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Agustín Tosco: el obrero que nunca dejo el taller

A 50 años de la muerte de Agustín Tosco, la figura del histórico dirigente de Luz y Fuerza vuelve a resonar en una Argentina atravesada por despidos, cierres de empresas y precarización laboral. La carta que le escribió a su hijo en 1975, mientras era perseguido por la Triple A y había sido echado de su trabajo, funciona hoy como un espejo incómodo del presente: la historia de un obrero que nunca dejó el taller y que eligió, hasta el final, ponerse del lado de su clase.

Veronica Lopez

15 marzo, 2026

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11:53 am

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Hubiera querido hacerte un regalo grande y hermoso, el que más te gustara. Como me han despedido del trabajo no cobro sueldo; como me persigue la policía y me han amenazado las Tres A, vivo de la solidaridad económica y del amparo de mis compañeros. Estoy ajustado a ciertas privaciones, pero no podía olvidarme de ti. He hecho comprar un juego de ajedrez y te lo envío como presente de cumpleaños… Ese juego de ajedrez, si lo aprendes, te será muy útil. Se dice que es un “juego ciencia”, porque en la elaboración de las jugadas hay que pensar, prever las jugadas contrarias, darse un plan, readaptarse a situaciones no previstas, reemplazar el proyecto original. Este juego entrena la memoria porque es preciso retener jugadas contrarias, ayuda a ser paciente y tenaz… Si la suerte nos acompaña, tal vez no pase mucho tiempo en que podamos entablar una partida, que así se llama jugar al ajedrez. En fin, espero que te guste, ese es mi deseo.

Esta podría ser la carta escrita por cualquiera de los miles de trabajadores que hoy se quedan sin trabajo en la Argentina, pero fue Agustín Tosco quien se la escribía a su hijo, Héctor, el 25 de junio de 1975. Pocos meses después moriría, a los 45 años, víctima de una encefalitis bacteriana que no pudo tratarse, dada su condición de perseguido político.

La foto de la Argentina de hoy es esta: cierran 30 empresas por día —alcanzan a unas 22 mil entre fines de 2023 y principios de 2026—. Se estiman en 300 mil los puestos de trabajo estables que se han perdido. El último informe de la UCA (Universidad Católica Argentina) sobre Deuda Social, de marzo de 2026, deja el escalofriante dato de que el 83,5 % de los trabajadores argentinos sufre vulnerabilidad alimentaria en su jornada laboral –consultar informe completo en https://uca.edu.ar/–

Cada época tiene sus particularidades, pero también muchas semejanzas con otras anteriores. Recuperar a Agustín Tosco es oportuno, dado que falleció pocos meses antes del día en que la historia cambió para siempre a la Argentina: el 24 de marzo de 1976, a partir del cual ha quedado una herida con el trazo de cicatrices profundas que, aunque se quieran borrar, no hay cirugía que las pueda ocultar.

Agustín Tosco fue un obrero del gremio de Luz y Fuerza. Tomó relevancia en los hechos acaecidos en 1969, conocidos históricamente como “El Cordobazo”. Basta poner en el buscador de Google: vida de Agustín Tosco, y se encontrará una definición humana y simple: “caracterizándose por su honestidad, coherencia y lucha”.

El Gringo, tal era su apodo, nació en Coronel Moldes, provincia de Córdoba, un 22 de mayo de 1930, coincidente con el primer golpe de Estado que derrocó a Yrigoyen. Agustín transcurrió su vida entre el primer y el último golpe de Estado, y como es sabido, cada persona es producto de su tiempo, de lo que la sociedad hace con ella y de lo que se elige ser. Él eligió ser El Gringo, el compañero, el obrero, el que siempre supo qué lado iba a defender y cómo defenderlo; a pesar de la persecución, las calumnias y los intentos de asesinato.

La historia de la vida de Tosco es fácil de reconstruir: la dejó plasmada en infinidad de cartas que escribió a lo largo de su vida y especialmente cuando su lucha lo llevaba por los caminos de la persecución y el intento de mantenerse vivo; también brindó varias y extensas entrevistas que dejan testimonio de su pensamiento y su forma de leer la realidad.

Decía de mismo: “En el plano personal yo soy un trabajador que trata de ser consecuente con sus ideales y su causa. No darle otro tipo de definición que no sea la de un hombre que trabaja y lucha al servicio de su clase y de su pueblo. Eso es lo que pretendo ser, con todas las imperfecciones que evidentemente tengo” (Revista Siete Días, 5 de marzo de 1973). Era hijo de inmigrantes italianos que se instalaron en el interior cordobés; allí cursó sus estudios primarios con la dificultad del idioma, pues el que hablaban en su hogar era el piamontés, origen de sus padres. A esto lo superó con la lectura, a la que se aferró desde niño: “Mis padres eran campesinos y yo trabajé junto a ellos desde chico una parcela de tierra. Después de cursar el colegio primario me trasladé a la ciudad e ingresé como interno en una escuela de artes y oficios. Allí se discutía mucho y el diálogo permanente me incitaba a profundizar la lectura. Siempre me gustó leer… En mi propia casa, con piso de tierra y sin luz eléctrica, me había construido una pequeña biblioteca precaria pero accesible. Corría la liebre. Tan sólo al cumplir la mayoría de edad conseguí incorporarme a Luz y Fuerza como ayudante electricista. Por aquella época ya había adquirido conciencia de los conflictos sociales y había decidido también tomar partido por mi clase. A los 19 años había sido elegido subdelegado y a los 20 ascendí a delegado”.

