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Murió Lita Boitano, la sonrisa del movimiento de derechos humanos

La dictadura secuestró a sus dos hijos, la forzó al exilio y nunca pudo arrancarle la alegría. Peronista, bostera y con los dedos en "V", Lita pedía que la despidieran cantando un buen tango.

6 junio, 2024

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10:17 am

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Solo atinó a persignarse cuando vio que el auto enfilaba hacia ella. Cerró los ojos. Pensó que era el final, pero el coche dobló. Volvió a mirar, pero no podĆ­a creer lo que acababa de ver. Dos hombres habĆ­an metido en el asiento trasero a su hija. En menos de un aƱo, la dictadura le habĆ­a arrebatado a sus dos hijos. Los buscó con desesperación desde Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones PolĆ­ticas –el organismo que presidĆ­a–, pero poco pudo reconstruir de lo que habĆ­a pasado con ellos. A los 92 aƱos, murió este jueves Lita Boitano, la militante del movimiento de derechos humanos que tenĆ­a la sonrisa grabada en el rostro y los dedos en ā€œVā€.

Angela Catalina Paolín nació el 20 de julio de 1931 en Buenos Aires. Su mamÔ había llegado embarazada desde el Véneto. A su papÔ biológico no lo conoció. En algún momento, lo describió como el primer desaparecido de su vida. Con el tiempo, su madre formó pareja con Emilio, un albañil laburador que ejerció el rol paterno.

Cuando entró al secundario, Lita no escondía su simpatía por el peronismo. Cursó sus estudios en el comercial Antonio Bermejo, en Callao al 600. En algún momento pensó que quería ser contadora, pero terminó desechando la idea. Lo que mÔs le gustaba era el trato con la gente.

Se crió en el Pasaje Bernasconi de Caballito. Allí tenía su taller Antonio Berni, que la retrató en una de sus pinturas. Rodolfo Walsh era otro de los que frecuentaba el lugar. Lita se casó a los 20 años con Miguel Boitano. El 19 de diciembre de 1952 dio a luz a su primera hija, Adriana Silvia Boitano en el sanatorio Anchorena. Para 1955, los tres se mudaron al departamento de la calle Mansilla. El 1 de enero de 1956 nació Miguel Boitano.

Adriana y Migue estudiaron en un colegio bilingüe italiano. Con los años le recriminaron la elección: era una institución a la que iban los hijos de los ejecutivos de grandes empresas y ellos eran hijos de una ama de casa y un empleado. En 1968, Lita quedó viuda con 37 años.

Adriana cursó Letras y Migue, Arquitectura en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Los dos se relacionaron con la militancia en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). A Migue se lo llevaron el 29 de mayo de 1976 –dĆ­a del EjĆ©rcito. Lita lo esperó, pero jamĆ”s regresó a casa. MarĆ­a Rosa, la novia de Migue, pasó a buscarla. Salieron. DespuĆ©s se enteraron de que una patota habĆ­a ido a la casa de Lita y se habĆ­a llevado a un matrimonio vecino.

Lita le avisó a Adriana por carta que Migue estaba desaparecido. Ella estaba casada y vivía en Brasil. Después de una visita de su mamÔ y de su cuñada, decidió volver con ellas a Buenos Aires. Las tres vivieron en un hotel hasta que lograron alquilar un departamento en Villa Devoto. Lita trabajaba en un consultorio y Adriana se desempeñaba como secretaria bilingüe.

Una tarde agosto de 1976 Lita se quedó sola en el departamento. Adriana y María Rosa salieron. Ella se bañó y se acostó. En un momento sintió un dolor fuerte en el corazón y una sensación de tristeza la embargó. Para ella, ése fue el momento en que mataron a Migue, su hijo de 20 años.

La militancia

En enero de 1977, una madre –Beatriz ā€œKettyā€ Aicardi de Neuhaus– se comunicó con Lita para avisarle que habrĆ­a una reunión importante en Callao y Corrientes. AllĆ­ tenĆ­a su sede la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH). Al poco tiempo, Lita se sumó a Familiares –que funcionaba en ese mismo lugar. Una compaƱera le hizo el habeas corpus para reclamar la aparición de Migue.

Recorrió distintas dependencias para encontrarlo. Fue sobre todo a la iglesia Stella Maris –la que estĆ” ubicada frente a los tribunales de Comodoro Py. AllĆ­ se sometĆ­a al sadismo de monseƱor Emilio Graselli.

–¿En quĆ© libro estarĆ” su hijo, seƱora? ĀæEl de los vivos o el de los muertos?

Ella temblaba y el cura le decĆ­a: ā€œNo lo busque mĆ”sā€.

El 24 de abril de 1977 fue a misa con Adriana. Su hija tenĆ­a una cita. Lita le dijo que iba a acompaƱarla. Adriana presentĆ­a que algo no andaba bien y, en el camino, le dijo: ā€œMamĆ”, yo a lo Ćŗnico que le tengo miedo es al dolorā€. La secuestraron frente a los ojos de Lita a pocos metros de Plaza Irlanda.

