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Un mundo nuevo y desconocido nacerá al finalizar la guerra en Ucrania (Primera parte)

La guerra en Ucrania es mucho más que un conflicto regional. Detrás del enfrentamiento militar se libra una disputa estratégica por el control del poder global, el fin del orden unipolar y el surgimiento de un mundo multipolar encabezado por Rusia y China.

Ricardo Monetta

6 febrero, 2026

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4:46 pm

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Este es un momento histórico que podría definir el destino de la humanidad. Lo que acaba de suceder no es una partida de ajedrez entre Washington y Moscú. Cualquiera que sea el resultado, será el acto final de un orden mundial que agoniza. ¿Puede Donald Trump cumplir su promesa de terminar esta guerra, o se está dirigiendo hacia la trampa geopolítica más elaborada de la guerra moderna?

Para comprender la complejidad abismal de lo que está sucediendo, debemos remontarnos a las raíces profundas de esta confrontación. Había un visionario hace más de un siglo: Sir Halford Mackinder, un geógrafo británico que profetizó: “quien controle el Heartland euroasiático, controlará el mundo”.

Lo que el Imperio Británico entendía instintivamente, los estrategas de EEUU lo convirtieron en doctrina después de 1945. La OTAN no fue creada para defender a Europa del comunismo soviético. Eso fue la narrativa de portada. La OTAN fue diseñada como el mecanismo de control perpetuo del Heartland, o sea, la herramienta para impedir que cualquier potencia euroasiática, ya sea Alemania, Rusia o China, pudiera consolidar un espacio económico integrado que desafiara la supremacía angloamericana.

Durante décadas esta estrategia funcionó a la perfección. La Unión Soviética implosiona, Alemania se mantuvo como un vasallo próspero pero subordinado, y China parecía destinada a convertirse en la fábrica de manufacturas del mundo occidental.

Pero aquí viene el primer gran error de cálculo de las élites atlantistas. Subestimaron la paciencia estratégica de Rusia y la visión a largo plazo de China. El momento Mackinder llegó cuando, en febrero de 2022, Putin lanzó la operación especial, no para conquistar Ucrania, como repiten mecánicamente los medios occidentales, sino para impedir que el Heartland fuera cercado completamente por las bases de la OTAN. Fue una situación existencial.

Si vemos el mapa de Ucrania, Crimea, Donbass, Zaporiyia y Jersón no son territorios ocupados. Son las llaves geopolíticas que mantienen abierto el corredor entre Rusia y el mundo multipolar que emerge en el Sur Global. Putin dicta el ritmo: cuándo, dónde y cómo se ataca.

Pero hay una parte más fascinante de esta historia. Porque después de muchas conversaciones se llega a la conclusión de que Putin no quiere un acuerdo. Putin quiere una victoria total que redefina permanentemente el equilibrio de poder mundial, y tiene todas las cartas para lograrlo. Por eso no se apresura. Apela a una guerra de desgaste.

Veamos los hechos fríos. Mientras el falso presidente Zelensky ruega por más armas para prolongar el conflicto —porque si no su vida física, militar y política se termina— y Trump promete una paz instantánea que le permita blanquear su participación en la guerra financiando y mandando armas, mientras eso ocurría, Rusia, sobre el campo de batalla, ha demostrado una superioridad tecnológica que ha dejado atónitos a los expertos militares de todo el planeta.

Por ejemplo, el misil hipersónico Oreshkin no solo es un arma. Es un claro mensaje en las dos veces que se utilizó. Ese hecho determinó que la invulnerabilidad de EEUU ha terminado para siempre. Y eso Trump lo sabe, a pesar de su torpeza como estratega.

Cuando Putin recibió durante cinco horas a Steve Witcoff y a Jarrd Kusnher (israelí del Mossad y yerno de Trump) en el Kremlin no fue para escuchar propuestas de paz. Fue para observar cómo el Imperio más poderoso de la Historia le rogaba que aceptara una salida digna a un conflicto que los rusos estaban ganando ampliamente.

Rusia controla más o menos el 20% del territorio ucraniano, no quiere más, ha desmilitarizado las Fuerzas Armadas de Kiev, ha destruido la infraestructura energética del país y ha demostrado que la OTAN es incapaz de fabricar armas y municiones para sostener una guerra de desgaste prolongada. ¿Por qué habría Putin de negociar un simple acuerdo de paz desde una posición de fortaleza absoluta?

