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EE. UU.: ¿al borde del fascismo implícito?

En todas las civilizaciones, las distintas naciones, o imperios, llevan la “marca en el orillo” de su gen ancestral. Cuando los descendientes del Mayflower, donde llegaron los famosos 67 Padres Peregrinos, venían de una tierra poblada de conquistadores a la fuerza, porque su pequeña isla de las Bretañas no era fértil para una cultura del desarrollo, por lo que se lanzaron a los mares en son de conquistas.

Ricardo Monetta

1 febrero, 2026

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10:07 am

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Fue en ese contexto que estos señores calvinistas, puritanos, evangelistas, pero sobre todo “blancos”, arribaron a las tierras de la Nueva Inglaterra, en América del Norte. Luego de las guerras intestinas y de la expulsión de los ingleses, en lo que se llamó la “guerra del Té”, se dedicaron a construir, a su imagen y semejanza, lo que dos siglos después sería el “Imperio de los Estados Unidos de Norteamérica”. Fueron muchos años que, a través de la esclavitud importada de África y de la eliminación de los pueblos originarios, a lo que se suma el despojo descarado, a punta de pistola, del secuestro de los Estados de California, Texas, Colorado, Luisiana, Nuevo México y Arizona, en 1845, en una guerra asimétrica, le dieron forma e impulso a la formación de un Estado poderoso e impiadoso.

Y sin querer queriendo, fueron conformando una cultura supremacista que sirvió de base a un extremismo bélico en su política exterior, y racista e intolerante en su interior, a pesar de exhibir un discurso democrático.

Por eso, la tradición fascistizante de EE. UU. está incrustada en su ADN político desde sus fundadores. El presidente Abrahan Lincoln tenía 300 esclavos en sus tierras; otro presidente, Jackson, apenas 400. Sobrevolando la Historia, desde el Ku Klux Klan hasta el partido nazi americano de los años treinta, con actos públicos en ciudades como Nueva York, pasando por milicias orgánicas contemporáneas como los Oath Keepers o los Proud Boys, el país ha albergado un ecosistema social reaccionario persistente.

Ya la tendencia de los gobernantes de EE. UU. quedó de manifiesto cuando, al comenzar la 2da. Guerra Mundial, la mayoría de los líderes occidentales adherían soterradamente al nazismo. Tan es así que Joseph Kennedy, padre de John Kennedy, era de la idea de colaborar con Hitler para derrotar al peligro bolchevique. Henry Ford, el creador del imperio automovilístico Ford, tenía en su despacho un cuadro autografiado de Adolf Hitler. Los camiones y gran cantidad de neumáticos usados por las tropas nazis eran de procedencia americana. Es decir, la comunión de ideas hizo que EE. UU. entrara en la guerra recién en 1941, luego de Pearl Harbour.

Aquello que el gobernador de Texas, en ese entonces, con sus motines intensos con liturgias violentas, no pudo institucionalizar, Donald Trump lo está convirtiendo en método de gobierno. Por eso no es casual que, bajo su gobierno, el ICE haya ganado un protagonismo inédito, como brazo operativo de una nueva forma de gobernar bajo el imperio de la discriminación y el racismo implícito, que combina el miedo y el espectáculo. Este universo, que combina supremacismo racial, culto a las armas y paranoia antigubernamental, no solo no ha desaparecido, sino que se ha adaptado y hasta fortalecido. Hoy encuentra en teorías conspirativas como QAnon, redes evangélicas ultras, “influencers” misóginos con millones de seguidores y medios que “blanquean” el odio. Es en esa base social y cultural donde se gesta el actual proyecto autoritario de Donald Trump. En ese sentido, él no inventa nada, pero sí lo capitaliza. Ya en el año 2000 intentó una candidatura personalista desde el marginal Partido Reformista, sin éxito.

Fue su confluencia con otros sectores —reaccionarios desclasados y profundamente resentidos— lo que le permitió construir una narrativa capaz de condensarlos (cualquier similitud con Argentina es pura coincidencia, ¿o no?).

Trump sigue jugando al “anti-establishment globalista”, pero es parte del mismo: millonario, depredador, habituado al poder y vinculado a redes de impunidad moral como las reveladas en el caso Epstein.

Bajo el lema “Make America Great Again”, el proyecto MAGA articula un ideario profundamente reaccionario, nostálgico de un orden social racial y patriarcal perdido, odio a las élites culturales, culto a la violencia y exaltación de la Nación blanca y herida. Su conexión con la tradición fascista no es meramente estética, sino estructural: promueve una visión jerárquica de la sociedad, deshumaniza al adversario y legitima el uso de la fuerza como vía de restauración del orden. Desde ahí, Trump logró capturar al Partido Republicano y cumplir su sueño (personal) de llegar a la presidencia. Durante su primer mandato, esta ofensiva pareció un fenómeno limitado. Pero el 6 de enero de 2021, el intento de toma del Capitolio demostró que aquello no era más que el prólogo de una reconfiguración más profunda. En este segundo mandato, había regresado con respaldo ampliado, con una Cámara de Representantes con 61 congresales sionistas norteamericanos, a los que hay que agregar diversas fracciones que incluyen al capital financiero (Wall Street) y tecnológico en California, que antes se le habían mostrado recelosos.

Durante décadas, la oligarquía de EE. UU. no necesitó una dictadura abierta. Se sostuvo mediante una serie de mediaciones eficaces: el racismo estructural, que dividía a la clase trabajadora y legitimaba una violencia desigual; el anticomunismo (?) como ideología nacional, que permitió perseguir toda disidencia y propuestas alternativas; y el mito del ascenso social, alimentado por el consumo, el crédito y una violencia proyectada hacia afuera.

Pero llega un momento, por los dislates cometidos, comprometiendo al “Estado profundo”, que no está dispuesto a sufrir las consecuencias de políticas erráticas que afectan la “credibilidad” como Nación. Es por ello que el consenso se desmorona. Y cuando eso falla, el capital financiero necesita otras herramientas. Y es ahí, justo ahí, en Minneapolis: no solo una ciudad golpeada y agredida por asesinatos absurdos, sino un ensayo general.

Durante mucho tiempo, a través de las invasiones, golpes de Estado y sanciones, le permitieron extraer recursos, aplastar gobiernos incómodos, aprovecharse de gobiernos vasallos como Argentina y mantener la cohesión interna mediante la creación de un enemigo externo funcional. Esa fórmula —represión interna, agresión hacia afuera— les permitió gobernar sin mostrarse abiertamente como un gobierno autoritario. Pero, como digo muchas veces, “nada es para siempre”. Hoy EE. UU. sufre un estancamiento económico estructural, inflación persistente, crisis habitacional y un colapso de los servicios públicos: salud, educación, seguridad y, sobre todo, un endeudamiento crónico, el más grande de toda la historia económica del mundo, que nunca pagará. Ya las instituciones del Estado, como la Justicia, tanto federal como de cada Estado, con sus fiscales, han reaccionado porque se están dando cuenta de que ese mismo Estado-Nación, con sus códigos morales y civilizatorios fundamentalistas, ha creado —como el Dr. Jekyll— un “monstruo” que se les ha ido de las manos.

La pregunta es no solo si EE. UU. se encamina hacia un fascismo profundo, con reminiscencias del nazismo supremacista y ario, porque, como dijo Bertolt Brecht: “Quienes están contra el fascismo, sin estar contra el capitalismo, no lamentan la barbarie, no tienen legitimidad de condenar”.

Pronto, más temprano que tarde, la hora final de Trump está marcada. Solo falta saber no cómo, sino cuándo.

Fuente: Prensa Alternativa

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