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¿Quién controla realmente la política exterior de los EE.UU.?
Entre operaciones encubiertas, lobbies poderosos y tensiones internas en la Casa Blanca, la política exterior de Estados Unidos aparece como un entramado donde el presidente no siempre parece tener la última palabra. ¿Es Donald Trump quien decide o existe un poder en las sombras que condiciona cada movimiento estratégico en el tablero global?

En el intrincado tablero geopolítico actual, donde cada movimiento militar o diplomático de EE.UU. genera ondas expansivas, persiste un interrogante: ¿quién toma realmente las decisiones en Washington? Donald Trump luce como un presidente desorientado a la hora de definirse sobre situaciones límite que cada vez le quitan margen de maniobra. La retórica ampulosa y amenazante de Donald, que ruge como un león a la hora de plantear una situación política, luego retrocede como un marsupial, saltando de una decisión a otra en 24 horas. Los informes de inteligencia y las acciones sobre el terreno a menudo parecen discordantes, revelando un sistema de poder fragmentado donde influyen desde halcones de seguridad hasta lobbies con agendas propias. Evidentemente hay fuerzas ocultas que moldean la política exterior de EE.UU., desde los ataques coordinados contra los aliados de Irán con la exigencia del lobby israelí, hasta las sombras detrás de la guerra en Ucrania.
Durante años, Irán tejió una red de influencia en Oriente Medio mediante actores intermediarios: Hezbolá en Líbano, los hutíes en Yemen, milicias chiitas en Irak y un régimen aliado en Siria. Este cinturón de seguridad le permitió a Teherán proyectar poder sin confrontar directamente con Israel o con EE.UU. Sin embargo, la Operación Inundación de Al Aqsa de Hamas, en octubre de 2023, marcó un punto de inflexión. Este evento permitió que los “aliados” de Irán, que mantenían a Tel Aviv bajo presión, fueran sistemáticamente atacados. Esta “limpieza” de países protectores de Irán llevó tiempo. La neutralización de estos actores requirió paciencia y operaciones encubiertas de inteligencia, nada dejado al azar. Siguiendo la lógica de los acontecimientos, es evidente la participación coordinada del Departamento de Estado de EE.UU., la CIA, el MI6 británico y, por supuesto, el Mossad israelí.
En junio de 2025, mientras delegados rusos y de EE.UU. discutían un frágil alto el fuego en Ginebra, drones ucranianos impactaron contra aeródromos y líneas ferroviarias rusas, violando el alto el fuego. Casi al mismo tiempo, Israel lanzaba un ataque traicionero sin precedentes contra instalaciones nucleares iraníes, pese a que Teherán y Washington mantenían diálogos secretos sobre energía. Pero Netanyahu desobedeció a Trump y atacó por sorpresa.
La similitud es inquietante: en ambos casos, Estados Unidos negó su participación directa, aunque documentos filtrados muestran que la Casa Blanca autorizó el ataque israelí con 72 horas de anticipación. Cinismo puro.
Respecto a Ucrania, la versión oficial insiste en que actuó por cuenta propia, pero los expertos militares saben que Ucrania no tiene capacidades autónomas para operaciones de precisión, porque requieren satélites, inteligencia de señales y coordinación de la OTAN. Por eso, cuando finalice el conflicto, no va a ser solamente Ucrania, sino la OTAN junto a EE.UU. los que fueron derrotados. Lo que se sabe es que esto refleja un interés estratégico de EE.UU. en ambos conflictos, donde el fracaso diplomático precede a las acciones militares.
En EE.UU., la estructura formal atribuye al presidente, bajo el Artículo II de la Constitución, la máxima autoridad en política exterior y como comandante en jefe. Pero, sin embargo, la realidad es más compleja:
Red de influencias: el presidente depende de agencias como el Departamento de Estado (Marco Rubio), del Pentágono (Pete Hegseth), la CIA (John Ratcliffe) y el Consejo de Seguridad Nacional.