Al día siguiente, Lita llegó a Familiares con alaridos de dolor. La dictadura se había llevado también a su hija mayor. Ella se dedicó de lleno a la búsqueda y a la denuncia. Dejó el consultorio en el que trabajaba. No aguantaba mÔs simular. No soportaba mÔs escuchar: «Lita sí que no tiene problemas, ella siempre anda con una sonrisa».

Jugarse la vida

Junio de 1978: el Mundial de FĆŗtbol lo tapa todo. Lita y Graciela Lois –una compaƱera de Familiares– consiguen entradas para el partido entre Alemania e Italia. Las mujeres recorren el Estadio Monumental dejando obleas y volantes que denuncian que la dictadura mata y desaparece. Se meten en la boca del lobo, pero saben que tienen que hacerlo.Ā 

A los pocos meses, se hace la tercera conferencia del episcopado en Puebla, MƩxico. Juan Pablo II ya era Papa. Y para los organismos era una oportunidad para hacerle saber lo que pasaba en el paƭs. En Familiares, eligieron a Lita para representarlos.

Antes de salir para MĆ©xico, la cita Julia –una compaƱera del organismo– y le pide que lleve a un muchacho con ella. Lo que no le dice es que los dos estaban secuestrados en la Escuela de MecĆ”nica de la Armada (ESMA) y que la patota tambiĆ©n viajarĆ­a para intentar capturar a la cĆŗpula de Montoneros.

Lita no puede volver al paƭs. Los compaƱeros la mandan a Europa para evitar que ella tambiƩn sea secuestrada. Pasa por Francia, Holanda y finalmente llega a Italia. Para vivir tiene que cocinar y planchar. Se acerca al feminismo, entiende la necesidad de las mujeres de decidir sobre sus propios cuerpos y hasta acompaƱa a una compaƱera a practicarse un aborto.

En Italia, Lita hace de todo para denunciar los crímenes de la dictadura: es parte del grupo que busca contactarse con el Papa, lleva adelante un ayuno y logra que finalmente Juan Pablo II hable del drama de los desaparecidos en la Argentina. Conforma también la comisión de familiares de italianos.

Volver

El 15 de diciembre de 1983, Lita se tomó un avión desde Italia. Estaba esperanzada con la democracia que acababa de volver. Al día siguiente aterrizó en Buenos Aires. La esperaba su mamÔ, que durante su exilio había ocupado su lugar en Familiares.

La demoraron en el aeropuerto por la cantidad de equipaje que traía. Ella contestó que eran los papeles con todo lo que había hecho en Italia por los desaparecidos.

–ĀæLe retenemos todo, seƱor?–preguntó una empleada de la Aduana.

–No, de ninguna manera– le respondió su jefe.

Lita subió a un auto y pidió pasar por Familiares, que funcionaba en su sede de Buenos Aires. Finalmente iba a reunirse con sus compañeros, con esa segunda familia que había forjado a base de perder a los suyos.

La democracia no le trajo respuestas sobre el destino de sus hijos. Cuando se cumplieron 25 años de la desaparición de Migue, publicó un recordatorio en PÔgina/12. Tenía esperanzas de que alguien viera su cara en el diario y lo recordara de algún centro clandestino.

A Mario Villani, sobreviviente de la dictadura que deambuló por cinco campos de concentración, le preguntó cuĆ”nto tiempo pudieron haber estado vivos sus hijos. Con esos retazos iba tratando de reconstruir la historia de su desgarro. Ā«No es que nosotras seamos las grandes madres –le dijo aƱos atrĆ”s a Memoria Abierta en un testimonio en el que recordó su bĆŗsqueda–. Es que nuestros hijos se lo merecĆ­anĀ».

El Ćŗltimo tango

Tuvo una relación cercana con el Papa Francisco, a quien le pidió que abrieran los archivos de la dictadura. Escuchaba misa, pero se permitía ciertas licencias. Contaba, divertida, que le había dicho a un pÔrroco que ya no rezara por ella porque la última vez que lo había hecho se había roto la cadera.

Cuando cumplió 90 años, sus compañeros de militancia le regalaron una serenata. Antes había recibido un llamado en vivo de Víctor Hugo Morales. Tenía la radio clavada en la AM750. Tuvo otros saludos que la emocionaron. Entre ellos, el de Cristina FernÔndez de Kirchner. Sus 92 años los festejó en el club de sus amores, Boca Juniors. Sopló las velitas junto a Graciela Lois y Taty Almeida.

Estuvo hasta sus Ćŗltimos dĆ­as en la casa de la calle Mansilla –donde habĆ­a vivido con sus hijos. Conservaba sus discos. Y tenĆ­a sus fotos distribuidas por el departamento. En los Ćŗltimos meses, habĆ­a comenzado con cuidados paliativos. En el fin de semana, su salud se complicó con un cuadro respiratorio. Murió en el Hospital Italiano.

La Legislatura porteƱa la distinguió como ciudadana ilustre. Lita –que se reĆ­a de la muerte– bromeaba con sus compaƱeros que, a partir de ese premio, iba a poder ser velada allĆ­. Eso sĆ­, pedĆ­a que la despidieran con un buen tango.

Lucƭa Bertoia para PƔgina 12

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