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La Represión de la Palabra

Las dictaduras prohíben la expresión del pensamiento, queman libros y censuran la cultura y el arte. Exigen obedecer, no pensar. AdemÔs, como sucedió con la del golpe del 24 de marzo de 1976, persiguieron, secuestraron y desaparecieron a una inmensa cantidad de escritores y poetas. Aquí vamos a recordar a algunos de ellos, cruciales para crear memoria.

Sergio Brodsky

23 marzo, 2025

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12:16 pm

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Rodolfo Walsh despertó de la apatĆ­a polĆ­tica cuando escuchó una frase que cambiarĆ­a su vida: ā€œHay un fusilado que viveā€, un sobreviviente de la masacre de militantes peronistas en el basural de JosĆ© León SuĆ”rez, perpetrada por la ā€œRevolución Libertadoraā€, quienes derrocaron a Perón con un golpe en 1955 (rebautizada ā€œFusiladoraā€ por la habitualidad de estos procedimientos). De esa conciencia sobresaltada surgió una obra literaria que inauguró un gĆ©nero —la no ficción— cuando comenzó a investigar esos graves acontecimientos que forman parte de Operación Masacre. MĆ”s tarde escribe uno de los relatos mĆ”s extraordinarios del siglo XX, titulado Esa mujer. El cuento narra el desesperado deseo de saber el paradero del cuerpo de Eva Perón. Transcurre a travĆ©s de la entrevista que realiza a Moori Koenig, el perverso secuestrador del cadĆ”ver, y revela la saƱa y el odio ciego hacia el peronismo, que serĆ” el signo polĆ­tico de la oligarquĆ­a, el poder y cierta clase media en Argentina hasta nuestros dĆ­as.

Escritor y militante, en marzo de 1977 Walsh es emboscado y asesinado por una patota de la represión, luego de introducir en algunos buzones la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar. Esta constituye, aĆŗn hoy, un documento indispensable que evidencia las razones, los mĆ©todos y los objetivos del plan siniestro de la dictadura. Las torturas y desapariciones que sacudieron ā€œla conciencia del mundo civilizadoā€ fueron los procedimientos para apropiarse de la riqueza de los trabajadores. Dice: ā€œEn la polĆ­tica económica de ese gobierno debe buscarse no solo la explicación de sus crĆ­menes, sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificadaā€ (Carta abierta de un escritor a la Junta Militar). Leer la carta es una experiencia estremecedora, pues describe, en algunos aspectos, situaciones tan patentemente actuales que confirman que, cuando vacila la memoria, la verdad y la justicia, nos situamos cĆ­clicamente en una violenta continuidad histórica que reaparece como un destino mortĆ­fero para nuestro pueblo.

Es el rescate de esa historia que late y penetra en el presente lo que produce la memoria, activa y vivaz. No es una historia de los monumentos que fijan el pasado, sino un lenguaje para comprender las repeticiones e incluso crear e imaginar futuros diferentes, que las quiebren. Es seguramente esa capacidad de revelar injusticias y concebir liberaciones la causa de la censura del libro Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. En el cuento central, los animales del circo declaran una ā€œhuelga general de animalesā€, liderada por el elefante VĆ­ctor, como respuesta a la explotación laboral de los dueƱos, de los que logran deshacerse. Esa obra, indigerible para los censores, apareció en la lista de prohibiciones que los diarios reproducĆ­an. Cuando Elsa se encontró allĆ­, con la firma de Videla censurando su libro, entró en pĆ”nico y desesperación. Su padre sufrió por la angustia un ACV y pronto falleció por la tristeza.

La fantasĆ­a, como un condimento fundamental de la creación, es apuntada como peligrosa por el documento de la Triple A que censura Mascaró, el cazador americano, la novela de Haroldo Conti. En ella describe sociedades mĆ”s justas y felices a travĆ©s de la revolución que un circo viajero, sensible, solidario y pleno de personajes entraƱables, va transportando a todos los pueblos tristes y sometidos. Haroldo, como Rodolfo Walsh y muchos militantes comprometidos con la resistencia al rĆ©gimen militar, eligió quedarse junto a su mĆ”quina de escribir. Sobre su escritorio, donde estaba su mĆ”quina, colgó una frase: ā€œEste es mi lugar de combate y de aquĆ­ no me moverĆ”nā€. Haroldo fue finalmente secuestrado, torturado y es uno de los valiosos treinta mil compaƱerxs desaparecidos por la dictadura.

Los escritores y poetas son perseguidos por los poderosos porque dicen, denuncian, crean e imaginan nuevas realidades; interrogan el orden social que los ā€œdueƱosā€ del mundo pretenden inmutable, fijo y natural, ese que afirma que las cosas son como son y hay que aceptarlas. AdemĆ”s, la poesĆ­a dice de un modo trascendente, yendo mĆ”s allĆ” de la superficie de las cosas, con una belleza que cautiva y potencia la multiplicidad e insistencia de los sentidos, siempre abiertos a la polisemia. La imaginación es ya la impugnación de un orden establecido e inmutable; tal vez por eso revisitemos Ć”vidamente en el presente una historieta tan extraordinaria como El Eternauta, que es memoria dinĆ”mica y siempre actual. Es asimismo una trama en la que la liberación de los pueblos invadidos y dominados por los ā€œEllosā€ del universo es solo imaginable por la existencia del ā€œhĆ©roe colectivoā€, es decir, aquel cuya consistencia es grupal y resulta de la construcción de lazos solidarios, constructivos y amorosos para resistir la opresión y lograr la emancipación.

Ese compromiso militante con la escritura y la política hizo blanco de las peores torturas a su autor, Héctor GermÔn Oesterheld, por parte de la dictadura cívico-militar y eclesiÔstica, que no solo desapareció al escritor, sino también a sus cuatro jóvenes hijas y a dos de sus yernos.

Por la memoria recordamos con dolor, nostalgia y orgullo a estos queridos escritores, que nos ayudaron a pensar, a imaginar, a disfrutar de su talento y a desear otras realidades posibles que tal vez hoy solo habiten el territorio de la siempre realizable utopĆ­a. Esos escritores que nunca se mueren, como dijo Haroldo cuando dedicó un cuento a su tĆ­a HaydĆ©e ā€œpara que nunca se mueraā€, porque ese cuento, dijo, en alguna biblioteca va a sobrevivir, y de acĆ” a cien aƱos alguien lo va a abrir, y ella estarĆ” ahĆ­, viva. Sus palabras construyen memoria y porvenir. Sus palabras, como los anhelos del pueblo, nunca mueren y han imaginado Madres increĆ­bles que son poesĆ­a, lucha y esperanza, e inventado maravillosas Abuelas que, como en un cuento fantĆ”stico, estupendo, fabuloso, recuperan de las pesadillas a los hijos de sus hijos con un beso tierno, una caricia mĆ”gica, eterna e inolvidable.

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