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Las guerras y el hombre ¿Civilización o Barbarie?
Desde los primeros tiempos de la Humanidad, las disputas tribales, luego transformadas en conflictos más violentos, tuvieron sus orígenes en conflictos religiosos, de expansión territorial, por choque de culturas diferentes o por ansias de dominación imperial. Cualquiera fuese su origen, fueron evolucionando en categorías de fuerzas armadas más organizadas y con avance tecnológico, hasta que se llegó a un límite con la fabricación de artefactos nucleares que sirvieron como elemento de disuasión masiva, para entrar en lo que se llamó la “guerra fría”, que si bien no fue una confrontación a nivel mundial, sirvió esa denominación para disimular los conflictos regionales que no cesaron hasta nuestros días.

A partir de los años 70, las élites globales transformaron, con cualquier excusa, a las guerras en un inmenso negocio de las corporaciones privadas dentro de un capitalismo hipócrita, amparado por una irresoluta Naciones Unidas.
Por eso el año 2025 quedará inscripto en los anales de la geopolítica, no como un punto de inflexión, sino como la consagración definitiva de una nueva y aterradora normalidad: la era de las guerras eternas, de larga duración.
Este “mecanismo” convierte la destrucción sistemática en ganancia privada estructural, operando con la eficiencia fría de una línea de montaje donde la “materia prima” es la inestabilidad (cambio de régimen) y el producto final es el beneficio concentrado en manos de una élite transnacional.
Los acontecimientos de los últimos años, como la guerra de Ucrania-Rusia, el conflicto de Medio Oriente y la guerra económica entre China y EEUU, han aumentado la temperatura geopolítica para orientar el “discurso” político en dirección a la “seguridad”, que ha servido para gastar sumas millonarias en armamentos, aun a los países de menos recursos, como los de Europa del Este, obligándolos a aportar el 5% de su PBI, al igual que la Europa central, en armamentos por la “amenaza” rusa de invasión próxima.
En este contexto, las guerras eternas no son un fracaso de la diplomacia: son el éxito de un modelo de negocios. Se refieren a disputas crónicas, cuidadosamente gestionadas, que benefician directamente a las élites mediante la extracción de recursos, la consolidación de poder geopolítico y el control de mercados estratégicos, como por ejemplo el del petróleo.
En 2025, según el Índice de Paz Global de Vision Humanity, se registraron 59 conflictos de guerra estatales activos, el número más alto desde la 2da. Guerra Mundial, proliferando conflictos prolongados e híbridos, donde las dimensiones económicas y financieras, tecnológicas y comerciales son tan decisivas como los combates en el campo de batalla. Al menos una docena de estos conflictos se clasifican como mayores, con muertes superiores a 10.000 por año en algunos casos. Los focos mediáticos como Gaza y Ucrania dominaron las noticias, pero conflictos subyacentes como Sudán, Myanmar, el Sahel —incluyendo Mali, Burkina Faso y Níger— Yemen, Siria, Somalia y Nigeria formaron un “tapiz” de violencia que alimenta economías depredadoras.
La guerra se ha convertido en un sustrato económico, un ecosistema donde florecen formas específicas del capitalismo depredador. La razón clave para esta permanencia de crisis es una tríada de explotación que opera en perfecta sintonía: una alianza táctica entre tres sectores. El CIM (Complejo Industrial Militar), que se da un festín con los contratos de guerra interminables y renovables; los especuladores financieros, que explotan la volatilidad de los mercados de commodities, divisas y deuda soberana desestabilizadas por los conflictos para obtener ganancias inesperadas; y los monopolios globales de recursos, que aprovechan el caos para estrechar silenciosamente su control sobre activos estratégicos como el litio, el cobre, el uranio, el gas y las ya famosas tierras raras.
Básicamente, las élites mundiales, ya sean “globalistas” o “soberanistas”, libran sus batallas reales por el control de estos tres frentes de acumulación. Cada uno de estos sistemas se retroalimenta en un circuito cerrado: la guerra justifica enormes gastos militares; esos gastos, a su vez, se traducen en ganancias récord para los contratistas de defensa; parte de esas ganancias se reinvierten en lobby político para asegurar políticas exteriores belicosas y desregulación financiera, lo que a su vez genera más inestabilidad y nuevas oportunidades de negocios en mercados turbulentos. Es un sistema debidamente manipulado para evitar la PAZ, o sea, un motor permanente y perpetuo de ganancias cuyo “combustible” requiere el oxígeno constante del conflicto.
