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Sin pan, sin trabajo y sin justicia no hay salud mental

Durante la pandemia fue consenso en la gente y en los medios de comunicación que la salud mental adquiría otro relieve, una importancia que no tuvo antes de esa experiencia traumática que vivió la humanidad. Se asociaba el campo de la salud mental, de un modo difuso, a una serie de malestares como la depresión, las adicciones, la violencia, el estrés, los ataques de pánico, etc., que se oponían a un ideal abstracto de bienestar. A un equilibrio que surgía del interior y que había que conseguir mediante procedimientos de autorregulación como las meditaciones, respiraciones profundas, gestión emocional, biodecodificación, aturdimiento farmacológico y ejercicios contra el estrés, entre otras por el estilo.

Sergio Brodsky

1 marzo, 2026

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10:27 am

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Esta idea sustrae de la determinación del bienestar o del sufrimiento psíquico las dimensiones sociales, económicas, políticas, culturales, laborales, etc. (además de las biológicas y psíquicas) del ser humano y la reduce y aísla a la esfera puramente individual, como si el sujeto isla fuera el único responsable de su padecer. Esa operación de reduccionismo no es ingenua, pues precisamente la salud mental, la búsqueda de bienestar individual y colectivo de una sociedad, depende de la interacción dinámica y compleja de esas dimensiones que lo trascienden y que definen sus condiciones concretas de existencia.

Esas condiciones concretas de existencia van a depender del modo en que la sociedad satisfaga o no las necesidades de sus miembros. Esas necesidades que atraviesan a todos son, para Manfred Max-Neef, de mayor a menor necesariedad: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. La salud mental de una población dependerá entonces del destino de gratificación o frustración que estas necesidades obtengan.

Estrictamente, no se puede hablar de salud mental si esas necesidades humanas no están cubiertas; si hay personas que, por ejemplo, pasan hambre y revuelven la basura para comer (necesidad de subsistencia). No hay salud mental, tampoco, sin trabajo digno (ámbito en el que se satisfacen las necesidades de subsistencia, afecto, participación, creación, identidad, libertad, etc.). No hay salud mental si hay injusticia, desigualdad, pobreza, miseria, desempleo. No la hay si no se llega a fin de mes y se sufre la angustia derivada de las carencias económicas.

No hay salud mental si hay violencia estructural, esa que Pierre Bourdieu asegura que, casi como una ley física, se conserva y se transfiere a la cotidianeidad de la vida. Dice, más concretamente, el sociólogo francés, que “no se puede jugar con la ley de la conservación de la violencia: toda violencia se paga; por ejemplo, la violencia estructural ejercida por los mercados financieros, en la forma de despidos, pérdida de seguridad, etc., se ve equiparada, más tarde o más temprano, en forma de suicidios, crimen y delincuencia, adicción a las drogas, alcoholismo, un sinnúmero de pequeños y grandes actos de violencia cotidiana”.

La explotación laboral que se acaba de legitimar en el Congreso con la sanción de la ley de la esclavitud es violencia. No es casual que Sigmund Freud dijera que la salud mental es amar y trabajar. Se refería, claro, al trabajo digno, creativo. La pérdida del trabajo, el desempleo y la desocupación cada vez más exponencial son violencia que se va a traducir en afecciones severas de la salud mental y del malestar social. La cura de sus efectos alienantes no podrá ser mediante meditaciones y autoayuda que los refuercen.

Si hay una posibilidad de mejorar las condiciones de salud mental, será a través de la acción transformadora que se juega en la dialéctica sujeto/mundo. De hecho, Enrique Pichon-Rivière definía la salud mental como la capacidad de adaptación activa a la realidad, que significa la búsqueda de transformación de la realidad simultánea al cambio subjetivo. Transformar el afuera transformándose.

Un ejemplo concreto de este proceso es la producción creativa del documental “Retiros (in)voluntarios”, de Sandra Gugliotta, en el que pone en claro la relación entre la dimensión del trabajo y la salud mental. La película es un análisis de los suicidios generados por el hostigamiento a los trabajadores de la empresa de teléfonos France Télécom a consecuencia de su privatización y la relación de estas tragedias con los efectos en las afecciones anímicas y depresiones sufridas por los trabajadores argentinos por la política de privatización de las empresas públicas en la década del 90, de la cual Gugliotta es una de las afectadas. Así es como refiere que las padeció su padre al ser despedido de ENTel, la telefónica argentina.

Ella pudo hacer del dolor personal, de sus tristes recuerdos de niña, del drama familiar, una obra de arte, una película que exhibe el sufrimiento de muchos, de un país, y socializarlo para generar conciencia crítica; es decir, transforma la realidad transformándose. Una realidad que siempre es colectiva porque el hombre es un ser social, un ser de necesidades que solo se satisfacen socialmente en relaciones que lo determinan (Pichon-Rivière).

Esa película, que tanto enseña de una situación negada, oculta, invisibilizada, se proyectará este jueves 5 de marzo en AGMER (Estrada 206), actividad abierta a todo público, organizada por un conjunto de grupos e instituciones sociales de nuestra ciudad, propuesta que constituye en sí misma una apuesta a la salud mental, porque ante el agobio de lo real la alternativa a rumiar individualmente la angustia o desahogarla inútilmente en las redes sociales es participar, encontrarse, reflexionar, expresarse, intercambiar miradas, debatir, compartir la angustia social para construir crítica y socialmente otro escenario, para, reiterando la bella fórmula dialéctica de Pichon, transformar la realidad transformándose.

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