Se aprueba la nueva ley laboral y algunos gremios resisten en las calles. Se aprueba la nueva Ley de glaciares y unos pocos resisten en las puertas del Congreso. Se reforma la Ley Penal Juvenil aprobando la baja de edad de punibilidad a menores y nadie resiste. La que está siempre preservante, violenta, enceguecida, entregada y reaccionaria…es la represión. Seguridad le llaman. ¿Seguridad en qué? ¿En que el trabajador se queda sin derechos? ¿En que ni agua limpia podremos consumir? ¿En qué niños pobres y adolescentes vulnerados serán confinados, por haber nacido en el momento histórico equivocado? ¿En qué nos han convertido?
“Ante la penosa situación de las finanzas públicas, el proceso de desnacionalización económica y financiera, el ritmo incontenible del proceso inflacionario y su correlativo permanente deterioro del salario, el vaciamiento poblacional del interior, la desocupación alarmante en algunas regiones del país, la quiebra de empresas agobiadas por el peso financiero, los vicios de la estructura de comercialización, la existencia de injustos privilegios, la depresión del mercado interno y el deterioro de vastas regiones del interior del país, el Gobierno Popular entiende que la crítica situación nacional exige (…) la adopción de un compromiso que implica renunciamientos y esfuerzos de todos los sectores sociales de la comunidad, pero que necesariamente deberán ser mayores por parte de aquellos que tienen más capacidad de realizarlos” El enunciado bien podría ser un grito social actual, sin embargo es un fragmento del Acta del Compromiso Nacional, firmado el 8 de junio de 1973, un compromiso que asumieron el Ministro de Economía José Gelbard (del gabinete de Perón), la Confederación General de los Trabajadores (CGT) y la Confederación General Empresarial (CGE). Como podemos presuponer, por la historia que se desarrolló después, este compromiso no se cumplió, los empresarios como siempre reticentes a pagar el costo de la recuperación y los sindicatos urgidos a demandar las necesidades de los trabajadores, mostraron la fragilidad del pacto.
Los reclamos de los trabajadores se hicieron cada vez más intensos, no solo hacia el gobierno sino también hacia los representantes gremiales, que sentían, no estaban a la altura de las circunstancias; en 1974 los obreros metalúrgicos ocuparon las fábricas (Acindar, Marathon y Metcon) con el apoyo de todo el pueblo, en reclamo a su sindicato UOM, por diferencias con la conducción.
En marzo de 1975 se producen los sucesos de Villa Constitución, en el cual el gobierno manda a militarizar varias localidades a orillas del Río Paraná donde estaba un importante cordón industrial, haciendo foco en Villa Constitución, donde intervinieron con una fuerte represión, el día 20 de marzo, que terminó con más de 300 detenidos (comenzaba a palpitarse lo que se vendría tan solo un año después). Según supuesta información que manejaba el gobierno, era allí donde se concentraba la militancia que se fortalecía en sus demandas; la acción fue conjunta entre Policía provincial, Federal, Prefectura e integrantes de la Triple A, toda la cúpula de la conducción de la UOM fue detenida.
La respuesta de los trabajadores no se hizo esperar, se llamó a huelga general en todas las plantas. Fueron 61 días de paro. Cuando los obreros regresaron a sus puestos de trabajo, comenzaron los despidos masivos, las torturas y la persecución (antesala de lo que sería norma durante la Dictadura Cívico-Militar)
En junio de 1975 el gremio de Luz y Fuerza de Córdoba saca un comunicado en relación a los hechos de Villa Constitución “(…) Nosotros creemos y todo el movimiento obrero argentino lo espera, que Villa Constitución, en particular los gremios y las fábricas que enfrentaron lo fundamental de la lucha, sigan adelante. Sabemos por haberlo experimentado en más de una oportunidad en carne propia, que tal camino es difícil pero no por difícil, insuperable. Todo lo contrario: si sabemos aprovechar la experiencia y sabemos afrontar con lucidez y decisión las nuevas situaciones también saldremos adelante con una rica experiencia acumulada que será aún más valiosa para el futuro (…)”
Cincuenta años después podemos asegurar que no se encontró ni la lucidez ni la decisión, en todo el pueblo y que, mucho menos, la experiencia de aquellos obreros fue valiosa para el futuro. El tránsito de los años 90, que detonaron en la crisis del 2001 nos lo demostraron. Pero más que nada nos lo están escupiendo hoy en la cara, cuando se aprueba una reforma laboral que solo dejará a un pueblo empobrecido, destruido y a empresarios nacionales arrastrados ante financistas internacionales. Porque acá no se trata de obreros o empresariado nacional, se trata de empresariado nacional y obreros; de los contrario terminaremos como dice el tango, en un “un despliegue/de maldá’ insolente ya no hay quien lo niegue/vivimos revolcaos en un merengue/y en el mismo lodo todos manoseaos“
