Alguna prensa de EE.UU. y algunas intervenciones en las redes sociales afirman que se trata de una nueva huida de nazis derrotados a Sudamérica. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, muchos criminales nazis escaparon a Sudamérica (y hay documentados 4.200). En muchos casos lo hicieron con apoyo de los gobiernos locales, pero ninguno de esos gobiernos lo hizo público. Pero cuando terminó la guerra se puso en marcha una verdadera “cacería” de los más capaces en tecnología y otras ramas de las ciencias, aparte de los criminales ya mencionados. Fue así como los EE.UU. reclutaron al científico Wernher von Braun, que hizo posible el aterrizaje en la Luna. A la Argentina arribó Ronald Richter, a quien el gobierno peronista le financió durante años un proyecto de producción de energía por medio de la fusión de isótopos de hidrógeno, que luego se reveló como puro engaño.
Pero, yendo a Peter Thiel, unos días antes de su llegada a la Argentina, el 28 de mayo, titula que Thiel estaría trasladando su residencia por miedo a que una derrota republicana modifique la tasa de impuestos a los multimillonarios en EE.UU. y les obligue a pagar más impuestos. Mientras que The Nation publicó un dato desconocido: la existencia de un Sistema de Alerta Temprana contra el Apocalipsis. O sea, contra el peligro de que el mundo estalle. Este sistema mide la cantidad de jets privados volando en un primer momento determinado, en la hipótesis de un apocalipsis nuclear, y todos los billonarios saldrían a volar hacia sus bunkers privados.
Pero mucho más acertada es la descripción que hace la economista italiana Francesca Bria en “La Vanguardia”, de España, el 2 de noviembre de 2025. Según ella, no hay nazis ni ladrones de bancos (yo diría que sí hay bancos ladrones) en su análisis y tampoco billonarios volando al paraíso. Lo que hay, y es mucho peor, es la construcción de un complejo tecnológico autoritario, consistente en una infraestructura planetaria de vigilancia, de la que los recientes contratos de Palantir con el Departamento de Defensa de EE.UU. son una buena muestra.
Esos contratos, y la propia figura de Thiel, no son fenómenos aislados, sino un proyecto global: la derecha tecnológica autoritaria de Silicon Valley que no teoriza sobre un nuevo mundo, sino que ya lo está construyendo.
Ese mundo ha heredado la democracia apenas como una interfaz, que puede y debe ser modificada por razones de estabilidad, y para fingir contigüidad, pero está siendo vaciada y reemplazada. La autoridad política ejercida a través de instituciones democráticas cede al control técnico ejercido por agentes privados.
Esto no es privativo de EE.UU., donde los contratos de Palantir han depositado en sus manos, directamente, el control digital de la deuda. En Europa, al mismo tiempo que las instituciones de Bruselas debaten sobre el control digital o sobre el uso de las redes sociales por los jóvenes, los gobiernos transfieren a Palantir el control de funciones gubernamentales centrales; por ej.: el del NHS británico, por lo que Thiel tiene el dominio de las historias clínicas de todos los ciudadanos británicos.
Las infraestructuras críticas del Estado están siendo reemplazadas y reinstaladas en cinco dominios estratégicos: información de la población, suministro monetario, defensa, comunicaciones orbitales y energía, que constituyen los fundamentos mismos del control democrático.
En resumen: Thiel y Palantir controlan nada más y nada menos, el sistema operativo de las grandes potencias occidentales. Las preocupaciones por la organización algorítmica de los consumos culturales y de la propaganda política parecen, a esta altura, una mera fantasía infantil.
Ahora bien, el desembarco de Peter Thiel en la Argentina no es tampoco el resultado de un impulso místico ni la mera fascinación por la retórica de Javier Milei. Es una operación logística conformada por una red de intermediarios, asesores y “think tanks” de la ultraderecha internacional. Detrás de los saludos protocolares y las fotos oficiales en Casa Rosada funciona una infraestructura de mediación que une en forma directa a Silicon Valley con Buenos Aires.
Además, el verdadero interés de este entramado supera los alineamientos ideológicos; responde a un cálculo geopolítico sobre las condiciones materiales excepcionales que hoy ofrece la Argentina, transformando al país en la vanguardia experimental de un capitalismo tecnológico radicalizado.
