naciones; luego de la Segunda Guerra Mundial, fue la ONU. La ONU sigue vigente aunque ya, hace demasiado tiempo, sometida a la voluntad del primate dominante. Si así no fuera, no hubiera sucedido la brutal agresión a Venezuela. La Carta de la ONU establece como propósito central “fomentar relaciones de amistad basadas en la igualdad de derechos y libre determinación de los pueblos”, y en su artículo 2.4: “Los miembros se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”, y el artículo 2.7: “Ninguna disposición de esta Carta autorizará a intervenir en los asuntos internos de los Estados”.
Está claro que lo que se quiebra es el orden de la Ley y retorna el imperio de la arbitrariedad del más fuerte. Está claro, o debería estarlo, el riesgo y la amenaza que esta situación representa para el mundo y para América Latina en particular. Ayer, un día triste y angustioso, la referencia al Libertador Simón Bolívar fue de una recurrencia permanente. Al igual que San Martín, Bolívar es un símbolo de la lucha revolucionaria contra el imperio y la colonia española, la liberación y la independencia de América. La lucha por la justicia y la paz, contra la esclavitud, y fundamentalmente por la unidad e integración de nuestros pueblos de América, de la Patria Grande, como aspiración patriótica y como antídoto —gran visionario— de los apetitos imperiales del Norte.
Estos sueños conservan su vigencia como pretensión de justicia y de convivencia pacífica y amistosa entre los pueblos y los seres humanos. El mundo, como horda primitiva, es su principal obstáculo. Mientras tanto, queda como legado bolivariano el amor a la Patria Grande, la resistencia y la solidaridad de los pueblos, que va naciendo, que va creciendo, para lograrlos.
(1) Freud, Sigmund: El porqué de la guerra y Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte. Editorial Biblioteca Nueva.
