En una escuela se escucha leer a un grupo de niños de 14 o 15 años que lo que les preocupa es no tener para comer. Es un taller de salud mental en el que se los invita a hablar de sus inquietudes. Es que UNICEF informó, ya hace rato, por agosto de 2024, que un millón de niños, niñas y adolescentes en Argentina se saltean la cena y un millón y medio una comida diaria por falta de dinero. Hasta ahora, los legisladores han respondido, que yo sepa, a las necesidades de los niños con la llamada “ley penal juvenil”, es decir, la baja de imputabilidad, la criminalización de la pobreza. Es lo único que se les ha ocurrido frente a un real insoslayable si se trata de hablar de lo básico, en salud mental: la subsistencia.
En otra escuela, en otro taller, la profe de Literatura cuenta que propuso a los chicos una actividad. Debían pensar en una emoción propia y describirla. Los chicos consultaron al ChatGPT, a la inteligencia artificial, para responder la consigna. Parece gracioso, pero la experiencia ilustra procesos de desconexión graves relacionados al abuso de la tecnología, sobre todo de los celulares. Leí por ahí una frase que me sacudió: estamos viviendo, decía, “un mundo de soledades hipercomunicadas”. Enseguida viene a la mente la escena cotidiana de un grupo de personas que comparten tiempo y espacio pero no hablan; cada uno está en su pantalla, con la ilusión de comunicarse con todo el mundo. Cada uno, solo, con una máquina.
El uso irracional de los celulares aleja, separa, aliena, adormece, deshumaniza. Es un problema, no una solución. Es necesario reencontrar los abrazos, las miradas, la ternura, el cuerpo. El diálogo, las emociones, las palabras, la escucha. El vínculo interhumano, la sensibilidad.
En los talleres de prevención del suicidio alentamos a los adolescentes a pedir ayuda a un adulto frente a situaciones difíciles, a no quedarse solos con sus angustias. Sobre todo a los varones, a vencer los mandatos de ser fuertes y aguantarse porque “los hombres no lloran”. El aprender a pedir ayuda a tiempo a un referente humano es un factor de protección de las conductas autodestructivas.
Ellos dicen que no cuentan lo que les pasa porque desconfían de los adultos. Prefieren no hablar porque los grandes no los escuchan, minimizan sus preocupaciones, o se burlan, o no saben guardar el secreto. Trabajamos con los docentes y los adultos de sus entornos el concepto de escucha activa, respetuosa, sincera, empática que necesitan los chicos. “Lazos en Red” propone en Concordia un taller de expresión para adolescentes. Se ofrece allí contención de carne y hueso.
A veces los chicos necesitan una escucha especializada de un profesional de la salud mental y nos encontramos con el drama de la imposibilidad del acceso a esa intervención por un sistema de salud colapsado. No hay turnos. Esa angustia necesitada de escucha queda atrapada en la telaraña de las listas de espera, pero el sufrimiento no tiene paciencia. En muchos casos, la inmediatez de la atención es un requerimiento esencial a la idea de prevención en salud mental. Es necesario, como dice la Ley Nacional 26.657, garantizar el derecho a la atención de la salud mental a través de equipos interdisciplinarios.
No serán las máquinas quienes los reemplacen. Las máquinas no escuchan, simulan la ilusión de un diálogo en la más desgarradora soledad. Es lluvia y, mientras pienso en el balcón de mi casa, un hombre canta desparramado abajo, en la vereda, aferrado a su naufragio de vino barato. Como diluvia, ya nadie pasa para no mirarlo. Está, como se dice, “en situación de calle”, eufemismo del abismo al que fue empujado. Se ríe desaliñado y me lo imagino, locamente, consultar una aplicación que lo deriva a un centro de salud donde nadie lo escucha, porque no hay psicólogos, y además porque nadie lo ve.
Mientras escucho su melodía en fuga del infierno, se me vienen estas palabras…
El hombre canta su mundo extraviado
Bajo la lluvia una melodía agradable
Una tristeza algo desafinada
Una soledad infinita
Una desolación que el vino puebla de fantasmas
Un refugio de risas desaforadas
Dice entre tonos confusas palabras
Parece ausente en su mundo,
En su vida desamorada
Sin embargo me saluda un estornudo
Dicen que nada hay por hacer, que no quiere ayuda
Igual me pregunto: ¿qué hago, qué hago?