Para la mirada extractiva de Thiel y sus socios, el territorio argentino ha ingresado en el radar global como un laboratorio de bajo costo y alta disponibilidad de recursos críticos.
En primer lugar, el país representa una confluencia única de energía barata e infraestructura en desarrollo. El despliegue de la explotación de Vaca Muerta y el potencial energético a gran escala se ofrecen como el combustible ideal para la industria más codiciosa de la era digital: la computación de alta intensidad.
Los centros de datos globales, pilares de la I.A. y el procesamiento masivo de firmas como Palantir, requieren un gran suministro masivo, continuo y, sobre todo, desregulado (?) O sea que Argentina pone sobre la mesa esa matriz energética a precios de liquidación, sumada a una reserva estratégica de recursos naturales NO renovables, como el litio y los minerales de las tierras raras, indispensables para la infraestructura de “hardware” global.
Ya no es visto aquí meramente como un proveedor de materias primas tradicionales, sino como la base material, energética y espacial que sostiene el almacenamiento de la “nube” del Norte Global supremacista.
El factor definitivo que cierra este mapa es la existencia de una administración local entreguista, dispuesta a desmantelar cualquier control o regulación con tal de “servir al amo” del Norte. Hay que hacer notar que, en la filosofía de Peter Thiel, la democracia tradicional es vista como un obstáculo burocrático que asfixia la innovación.
Él prefiere un Estado gestionado como una corporación privada, sin sindicatos, ni regulaciones ambientales y SIN interferencias fiscales. Bajo el experimento libertario de Javier Milei, Argentina se ofrece para lo que guste mandar “patrón”.
La derogación de normativas, la flexibilización de contratos y la apertura irrestricta a la inversión extranjera actúan como las garantías constitucionales de un ensayo extremo. El país deja de comportarse como un Estado soberano para ofrecerse como una zona franca total, un espacio de pruebas donde testear las utopías de Silicon Valley, desde el espionaje predictivo estatal hasta las primeras aproximaciones a las “startup cities”, con un costo nulo para los inversores.
La actividad social de Peter Thiel es intensa. Se reunió con toda la plana mayor del gobierno en su mansión de U$S 12 millones de dólares. También organizó una reunión social con miembros de la élite económica local, con los que debatió acerca de su obsesión religiosa con el Anticristo (?) calificativo que incluye al Papa León XIV.
También se reunió con Juan Grabois, con quien conversó sobre la reciente encíclica del Papa, “Magníficas Humanitas”, en las que justamente cuestiona los avances de los controles digitales y la dependencia de las inteligencias artificiales.
El 4 de junio, Milei publicó una extensa nota en el Financial Times, firmada por su ministro Federico Sturzenegger, en la que proclamaba a la Argentina como el territorio más desregulado del mundo (a la entrega la llama desregulación) e invitaba a erradicar empresas tecnológicas, incluso aquellas que no fueran organizadas por seres humanos, sino por I.A., por lo que envió al Congreso un proyecto de modificación de la ley que regula las sociedades comerciales.
Posiblemente lo peor del texto de la ley es que invocan como argumento el antecedente de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales de 1602, que colonizó la actual Indonesia siendo una compañía sin Estado. Para estos “intelectuales de Disney”, la relación de la compañía con el colonialismo y la esclavitud de millones de seres humanos no parece ser un contraargumento.
El problema es exactamente ese: el carácter depredador de un ultracapitalismo profunda y deliberadamente tradicional y antidemocrático, que se diferencia del autoritarismo tradicional, que depende de la movilización masiva y de la violencia estatal. En cambio, este sistema opera mediante infraestructura tecnológica y coordinación financiera, haciendo que la resistencia no solo parezca difícil, sino arquitectónicamente obsoleta.
La Argentina de Milei no sería entonces un refugio para evasores de impuestos, ni un paraíso alejado de la guerra nuclear. Es muy probable, pero peligroso, un simple campo de prueba DONDE poder desplegar el verdadero apocalipsis de dominación.
Fuente: Opinión