División de intereses: mientras el Tesoro maneja sanciones, el Congreso controla el presupuesto y la declaración de guerra. En la administración Trump 2025, figuras claves como Ratcliffe (CIA) priorizaron amenazas como China y Rusia, utilizando inteligencia artificial avanzada y operaciones encubiertas. No obstante, la politización de la inteligencia y los conflictos internos plantean dudas sobre quién realmente toma las decisiones. Documentos internos filtrados revelan que el 40% de las decisiones claves son bloqueadas o modificadas por el Consejo de Seguridad Nacional (NSC) desde burócratas de carrera y lobbistas, ya sean del CIM o AIPAC (lobby sionista), que ejercen un veto silencioso. O sea que hay dos gobiernos: “el visible y el que firma los cheques”.
Pero si hay alguien que tiene poder es el Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC), uno de los grupos de interés más influyentes de EE.UU., con un poder significativo sobre la Casa Blanca y el Congreso.
AIPAC emplea un enfoque multifacético para ejercer presión, incluida la amplia difusión de información a través de publicaciones como The Near East Report, que se distribuye a todos los miembros de AIPAC y a todos los miembros del Congreso, como así también a los gobernadores y a la Casa Blanca. Este informe proporciona informes claves sobre la próxima legislación, la postura del lobby y las personas percibidas como amenaza a la legislación pro-Israel (?). Históricamente, la organización ha aprovechado el miedo a ser etiquetado como “antisemita” para presionar a los miembros del Congreso y mantiene una “lista negra de enemigos”, individuos que se oponen a su agenda, lo que puede dañar significativamente sus carreras políticas, como por ejemplo usando los archivos del pederasta Epstein.
El lobby que dicta la política en Medio Oriente: mientras Trump anuncia en 2025 un histórico “acuerdo de paz” entre Israel y Arabia Saudita, el comité lobbista de AIPAC movilizaba US$ 32 millones de dólares para campaña CONTRA los legisladores críticos. Y esto es un secreto a voces en los EE.UU.
Control legislativo: el 80% de los proyectos sobre Oriente Medio son editados o redactados por sus abogados.
Armas y veto: bloquean ventas de aviones F-16 a Arabia Saudita mientras aceleran las mismas ventas a Israel.
Listas negras: políticos como Betty McCollum (demócrata) fueron tildados de “antisemitas” por solo pedir auditoría en la ayuda militar. Un consejo que les dan a los congresales entrantes es que no critiquen a Israel si quieren sobrevivir políticamente (?).
La visita de Trump en 2025 culminó con un contrato de armas por US$ 142.000 millones de dólares, incluidos aviones F-35, fabricados por Lockheed Martin, empresa que entre sus accionistas incluye a tres miembros del NSC (“los tuyos, los míos y los nuestros”). Paralelamente, fondos de inversión vinculados a Jared Kushner, yerno de Trump, adquirieron terrenos en zonas estratégicas de Qatar.
La política exterior de EE.UU. es un “campo de batalla” entre el presidente (teóricamente el decisor), las agencias de seguridad (CIA, Pentágono, con agencias propias) y los grupos de presión (AIPAC), y las élites económicas que apoyaron el proyecto. La aparente desconexión entre los poderes con decisión sugiere dos hipótesis:
Maniobra calculada: negación plausible para evitar responsabilidades.
Caos interno: fracturas en el gabinete donde las agencias actúan autónomamente. La más probable.
No nos engañemos: en ambos casos, el resultado es una política exterior fragmentada, donde la retórica pacifista enmascara una maquinaria bélica impulsada por los “halcones”, intereses geopolíticos y… dinero. La política exterior de EE.UU. ya no es un juego de ajedrez, sino un póker donde múltiples actores apuestan sin mostrar las cartas. Mientras tanto, China y Rusia acumulan más poder político sin disparar un solo tiro.
El presidente Trump tiene el micrófono, pero ¿quién escribe el guion? Entre las sombras, una alianza de halcones de seguridad, lobbies y corporaciones parece haber secuestrado el poder decisorio.
Fuente: Prensa Alternativa.