La CGT saca el 5 julio de 1975, en los diarios nacionales, una solicitada donde entre otras cosas expresa la necesidad inminente de tomar conciencia sobre la realidad y tal vez con una ilusa esperanza intenta recordarle a la presidencia y también al pueblo trabajador palabras de Perón, cuando en una de sus partes lo cita “ Lo que ocurre en realidad es que por escapar a la evolución e imponer el demoliberalismo capitalista, se están intentando soluciones basadas en la simulación y la falsedad, sin darse cuenta que nada estable y duradero se puede fundar en la mentira. Si se desean evitar males mayores será preciso comprender que el país está viviendo horas decisivas y que de las soluciones que se alcancen dependerá un futuro que puede ser venturoso si somos capaces de proceder con grandeza, o luctuoso si no nos desprendemos de nuestros propios intereses para luchar por la patria” (J.D.Perón). Bueno…sabemos que el futuro inmediato no fue nada venturoso, y fue terriblemente luctuoso: 30 mil detenidos desaparecidos, 400 nietos robados, destrucción de la industria nacional, desarticulación de las instituciones: gremios, sociedades civiles, familia, emigración de toda una generación del pensamiento nacional, entre otros resultados nefastos.
En su libro “El fin del desempleo” (2004) Enrique Martínez dice “La forma de sumarse a la globalización ha dividido a Argentina en dos: quienes se dedican a las actividades que pueden competir en el mundo y quiénes no. Los primeros, en su enorme mayoría vinculados a la explotación de los recursos naturales del suelo y del subsuelo, producen para consumidores de otros países y además su ecuación de producción necesita poca mano de obra. Para los ”integrados” el resto de los compatriotas no somos necesarios ni como productores ni como consumidores.
Entonces ante este panorama ¿Cuál es la salida? En dos momentos históricos: 1976 y 2001 tuvimos salidas diferentes, repasarlas sería un buen ejercicio, que no solo nos va a desempolvar la pereza cognitiva que parece tenemos como ciudadanos, sino que hasta por sanidad mental es buen ejercicio, porque paralizados como estamos en la acción, se nos “pudre la cabeza” literalmente.
En principio poner en orden las prioridades, para escapar de esta realidad no basta con rechazarla, sino que hay que autoanalizarse cuál creemos cada uno de nosotros es la salida posible. Para el actual modelo la salida (supuestamente) es que el desarrollo (y el derrame en la generación de fuentes de trabajo) se logra con el capital inversor, es decir alguien de cualquier lugar del mundo, que con dinero suficiente, decida “invertirla” aquí y no en otro lado.
Ahora bien, otros no creemos en eso. Pero ¿En qué creemos? Y aquí al decir de Martínez “aparecen más silencios que convicciones”
Un camino posible en analizar necesidades de la sociedad (demanda); luego juntarse con otros y otras y pensar en soluciones posibles (grupo emprendedor); posteriormente pensar en quienes están disponibles y dispuestos a poner la fuerza mental y manual (trabajadores), en este último ítem entra en juego un elemento externo sumamente importante, cómo producir (tecnología); finalmente y no menos importante quien o quienes aportan el dinero para el proyecto (capital).
Sin dinero no hay proyecto, eso es ineludible. Es indudable que es un insumo necesario e imprescindible, pero a diferencia del pensamiento liberal, la ganancia del capital inversor no es determinante, sino que es un elemento más dentro del proyecto y en este concepto, lo determinante son los pasos previos en el orden en que se disponen y como se suministra el dinero necesario para llevar adelante el proyecto, que en una red de proyectos tiene que abarcar todo el entramado social, todo el territorio nacional y todas las realidades socio políticas- económicas de cada provincia argentina
La historia nos demuestra una y otra vez que para el empresariado las ganancias no se reparten, pero sí las perdidas; los costos los deben pagar los trabajadores, el esfuerzo lo ponen los trabajadores, los financistas solo miden la baja o suba de sus ingresos, si no los hay las empresas se cierran y el capital se traslada a otro lugar de Latinoamérica, Asia o África, para ellos es lo mismo. Mientras el trabajador, el habitante, el ciudadano se queda aquí con una sola salida: pensar en un proyecto.
Lic. Verónica López
Lic. en Cs. de la Educación

