Eran las cuatro y media de la tarde de un 23 de julio de 1935 cuando fue asesinado Enzo Bordabehere. Las balas del sicario Ramón Valdez Cora, matón del Partido Conservador, iban dirigidas a Lisandro de la Torre, quien desarrollaba una investigación sobre la evasión impositiva que los frigoríficos ingleses realizaban con la connivencia del Gobierno Nacional, producto de los acuerdos del Pacto Roca-Runciman. Una denuncia, en el Senado, de corrupción durante la Década Infame.
El escándalo crecía y el presidente fraudulento Agustín P. Justo se inquietaba porque el violento episodio dejaba al desnudo la trama de corrupción de su gobierno con los poderes locales y el Imperio Británico. Así trasladó su recelo a Natalio Botana, director del diario Crítica, el periódico de mayor tirada del país, quien de inmediato resolvió el asunto: 35 tapas consecutivas sobre la muerte de Carlos Gardel y ni una sola mención a la trágica muerte de Bordabehere sirvieron para distraer a la opinión pública. En esos meses no se habló de otra cosa que del destino fatal del Zorzal Criollo.
Esos “periodistas” que ocultan la verdad que los atañe quiere el poder.
El espectáculo más reciente quedó reflejado en la triste escena en la que un asesor del Presidente corrigió una pregunta realizada por el entrevistador en una función paródica para esconder una estafa virtual. El “periodista” no solo aceptó el cuestionamiento, también se disculpó. Esos son los “comunicadores” que necesita el poder. No quiere a los críticos, objetivos pero no imparciales, como decía Jorge Masetti.
En la dictadura cívico-militar la censura y la persecución se expresaron en el secuestro, tortura y desaparición de al menos 223 periodistas, cuyo caso emblemático fue el de Rodolfo Walsh, secuestrado, asesinado y desaparecido un día después de haber difundido clandestinamente la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, que denunciaba el proyecto genocida de implantar, a través del terror, la miseria planificada de los trabajadores.
El retorno a la democracia de la sociedad argentina valoró la libertad de expresión como un pilar fundamental del sistema; por eso preocupa hoy, en nuestra ciudad, el ataque brutal por parte del intendente Francisco Azcué expresado a través del cierre de la radio pública, la expulsión de periodistas críticos y el agravio gratuito dirigido a este diario y a su director con un gesto autoritario y antidemocrático para disciplinar y acallar voces.
Sin embargo, la libertad —la auténtica— aquella que encarna la verdad, la justicia y la dignidad del hombre, es imposible de maniatar por el silenciamiento y las imposiciones arbitrarias.






