Existe una paradoja que comienza a atravesar a la sociedad argentina y que puede convertirse en uno de los fenómenos políticos más importantes de los próximos años. Los jóvenes fueron protagonistas centrales del fenómeno que llevó a Javier Milei a la Presidencia de la Nación. No fueron solamente electores: fueron, en buena medida, el combustible cultural de aquella ruptura.
En 2023, mientras buena parte de la política tradicional intentaba interpretar qué estaba sucediendo, una generación cansada de la inflación, las crisis recurrentes, la falta de oportunidades y los discursos que ya no la representaban encontró en Milei una expresión de rebeldía.
Los estudios previos al balotaje ya mostraban claramente esa tendencia. Una encuesta de Explanans ubicaba a Milei con el 61,2% de intención de voto entre los jóvenes de 18 a 30 años, frente al 37,4% de Sergio Massa. Otros relevamientos coincidían en señalar al voto joven como uno de los pilares fundamentales de la construcción libertaria.
Muchos de esos jóvenes no votaron solamente un programa económico: votaron contra algo. Contra la inflación, contra una política que consideraban envejecida, contra la dificultad de acceder a una vivienda, contra empleos que no permitían independizarse y contra un país donde estudiar, trabajar y esforzarse había dejado de garantizar movilidad social. Votaron, esencialmente, buscando futuro.
Casi tres años después aparece una pregunta inevitable: ¿ese futuro llegó?
Los últimos datos conocidos obligan, como mínimo, a discutirlo. Un reciente informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina muestra una realidad profundamente preocupante: entre los jóvenes de 18 a 25 años, solamente el 14,2% posee un empleo formal; el 22,5% se encuentra en empleos irregulares, changas, actividades intermitentes o atravesó recientemente el desempleo; otro 10,7% lleva más de seis meses sin trabajo y el 36,6% permanece económicamente inactivo. En conjunto, prácticamente siete de cada diez jóvenes se encuentran inactivos, desempleados o vinculados a empleos irregulares.
Gráfico 1. Inserción laboral de jóvenes de 18 a 25 años

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El problema se vuelve todavía más grave cuando se observa la relación entre trabajo y educación. Solamente el 26,6% puede dedicarse exclusivamente a estudiar, un 39,7% trabaja pero no estudia y apenas el 13% consigue estudiar y trabajar simultáneamente. Mientras tanto, el 20,7% de los jóvenes directamente no estudia ni trabaja.
Gráfico 2. Cómo se reparten los jóvenes entre estudio y trabajo

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Detrás de esos promedios aparece una desigualdad todavía más profunda: entre los sectores socioeconómicos más bajos, la proporción de jóvenes que no estudia ni trabaja alcanza el 34,2%, mientras que en los sectores medios altos es apenas del 8,3%. El lugar donde una persona nace continúa condicionando demasiado el lugar al que puede llegar, y ese es probablemente uno de los mayores fracasos que puede tener una sociedad.
Sería intelectualmente incorrecto atribuir toda la precariedad juvenil al actual Gobierno. Argentina arrastra desde hace muchos años problemas estructurales de informalidad, baja productividad, estancamiento económico y dificultades para incorporar a los jóvenes al empleo formal.
Gráfico 3. La desigualdad social condiciona el destino de los jóvenes