Aquí es donde la historia se vuelve históricamente maquiavélica, y lo que pocos entienden es que estamos presenciando no una, sino tres guerras simultáneas.

La primera guerra es la que todos ven: Rusia vs. Ucrania. Pero esto es solo la superficie mediática, el teatro de operaciones visible. En realidad, Kiev dejó de ser un actor independiente en el momento en que su ejército fue integrado a la estructura de la OTAN. Los generales ucranianos reciben órdenes directas del Pentágono. La inteligencia ucraniana opera bajo la supervisión de la CIA y las decisiones estratégicas se toman en Washington y no en Kiev. Zelensky, en el mejor de los casos, es el rostro público de una operación que trasciende completamente las fronteras ucranianas.

Esto explica por qué cada contraofensiva ucraniana sigue exactamente los manuales de guerra de la OTAN. ¿Por qué las tácticas empleadas son idénticas a las que EEUU aplicó en Irak y Afganistán? ¿Y por qué el fracaso de estas operaciones ha sido tan estrepitoso? Los generales de EEUU están aplicando doctrinas militares diseñadas para enfrentar insurgencias del tercer mundo contra el segundo ejército más poderoso del mundo: Rusia.

Es como intentar cazar un oso siberiano con una pistola de aire comprimido.

Luego tenemos la “segunda guerra”, que es muy importante: EEUU versus Europa. Y aquí viene uno de los aspectos más siniestros de esta operación. Trump ha logrado lo que generaciones de estrategas de EEUU soñaron desde el Plan Marshall: la desindustrialización completa de Alemania y la subordinación total de Europa Occidental.

El sabotaje de los gasoductos de Nordstream no fue un acto de guerra contra Rusia. Fue la decapitación energética de la economía alemana. Hay que pensar en la geometría del poder. Alemania era la economía más competitiva de Europa precisamente porque combinaba tecnología de avanzada con energía barata rusa. Esa combinación representaba una amenaza existencial para la supremacía industrial de EEUU.

Estos atentados fueron un golpe mortal para la industria alemana. Tuvieron que importar gas de EEUU a un precio tres veces más caro que el gas ruso. Hoy las industrias germanas migran hacia otros escenarios, sobre todo EEUU, buscando energía más barata, tal como lo planearon los arquitectos del Project for the New American Century hace dos décadas. Por ejemplo, BAS, el gigante químico alemán, ha transferido sus operaciones a China y EEUU. Volkswagen cierra plantas en Alemania por primera vez.

Pero la tercera guerra es la que definirá el futuro de la humanidad: la lucha entre el orden unipolar moribundo y el mundo multipolar que emerge.

Y en esa batalla, Putin y Xi Jing Ping han jugado una partida magistral que podría enseñarse en academias militares durante muchos años. El genio de la estrategia ruso-china radica en su perfecta sincronización temporal. Mientras Rusia “absorbe” la energía militar occidental en Europa del Este (Ucrania), China completa silenciosamente la construcción de la infraestructura económica del siglo XXI.

No es coincidencia que la Ruta de la Seda haya alcanzado masa “crítica” precisamente durante los años de máxima tensión en Ucrania. Mientras Washington se obsesionaba con contener a Rusia, Beijing construyó silenciosamente la infraestructura del nuevo orden mundial.

El puerto de Chancay, construido por los chinos en Perú, es el más grande de las Américas y unirá las economías de Brasil con las asiáticas. La Ruta de la Seda no es un proyecto de desarrollo: es el sistema nervioso de las economías postoccidentales. Cada puerto construido en Sri Lanka, cada ferrocarril tendido en África, cada gasoducto instalado en Asia Central es una arteria del nuevo sistema circulatorio global que pasa completamente por fuera de las instituciones occidentales.

Cuando Irán, Arabia Saudi y los Emiratos Árabes se unieron a los BRICS Plus, no solo se incorporaron a un club económico: firmaron la defunción del petrodólar. ¿Por qué? Porque los tres mayores productores de petróleo de Oriente Medio comercian ahora en rupias, yuanes y rublos, dejando de lado el dólar. Esta es la geometría del poder energético diseñada por China y Rusia.

Continuará

Fuente: con información de Prensa Alternativa

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