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Guerra Irán vs. EEUU-Israel: resistir es vencer

En un mundo en el que la región de Medio Oriente no encuentra definición alguna, se suceden los interrogantes: por ejemplo, si hay una posibilidad de una paz concertada o si la intransigencia de Israel a aceptar algún tipo de acuerdo responde a que, para ellos, es una cuestión existencial la derrota de Irán para consumar la creación del “Gran Israel”. Tampoco Irán va a aceptar las 15 condiciones que le quiere imponer EE. UU., porque supondría una derrota humillante que no está dispuesto a conceder. La pregunta es cuál es el plan exactamente de EE. UU. e Israel al lanzar esta guerra contra Irán. ¿O es una guerra que no se puede ganar, porque Irán solo necesita sobrevivir?

Por: Ricardo Monetta

31 marzo, 2026

7:36 pm

Quizá una respuesta, atada a la Historia, es que los imperios no aprenden jamás.

Los hechos reales, no las narrativas occidentales, demuestran que, a pesar de todo el despliegue armamentístico y del dinero invertido, no han tenido éxito. Otra vez pasa como con Rusia y la OTAN: por subestimar a la Federación Rusa, tuvieron que bajar sus pretensiones imperiales usando como intermediario a Ucrania y quedar luego humillados ante el primer misil hipersónico ruso.

Teherán se ha preparado durante veinte años para resistir una larga guerra de desgaste asimétrica. El primer día de la guerra, Irán lanzó un total de 600 misiles en respuesta a los ataques de EE. UU. e Israel. Luego ralentizó, ajustándose a un patrón de despliegue. Se dieron cuenta de que con menos unidades lanzadas tenían el mismo efecto estratégico. Las guerras de desgaste anteriores, como la de Vietnam y Afganistán, seguían una lógica diferente: se consumían hombres y recursos durante años con la esperanza de debilitar al enemigo. La diferencia hoy la marca la velocidad de la información, ya sea por satélites y drones que proporcionan datos sobre la localización exacta del enemigo y permiten constatar los efectos de la operación. La guerra se convierte así en un control cibernético, en el que la eficiencia en el despliegue de recursos es más importante que la mera superioridad numérica.

Irán actúa como regulador en esta guerra. El valor de sus contraataques no se mide por la destrucción de todos sus objetivos, sino por la presión constante y sistemática que ejerce. Irán dirige sus ataques no principalmente contra los agresores iniciales, sino contra sus aliados regionales. Los ataques contra las instalaciones energéticas iraníes son respondidos con ataques contra las estructuras energéticas de los Estados del Golfo: es decir, una respuesta simétrica a una selección asimétrica de objetivos.

En segundo lugar, desde el inicio, las instalaciones militares de EE. UU. en Bahréin, Kuwait, Qatar, Jordania y Arabia Saudita han estado bajo fuego constante iraní. Además, en esas instalaciones se cuentan decenas de víctimas y heridos, tanto extranjeros como locales, que fueron trasladados a hospitales de Alemania. Las bases de EE. UU. en la región del Golfo han dejado de funcionar, en gran medida, como plantas operativas fiables, con consecuencias logísticas para sus fuerzas.

La tercera palanca estratégica transforma el conflicto regional en una crisis económica global, ya que el 20 % del petróleo y del comercio mundial transita por el Estrecho de Ormuz. En cuarto lugar, Israel, como país beligerante, es atacado casi diariamente con drones y misiles, pero no es la prioridad del Estado iraní. La distribución de los ataques muestra que los Emiratos Árabes son los más afectados, con el 52 % (2001 ataques), seguidos por Kuwait (18 %), Arabia Saudita (12,5 %), Bahréin (9,3 %) y Qatar (7,3 %). Israel es atacado con menos frecuencia que los Emiratos Árabes Unidos porque, por el momento, es un objetivo secundario; por eso Irán ataca con más frecuencia el sistema que apoya al enemigo en sí.

Las declaraciones oficiales de EE. UU. afirman, a través de su mitómano presidente, que las capacidades militares de Irán han sido “arrasadas”. Sin embargo, los datos disponibles indican que solo se confirma la destrucción de un número pequeño de lanzacohetes, sistemas de defensa aérea e instalaciones de radar.

Los arsenales de misiles y el equipo militar de alta sofisticación se almacenan en silos subterráneos de UHPC (hormigón de altísimo rendimiento), un material con una resistencia a la compresión superior a los 40.000 PSI, aproximadamente ocho veces superior al hormigón convencional. Las conocidas bombas de EE. UU. son prácticamente ineficaces contra este material. Existen ciudades subterráneas, a decenas de metros bajo tierra, dedicadas a la producción de drones y misiles, que se han reforzado cada año. El diseño de estos “pozos” aumenta su capacidad de supervivencia: la producción de misiles está aislada, distribuida y es mucho más difícil de destruir que en edificios centrales. Los ataques aéreos pueden dañar instalaciones individuales, pero la producción puede reanudarse rápidamente.

El tamaño y la cantidad del arsenal de misiles de Irán sigue siendo uno de los temas más polémicos de esta guerra. Las estimaciones varían entre 3.000 y 6.000 misiles. Sin embargo, si se considera la capacidad de producción documentada —60 misiles por mes durante más de 20 años—, el resultado puede acercarse a los cinco dígitos. Además de su programa de misiles, Irán tiene una capacidad de producción de drones de 10.000 al mes. Por lo tanto, cada derribo de un dron o misil barato con interceptores occidentales, mucho más caros, ya representa una ventaja estratégica para Irán.

Irán ha estudiado meticulosamente a sus adversarios durante décadas y se ha preparado para un conflicto de este tipo. Inspirándose en los conflictos liderados por EE. UU. en el Golfo e Irak, Teherán desarrolló una estrategia basada en la adaptación, la descentralización y la guerra asimétrica, capaz de agotar las reservas de defensa aérea de EE. UU. e Israel en cuestión de semanas. La nueva doctrina de defensa aérea iraní: disparar y retirarse, lanzadores de misiles autónomos, navegación mediante datos satelitales chinos, el uso de radares rusos de última generación y drones como radares voladores, representa la continuación lógica de esta estrategia.

Las guerras asimétricas no se deciden principalmente por la capacidad de infligir la derrota al adversario, sino por la capacidad de resistirla. Luego del fracaso de los ataques iniciales de EE. UU. e Israel, cabe preguntarse cuáles eran exactamente sus planes al lanzar la guerra contra Irán. Así como está hoy, es imposible ganarla, y menos aún con tropas terrestres.

Es que la ansiedad de Donald Trump, estimada por el círculo áulico de Netanyahu, le habría hecho creer —a través de una conspiración que más adelante se expondrá— que Irán estaba a semanas de poseer la bomba nuclear.

No es casualidad que, cada vez que había una negociación seria, Israel se encargaba de sabotearla, ya sea mediante el asesinato de figuras influyentes, como lo fue el general Soleimani, o a través de ataques como el bombardeo del hotel en Omán donde se realizaban negociaciones.

En las guerras asimétricas no triunfa quien tiene menos muertos ni quien hace más daño. Por ejemplo, en la Guerra de Vietnam murieron dos millones de vietnamitas y camboyanos, y solo 58.000 estadounidenses; sin embargo, el derrotado fue el Imperio Americano. Lo mismo ocurrió en Afganistán, donde, después de 19 años, se retiraron frente a los talibanes.

Y si llega el Mundial de Fútbol y el drama no se resolvió, ¿qué va a hacer EE. UU.?

Fuente: con información de Prensa Alternativa

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