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La recta final de una larga época: crisis de representación

A fin de encontrar un hilo conductor o descubrir una tendencia, no hay más remedio que meterse con la historia. La hipótesis de partida es que estamos ante una crisis sistémica de la democracia representativa, probablemente terminal.

Germán J. Margaritini

2 abril, 2026

5:18 pm

Vayamos al principio. Luego del apoderamiento de América, Europa se vio beneficiada por el gran flujo económico que significó. El Viejo Continente se ensanchó. A fines del siglo XVII empezó lo que después conoceríamos como Revolución Industrial y el surgimiento de un nuevo modo de economía (capitalismo) que permitió la transformación de una masa de artesanos en la nueva burguesía industrial. Inglaterra tradujo este impulso, alrededor de 1680, en la transformación de la monarquía absolutista a una monarquía parlamentaria, la primera forma de gobierno que incluyó la representación popular.

Esa nueva instancia creó condiciones sociales de mayores libertades (recordemos que se estaba en las postrimerías de tres siglos de guerras de religión) que derivaron en una corriente asociativista (mutuales, gremios, asociaciones científicas y diversas organizaciones de base). Si hubiera que poner un mojón en el que diga “acá comenzó el proceso”, habría que marcarlo ahí (en referencia al modelo de representaciones políticas).

La próxima escala fue la Independencia norteamericana, en 1776, que marca el surgimiento de la primera democracia occidental, de tipo republicana y representativa, de características federales. Es una forma más evolucionada de la delegación de poderes de parte del pueblo en sus representantes.

La siguiente estación fue la Revolución Francesa en 1789, que deriva en otra forma republicana, esta vez de características unitarias. Es el período que llaman humanista, pero que sería mucho más propio llamar humanizante, ya que señala con más precisión el descenso del poder de los cielos al poder de los suelos. Se le estaba quitando la hegemonía del poder político y económico a las monarquías absolutistas que eran bendecidas por la poderosa Iglesia.

Los movimientos independentistas que estallaron en los virreinatos españoles y, más tarde, en Brasil, podría decirse que fueron continuidades de lo que pasaba en Europa. Los líderes de este lado del Atlántico bebían de las fuentes del Iluminismo y las constituciones de los nuevos países latinoamericanos estuvieron inspiradas en la norteamericana y en los nuevos derechos proclamados por la Francia revolucionaria.

Ese fue el inicio de esta época, el siglo XVIII, una época que viene durando más de tres siglos. En todo este tiempo ha habido, casi exclusivamente, una única forma de organización política en los estados occidentales: la democracia que conocemos y que, desde hace varias décadas, también padecemos.

Digo en casi exclusividad porque hubo un período relativamente breve, de un poco más de medio siglo (durante el XX), en que existieron otros modelos, basados en la distribución igualitaria de las riquezas (la Unión Soviética, China, Cuba). Revoluciones que finalizaron en fracasos por causas múltiples, que no corresponde analizar acá en honor a la brevedad, y que terminaron virando hacia un sistema capitalista con fuerte injerencia estatal. De ellas, sobrevive obstinadamente el sistema cubano, con escasas expectativas. El momento icónico del fin fue la caída del Muro de Berlín en 1989.

Insisto con la longevidad de la época: salvo ese breve período, todo el resto del tiempo (más de 300 años) el modelo dominante fue (y es) el democrático, sufragista y de libre comercio.

“El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución.”

El artículo 22 de la Constitución resume el espíritu del sistema y podemos leer el mismo principio en muchas constituciones. Es la base del sistema representativo.

Veamos algo de la historia de las representaciones. Desde los mismos inicios de las democracias liberales surgieron organizaciones de filiación social: sindicatos, partidos políticos y otras organizaciones especializadas. Eran necesarias para la organización social en el marco de las nuevas libertades. La mayoría de los fenómenos asociativos se dieron espontáneamente y, en cierta forma, los mismos estados fueron promoviendo la aparición de los partidos políticos como una manera de poner los bretes para el acceso al poder.

