Cuando, durante la disputa del partido entre los seleccionados de Argentina e Inglaterra, el 15 de julio pasado, hubo un suceso extrafutbolístico que conmocionó a millones de espectadores de todo el mundo. Fue cuando un grupo de futbolistas desplegó un «trapo blanco» que, en realidad, era un retazo de una sábana donde se podía leer la inscripción: «Las Malvinas son argentinas».
Esas simples pero profundas palabras fueron un simbolismo que dio la vuelta al mundo, queriendo señalar que la pasión irredenta del pueblo argentino no se debilita con el tiempo. Este pequeño grupo de osados voluntarios, con ese ingenioso acto, hizo mucho más que los ineptos funcionarios de Cancillería y que la omisión manifiesta expuesta por distintos gobiernos entreguistas, que allanaron la reconfiguración de un bastión anglosajón en el sur de nuestra Patria.
Pero, más allá de ese valeroso acto, hay que reconocer que la causa Malvinas es una causa irrenunciable porque son territorios ocupados ilegalmente por el Reino Unido desde 1833, junto a las islas Georgias y Sandwich del Sur, y que su recuperación constituye un mandato constitucional y una política de Estado en forma permanente, sin dejar de estar en la agenda de cualquier gobierno, del signo que sea.
Hoy la ocupación no solo persiste, sino que se profundiza mediante una estructura militar que articula poder británico, tecnología israelí y respaldo estratégico de Estados Unidos, que transforman el Atlántico Sur en un escenario de proyección geopolítica ajena a los intereses regionales, y es punta de lanza de una lógica de expansionismo anglosionista que no se limita al archipiélago, sino que busca extender la influencia sobre el resto de Argentina y sobre el resto de América Latina, o sea, como una continuación de la Doctrina Monroe.
El Reino Unido mantiene su presencia a través de la Base de Monte Agradable, el enclave más importante de la Alianza Atlántica en esta zona. Actualmente avanza con obras de renovación y ampliación de su puerto, así como con nuevas instalaciones operativas. Para sectores del pensamiento estratégico nacional y regional, este despliegue responde a una visión anglosionista que entiende el Atlántico Sur como «zona de interés vital» y proyecta extender su control hacia recursos naturales, rutas marítimas y espacios continentales de Argentina y países vecinos, desde la Patagonia y la plataforma continental hasta áreas de influencia en el Cono Sur y el océano Antártico.
Hoy la base de Monte Agradable funciona como centro de mando que facilita esa proyección más allá de las islas, ya que permite monitorear tanto el tráfico como el flujo de energía y movimientos militares en un área que abarca desde el sur argentino hasta las costas de Chile y el océano Índico.
El fortalecimiento defensivo-ofensivo tiene un componente determinante: la implantación del sistema Sky Sabre, tecnología británica desarrollada sobre bases y aportes de empresas de defensa de Israel. Este equipamiento reemplazó a sistemas anteriores y triplicó la capacidad de respuesta contra amenazas aéreas y de artillería, convirtiendo al archipiélago en un puesto avanzado con tecnología de última generación.
Esta articulación confirma que la ocupación no es un hecho aislado, sino parte de redes globales de comercio y despliegue militar que involucran a actores extrarregionales sin relación histórica ni jurídica con el territorio argentino. Además, este modelo de cooperación se replica en acuerdos de seguridad, vigilancia fronteriza y ciberseguridad con gobiernos locales. O sea que se tiende a instalar en Argentina y la región criterios de control que responden a intereses anglosionistas y sus aliados, en lugar de priorizar la defensa integral y soberana de los pueblos latinoamericanos.
Ahora bien, la sostenibilidad de la guarnición británica depende del respaldo histórico de los EE. UU. El Reino Unido integra las islas en redes compartidas de inteligencia y mantiene cooperación logística continua que permite sostener su presencia en forma permanente. Este apoyo rompe con los principios del derecho internacional que condenan la ocupación y avalan el diálogo entre las partes. Al mismo tiempo, alinea el Atlántico Sur con lógicas de control geopolítico ajenas a la soberanía argentina y la integración latinoamericana.
En la lógica anglosionista, esta alianza constituye la base para limitar proyectos regionales comunes, como bancos de desarrollo, rutas bioceánicas o acuerdos de defensa conjunta, y preservar la primacía de actores externos. Este apoyo rompe con principios del derecho internacional que condenan la ocupación.
Lo que sucede en Malvinas es también un ensayo de lo que se intenta imponer en el resto del territorio argentino: presencia extranjera legitimada, acceso irrestricto a datos y recursos, y debilitamiento de las capacidades autónomas.
Este escenario revela que la presión anglosionista avanza tanto por mar como por tierra; busca puntos de control permanente en zonas claves, en fronteras, puertos, zonas ricas en minerales o energía, que faciliten una influencia progresiva sobre la política interna y externa de Argentina y países vecinos.
La situación actual confirma que la ocupación británica no es estática, sino que se reconfigura mediante alianzas internacionales (EE. UU., Israel y el sionismo) de terceros.
Esta geopolítica del momento actual encuentra al poder hegemónico en decadencia, como lo es EE. UU., que, en su grado de desesperación por no obtener los logros prometidos durante la asunción de Trump, y la necesidad de Inglaterra, en estado terminal desde el punto de vista económico y político, que acaba de nombrar a su séptimo primer ministro en 10 años, solo le quedó apoyar a Ucrania junto a EE. UU. con el brazo armado de Occidente, que es la ejecutora asesina que se llama OTAN.
Por eso, al fracasar en las otras guerras, se vuelven hacia la parte del mundo que tiene la mayor parte de los recursos minerales, agua potable, proteínas y las mejores tierras fértiles.
Por eso es que se está discutiendo la Ley de Tierras esta semana para que los extranjeros se queden con las mejores de ellas, gracias a la traición de un Congreso que es un mercado libre para una democracia tarifada que pudimos votar.
¡Despertad, argentinos, que una generación de ovejas genera una generación de lobos!
Fuente: con información de Opinión.