Cada uno de los conflictos armados actuales puede leerse como una disputa entre élites con fines económicos específicos. La guerra en Ucrania, por ejemplo, persigue objetivos distintos para diferentes sectores de las élites.
Para los globalistas del capital financiero, como BlackRock y los bancos de la órbita de los Rothschild, representa una oportunidad única de planificación a largo plazo: los contratos para la reconstrucción de Ucrania, con inversiones masivas en infraestructuras destruidas, agricultura de amplia productividad en la tierra ucraniana y la privatización de sectores enteros de la economía. Es el sueño de la “doctrina del shock” aplicado a escala continental. En tanto, para el Complejo Militar Industrial de EEUU y Europa —Lockheed Martin, Raytheon, BAE Systems y Rheinmetall— el conflicto ha sido un regalo caído del cielo.
Para EEUU, la guerra de Ucrania revitalizó el “negocio” de la venta de armas, que desde la huida de Afganistán temía por la contracción de los mercados. El conflicto de Gaza, extendido al Líbano y Siria, muestra una dinámica similar, con diferentes activos en juego. Las élites globalistas que apoyan a Israel no lo hacen por afinidad ideológica; actúan por alianzas estratégicas y, sobre todo, por el posible acceso al gas del Mediterráneo Oriental, particularmente al gigantesco yacimiento Leviatán. Mientras tanto, élites árabes y capitales transnacionales ya calculan las ganancias potenciales de la reconstrucción de Gaza, que está reducida a escombros y que, sobre los huesos y la sangre de miles y miles de gazatíes, construirán el “sueño húmedo” de dos criminales de guerra como son Trump y Netanyahu, en la construcción de una “Riviera” con acceso al mar.
En Sudán, la guerra civil gira en torno al control de los yacimientos de oro valuados en miles de millones de dólares. En Myanmar, la lucha armada es por el jade y los metales raros, con China posicionándose para comercializar los minerales estratégicos. En el Sahel, los nativos han expulsado a Francia de la comercialización del uranio, que desde hace mucho tiempo los franceses explotaban. Mientras que en Yemen y Siria, el petróleo y la posición estratégica son los botines apetecidos.
En este escenario, la situación de Ucrania es un ejemplo de una lógica perversa. Sufre una crisis energética sin precedentes y su deuda pública es del 90% de su PBI. Pero, dicen los especialistas, no hay de qué preocuparse, porque este problema se resuelve mediante un modelo diabólicamente eficiente: la reconstrucción neoliberal como forma de neocolonialismo financiero. El mecanismo funciona a través de un ciclo de deuda-inversión-explotación que, lejos de reconstruir la soberanía ucraniana, la “transfiere” a acreedores e inversionistas extranjeros.
Este mecanismo perverso se puede desglosar tomando como ejemplo el United States-Ukraine Reconstruction Invest Fund, firmado en abril de 2025. Este fondo de 75.000 millones de dólares, financiado por DPC —una agencia pública de EEUU— ilustra con claridad cómo un flujo de dinero público se convierte en ganancia privada y control estratégico. Se trata de que los fondos de los contribuyentes de los países intervinientes, sobre todo EEUU y europeos, asumen el riesgo inicial, subsidian la inversión y proporcionan garantías, mientras que la explotación y las ganancias de los recursos ucranianos van a engrosar las cuentas de los privados.
Dentro de este ecosistema, el sector de armamentos opera como el componente más directo y obsceno del modelo. Su dinámica de negocios es análoga a la de la reconstrucción, pero con retorno más rápido. Los fondos públicos, ya sean de los presupuestos de Defensa de EEUU y de Europa o de las compras a Arabia Saudita, van directamente hacia los balances de Lockheed Martin, Raytheon, Northrop Grumman (de capitales israelíes) y sus homólogas europeas. Es la máxima expresión del capitalismo clientelar: el riesgo es público, nacional, colectivo, pero la recompensa es privada, concentrada en élites y extraterritorial.
Ya nada es como antes. “La guerra ya no es la continuidad de la política por otros medios”; es la continuidad de la extracción de ganancias por los medios más crueles y eficaces posibles. Capitalismo puro, que le dicen.