Los fenómenos asociativos se dieron a uno y otro lado del Atlántico, un poco más tardíamente en Latinoamérica. El proletariado, la masa mayoritaria de las poblaciones, se comportaba como una masa bastante homogénea y contaba con las entidades que lo representaban, tanto gremialmente como políticamente. Defendían a la masa obrera ante el empresariado y en el gobierno. Así fue, predominantemente, durante el siglo XIX y un poco más de la primera mitad del XX.

Partidos obreros y sindicatos dieron a ese gran colectivo, incluso motivando movimientos internacionalistas, representación política en los parlamentos y luchas a través de las resistencias promovidas desde los sindicatos. Jugaban el rol a favor del equilibrio social.

La aceleración de la acumulación, desde la década de los 80 del XX, cambió la relación entre el capital y la fuerza de trabajo. El trabajo fue adquiriendo nuevas modalidades, todas en detrimento de la relación de dependencia clásica. Aparecieron la tercerización, la mundialización de la producción y la tecnologización. La economía suma como nuevas fuentes de producción a los servicios.

Hay una nueva estructura social. El espacio que ocupaba el homogéneo proletariado es reemplazado por una masa heterogénea: en relación de dependencia, en relación precarizada, cuentapropistas, servicios de mínima escala, desocupados, desclasados, etc. Dejan de tener identidades e intereses similares.

La modificación en la estructura social hace que haya dejado de haber coincidencia entre las entidades de representación (partidos y sindicatos) y la masa. Los viejos aparatos de los trabajadores ya no pueden encastrar su estructura con la realidad de las mayorías. Se trata de una crisis sistémica: la crisis de representatividad. Tres siglos de uso bien pueden hacer que los aparatos empiecen a rechinar.

La credibilidad

Hay otra gran crisis: la de la credibilidad. Traiciones, corrupción y perennidad en los cargos han roto la confianza pública. Un daño tal, que ha permitido la aparición de experiencias nefastas como la del gobierno actual.

El estado de ánimo social transita entre el desánimo, el descreimiento, la desazón, causas probables de la falta de reacción. Y si aparece alguna reacción, no están los líderes o las estructuras que pudieran concentrarla.

Los grandes temas sociales han concitado movilizaciones multitudinarias (universidad pública, reforma laboral, por ejemplo), pero no han podido traducirse en alguna forma de oposición organizada. Apenas pasado el espasmo quedamos al aguardo del próximo, o lo que es peor, de la venidera elección, acto al que ha quedado resumida la democracia. Por supuesto, sin garantías de propuestas o resultados. Siempre habrá una herencia a recibir.

Los discursos parecen concebir a los principios económicos como los sagrados sacramentos de la política. Nada se puede hacer si la economía no lo permite, mientras tolera que las divisas se precipiten a proyectos que no resultan en el beneficio público.

Los servicios más imprescindibles (salud, educación, vivienda, etc.) quedan subsumidos al permiso de la economía, mientras los beneficios impositivos recaen en los de mayor poder adquisitivo, como si esto no fuera una definición política. La naturalización de los desequilibrios. Para ciertas cosas, la política por encima de la economía. El discurso falso vulnera la credibilidad.

Hablar con el vecino

Los ciclos son parte de la naturaleza. Obvio decir que también de la naturaleza humana y de la social. Todo lo que empieza, termina.

Si el estado de la situación actual empuja al pesimismo, presumir que habrá un cambio induce al optimismo. Nadie está en condiciones de predecir el momento. No va a caer como un meteorito benefactor, una especie de antítesis del que se llevó a los dinosaurios, sino que tendrá que ser a partir de una construcción colectiva.

No hay construcción sin sudor ni lágrimas, espero que la sangre no sea requerida. Pero, sobre todo, no hay obra posible sin ideas, para lo cual es necesario recorrer un camino que involucra el diálogo y el reconocimiento del otro.

Hay que salir del sustrato del odio: no hay diálogo posible sin afecto. La aceptación de las palabras del otro es un acto de amor, palabra que ha sido erradicada de la política. Hay que trabajar para devolver el amor al territorio de la política.

En el reconocimiento de la disidencia está la raíz de las ideas que nos hacen falta. La fórmula de los cambios ha sido siempre el consenso, cosa imposible sin el diálogo.

Empecemos por el trabajo mínimo de conversar con el vecino, antes que sea tarde.

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