Irán era la última «perla» que quedaba en el «collar» del proyecto sionista-israelí para la colonización del Gran Israel. Ya habían sido eliminados Siria, el Líbano e Irak, cuyas existencias eran un obstáculo. Solo quedaba Irán. Desde hace más de 30 años, desde la destitución del sha Reza Pahlevi en 1979, los islámicos venían siendo sometidos a hostilidades, sobre todo cuando el ayatollah Komeini nacionalizó el petróleo en manos de empresas de EE. UU., cortando las aspiraciones del control geopolítico y energético del Medio Oriente.
Fue así que, sin declaración de guerra ante el Congreso de EE. UU. y en abierta violación a la Carta de las Naciones Unidas y del Derecho Internacional, el ataque de Trump y Netanyahu es un nuevo golpe demoledor al sistema multilateral.
¿Por qué pasó lo que pasó? Es que el 23 de febrero, Banjamín llamó a Donald en forma intempestiva para comunicarle que los servicios secretos habían tomado conocimiento de que el líder supremo Jamenei y su círculo íntimo de asesores se iban a reunir en un mismo lugar el día sábado 28.
Lo que no ha trascendido es que en ese momento estaban en curso negociaciones en las que, supuestamente, Irán aceptaba reducir el enriquecimiento del uranio, pero no aceptaba renunciar a los nuevos misiles supersónicos. O sea que había una ventana por donde se colaba un posible acuerdo.
Pero apareció Benjamín, y todo se precipitó. Por eso fue que Israel atacó primero, porque quería asegurarse el asesinato de Jamenei y su cúpula. Seguramente el asesinato de una escuela, con 69 víctimas fatales, pasará como «daños colaterales». Si ya habían masacrado decenas de miles de niños en Gaza.
Las fieras ya están desatadas. En este nuevo mundo moldeado por el internacionalismo puro, donde las corporaciones transnacionales y los intereses financieros inmediatos dictan la agenda, la quimera de la paz se ha convertido en un activo anómalo, de baja rentabilidad en el corto plazo. En cambio, la impunidad del intervencionismo militar selectivo está en alza, así como la privatización de los beneficios económicos en lo que solo puede llamarse una diplomacia clientelista.
Los que descorchan champagne son las compañías petroleras y el CIM, Complejo Militar Industrial, que ya ha sido presionado con nuevos contratos para la fabricación de munición de todo tipo, porque la guerra tiene visos de prolongarse más de lo previsto.
Mientras más dure la guerra, se acercan las fechas de las elecciones. Los sondeos actuales coinciden en que los demócratas son favoritos para recuperar el control de la Cámara, mientras que los republicanos probablemente retengan el estrecho margen en el Senado. Un Congreso con al menos una Cámara en manos demócratas aumenta drásticamente las posibilidades de un tercer «impeachment» contra Trump, que se juega todo en esta guerra, a pesar de su «relato conciliador», pero amenazante y coercitivo.
La moneda está en el aire, pero una cosa es cierta: el experimento trampista ha dejado ya una marca indeleble. Ha demostrado que el sistema estadounidense es más frágil de lo que se suponía y que el camino desde la hegemonía benevolente hasta el caos y el desorden fragmentado se puede recorrer en un solo mandato presidencial, o tal vez menos aún.
Nada es para siempre.
Fuente: Con información de Prensa Alternativa

