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Trump y el manual histórico de la intervención imperial
Un repaso histórico y crítico sobre la política expansionista de Estados Unidos demuestra que la ofensiva contra Venezuela no es un hecho aislado: Desde el uso del Destino Manifiesto como justificación ideológica, la acción responde a una larga tradición de intervenciones, saqueo de recursos y construcción de enemigos funcionales a los intereses del poder económico estadounidense.

En el curso de la Historia ha habido personajes que dejaron una impronta en el mundo, que se creyeron depositarios de una predestinación para decidir el destino de su Nación y también de otras, ya sean próximas o allende los mares. Hubo emperadores, reyes, dictadores de toda laya que cometieron toda clase de crímenes de lesa humanidad sin que la conciencia internacional haya hecho manifiesta su indignación. Claro, hubo una época en que no había medios de comunicación, por lo cual sus actos deleznables quedaban marginados de la crítica universal. Pero en esta época, donde las violaciones al Derecho Internacional se ofrecen en vivo y en directo, la comunidad internacional permanece en solo manifestaciones periodísticas, que muchas veces son tergiversadas para ocultar los verdaderos intereses de esos violadores internacionales.
Es así que Donald Trump, acorralado por la desesperación que le causa, primero, la pérdida de la guerra de Ucrania ante Rusia —porque fue EE. UU. el que diseñó, con el acompañamiento de la OTAN, la estrategia para doblegar a Rusia—. Pero, como dice la canción, “se equivocó la paloma… creyó que el mar era el cielo”. Y les fue. Subestimaron a la Federación Rusa y fueron arrasados.
Pero Donald Trump es presidente de un país que desde su fundación, en 1776, se creyó poseedor de un Destino Manifiesto, de que eran los destinatarios universales para salvar al mundo, y con el poder actual en consonancia con ese manifiesto, en la Doctrina de James Monroe, que “dictaminó que América es para los americanos” (claro, para los americanos del Norte). Esta autopercepción fue reforzada en grado sumo por el fundamentalismo religioso calvinista y protestante, que les fue impuesto a su pueblo como instrumento de dominación de sus mentes, lo que ayuda a comprender la irracionalidad de la prepotencia y arrogancia que exhiben sin pudor donde se presenten.
El primer gran saqueo americano, después de masacrar a los pueblos indígenas, en 1845 provoca una guerra con México y le “roba” siete Estados a los aztecas: lo que hoy es California, Texas, Luisiana, Oklahoma, Arkansas, Colorado y Nevada. Eso como para tener en cuenta la política expansionista e injerencista del Tío Sam.
Entre 1946 y 2025, los EE. UU. llevaron a cabo 81 intervenciones conocidas, abiertas y encubiertas, en elecciones extranjeras, como la de Honduras recientemente. Se ha comprobado que en el 12 % de esas intervenciones buscaron reemplazar al régimen “supuestamente antidemocrático” por otro liderado que se subordine a sus intereses. Para mantener en estado colonial “en las sombras”, crearon cerca de 800 bases militares en todo el mundo para reprimir cualquier intento de insubordinación.
Fueron partícipes directos e indirectos en 58 golpes de Estado (¡sí lo sabremos nosotros!). Llegan a considerar una amenaza para la seguridad de EE. UU. cuando se nacionalizan los recursos naturales para no alinearse a la política de EE. UU. Le pasó a Gadafi en Libia cuando quiso nacionalizar el petróleo y crear una moneda “panafricana” fuera del dólar. Le sucedió a Sadam Husein, en Irak, que quiso comercializar su petróleo en euros.
Siempre hay una excusa para justificar lo injustificable. Pero la impunidad era manifiesta y las Naciones Unidas son una membresía al servicio del capitalismo. Siempre las intervenciones de EE. UU. en países extranjeros terminan con la apropiación indebida de los recursos naturales.
Ahora Trump se preocupa en querer invadir la nación más grande de África, Nigeria, porque dice que están persiguiendo y matando cristianos y que su presidente es un dictador. En realidad, lo que quiere Trump es el petróleo, el uranio, el coltán, etc. Porque los EE. UU. solo tienen reservas para cinco años. Y el petróleo de Venezuela alimenta a todo el sur de los yanquis, que han construido refinerías especiales porque el petróleo venezolano es muy “pesado”, con mucho azufre. Si Venezuela corta el flujo de petróleo a través de Chevron, todos los Estados del sur se quedan sin gasolina.
No es verdad que EE. UU. actúe para combatir a un dictador narcotraficante. No existe una sola prueba de ello. Trump acusa a Maduro de narcotraficante cuando es él mismo quien indultó a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, condenado a 45 años de cárcel, a cambio de que le permita la injerencia en las elecciones para que gane el candidato de Trump. Como lo hicieron en Argentina con Milei.
Parece bastante obvio que el petróleo, “la maldición negra” de los países que lo poseen, es el vector central de todo.
¿Qué se puede esperar cuando el Premio Nobel de la Paz (una hipocresía más) se lo concedieron a Henry Kissinger, cuando en 1974, junto al vietnamita Le Duc Tho, quien les dio una lección de humildad al negarse a recibirlo para no parecer cómplice de quien fue la mente criminal más grande del siglo?
Por último, me queda una duda: si Maduro estaba con guardia personal las 24 horas, ¿cómo les fue tan fácil a los comandos de la CIA capturarlo sin resistencia?
¿Maduro fue traicionado?
Continuará…
Fuente: con información de Rebelión