El amor por sus hijos y su familia era evidente y también lo era la educación que les otorgaba: “Yo tengo una hija de 11 años y un hijo de 7. A esa edad ya se tiene la comprensión básica para diferenciar lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto. En la escuela hay niños muy pobres y cooperadoras prácticamente obligatorias, que les permiten distinguir quiénes no pueden tener juguetes y a quiénes les sobran; quiénes trabajan y aportan a sus hogares y quiénes no consiguen trabajo aunque busquen. Entonces, los chicos pueden entender que el sindicalismo está por el bien, por la resolución de esas diferencias. O sea, distinguir entre el bien y el mal, y decidir que nuestra posición está en la lucha por el bien de nuestra clase y nuestro pueblo” (Revista Siete Días, 5 de marzo de 1973). Héctor Agustín y Malvina tenían 13 y 9 años cuando El Gringo murió; crecieron sin su papá, pero la vida les dejó la tarea de mantener viva su memoria, la que casi siempre se intentó silenciar. Él enfrentó la persecución y las calumnias, pero sus hijos debieron enfrentar el olvido.

Desde adolescente mostró su sentido de justicia: con 16 años fue elegido presidente del Centro de Estudiantes de la Escuela de Trabajo Presidente Roca, a la que concurrió; en el acto de colación enfocó el discurso en una fuerte crítica al sistema educativo, se negó a recibir el diploma de manos del director y terminó ovacionado por todo el estudiantado. Apenas salió del secundario consiguió trabajo como aprendiz en un taller electromecánico, cursó tres años en la Universidad Tecnológica, la que abandonó luego del servicio militar.

Se definía como marxista socialista, pero no se consideraba antiperonista: “Hay motivos por los cuales se quiere dividir al país en peronistas y antiperonistas. Con el mismo derecho, nosotros señalamos que la división que debe hacerse no es así, sino entre quienes están consecuentemente con la lucha del pueblo y quienes están con la entrega… Yo no soy antiperonista, siento un gran afecto por muchos compañeros peronistas, convivo con ellos y lucho por ellos. Y, a su vez, en perspectiva, pretendo esa unidad combativa con los compañeros peronistas, con las fuerzas de izquierda y revolucionarias… La historia está más allá y se construirá con todos los que hemos luchado juntos: peronistas y no peronistas, radicales, marxistas, cristianos, ateos, comunistas…” (Programa televisivo Las dos campanas, 13 de febrero de 1973).

La corta vida de Agustín Tosco dejó infinidad de voces para escuchar. En este breve recorrido es significativo repasar un fragmento de una carta que le escribiera a una compañera desde Devoto, en octubre de 1971: “Nosotros los trabajadores, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, de distinta actividad y militancia, junto a los demás sectores populares, que queremos la unidad de acción, que practicamos la unidad en la lucha, que recibimos y brindamos una solidaridad combativa, iremos logrando paso a paso esa coordinación de esfuerzos (…) Usted, querida compañera, es un elocuente ejemplo de la mujer que lucha y se sacrifica por ese ideal común. Le pido que me sienta junto a usted… rindiéndole el reconocimiento de firme y abnegada luchadora”. Este fragmento muestra que El Gringo no solo era un batallador por los derechos de los trabajadores, sino que también fue un adelantado a su época, reconociendo el lugar de lucha de la mujer trabajadora.

Identificaba en Evita a una gran defensora de los derechos del pueblo y en Hipólito Yrigoyen a un gran patriota. Promotor del Movimiento Nacional Intersindical, mostrando las diferencias con la CGT, que estaba demasiado cercana al gobierno de Isabel y López Rega; no estaba de acuerdo con la lucha armada, tan notoria por esos años, lo que quedó demostrado al rechazar la presidencia del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), el brazo legal y político del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), que estaba organizado dentro de la lucha armada de mediados de los ’70.

Agustín Tosco trabajó en los talleres de EPEC (Empresa Provincial de Energía de Córdoba) desde su ingreso, a los 19 años, en 1949, hasta los últimos meses de 1975, cuando fue despedido y debió pasar a la clandestinidad debido a la persecución de la Triple A; siempre trabajó como obrero electricista, cumpliendo su horario diariamente desde las 6:30 hasta las 13:40, hora a partir de la cual se dedicaba a su intensa actividad sindical. ¡Nunca dejó el taller!

Miles de obreros se ven hoy resistiendo en las puertas de Fate, Verónica, Aires del Sur, Panpack, Textilcom, entre tantas otras que ni siquiera llegan a ser noticia. Obreros honestos, coherentes y luchadores, como lo fue El Gringo Tosco; la pregunta es: ¿qué sigue? Que el final no sea la muerte y el olvido; como argentinos y argentinas del mundo del trabajo nos merecemos un final diferente.

Verónica López
Lic. en Cs. de la Educación.

 

 

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