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La propia UCA describe este deterioro como un proceso de largo plazo. Pero reconocer la herencia recibida no significa eximir al presente de sus responsabilidades, porque un gobierno debe ser evaluado no solamente por los problemas que recibió, sino también por los problemas que comienza a resolver.
Y los datos recientes del mercado laboral muestran señales preocupantes. Según un informe del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA y el CONICET, basado en datos del INDEC, la informalidad laboral alcanzó el 44,2% de los ocupados durante el primer trimestre de 2026, dos puntos porcentuales más que un año atrás. La UCA, por su parte, encontró que entre 2023 y 2025 aumentó el peso del sector microinformal dentro del empleo y que la precariedad laboral pasó del 51,9% al 54,5% de los trabajadores relevados.
Puede existir estabilidad fiscal, puede descender la inflación y puede ordenarse la macroeconomía. Todo eso es necesario. Pero ninguna estabilización económica puede considerarse completa mientras millones de argentinos —y especialmente los más jóvenes— permanezcan fuera del empleo productivo, formal y bien remunerado. La estabilidad debe ser el punto de partida del desarrollo, no su punto de llegada.
La otra dimensión del problema es la educación
Durante décadas, uno de los grandes mecanismos de movilidad social argentina fue relativamente sencillo de explicar: una familia trabajadora podía imaginar que sus hijos, mediante la educación pública y especialmente la universidad, alcanzarían una situación económica y profesional mejor que la de sus padres. Ese contrato social comenzó a deteriorarse y, en los últimos años, el conflicto por el financiamiento universitario agregó una nueva señal de incertidumbre.
El Consejo Interuniversitario Nacional estimó que las transferencias a las universidades nacionales acumularon una caída real del 45,6% entre 2023 y comienzos de 2026 y calculó que los salarios universitarios habían perdido alrededor del 32% de su poder adquisitivo entre noviembre de 2023 y febrero de este año. Durante 2026 el Gobierno acordó una recomposición salarial del 24,33%, un incremento del 20% para gastos de funcionamiento y una actualización del 50% para las becas Manuel Belgrano. El propio CIN consideró esos avances positivos, aunque insuficientes, y continúa reclamando la aplicación integral de la Ley de Financiamiento Universitario. El Gobierno, por su parte, sostiene que viene cumpliendo las transferencias y los compromisos asumidos en el acuerdo de junio.
Más allá de esa controversia, hay algo que debería preocupar a cualquier gobierno independientemente de su ideología: un país que reduce las expectativas educativas, científicas y profesionales de sus jóvenes está comprometiendo su propia capacidad de desarrollarse. Porque el futuro económico no se construye únicamente disminuyendo el gasto público; también se construye formando ingenieros, médicos, programadores, científicos, docentes, técnicos, investigadores y emprendedores.
Aquí aparece entonces la gran contradicción. La generación que probablemente más creyó en la promesa de romper con el pasado comienza a enfrentarse con una realidad en la cual independizarse sigue siendo difícil, conseguir un empleo formal continúa siendo una excepción para muchos, acceder a una vivienda parece cada vez más lejano y completar una carrera universitaria supone un esfuerzo económico creciente. Pero sería un error político enorme interpretar automáticamente esa frustración como un regreso al pasado.
Los jóvenes que votaron a Milei no necesariamente se están haciendo peronistas, radicales o del PRO. Muchos continúan rechazando precisamente aquello contra lo que votaron en 2023. Y allí aparece el dato posiblemente más revelador: un relevamiento reciente realizado entre jóvenes de barrios populares encontró que, de cada diez que votaron a Milei en 2023, cuatro aseguran que hoy no volverían a hacerlo. Pero solamente la mitad de esos jóvenes migraría hacia el peronismo u otra fuerza política; la otra mitad permanece indecisa o podría directamente no votar. Eso significa que el desencanto existe, pero todavía no encontró representación.
También las encuestas nacionales aconsejan evitar conclusiones apresuradas. En julio de 2026, el Índice de Confianza en el Gobierno elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella registró una caída del 23% entre los jóvenes de 18 a 29 años, llevando el indicador juvenil a 1,68 puntos. La caída encendió alarmas dentro del propio oficialismo, donde comenzaron a reconocer dificultades para retener parte del electorado joven. Sin embargo, durante agosto ocurrió exactamente lo contrario: la confianza de los jóvenes rebotó fuertemente hasta 2,80 puntos y volvió a convertirse en la más alta entre los diferentes grupos etarios.
Es decir, todavía no existe un divorcio definitivo entre Milei y los jóvenes. Lo que existe es algo políticamente quizá más importante: una generación extraordinariamente volátil, sin fidelidades partidarias demasiado sólidas y dispuesta a cambiar nuevamente si siente que el proyecto que eligió dejó de representar sus expectativas. Incluso la participación electoral muestra señales de esa distancia. En las elecciones de 2025 votó aproximadamente el 65,5% de los jóvenes de 18 a 29 años, frente al 73,4% de quienes tenían entre 30 y 49 años y alrededor del 80% de los electores entre 50 y 69. El primer destino del desencanto político puede no ser otra fuerza; puede ser la abstención.
Aquí aparece probablemente la principal enseñanza para quienes pretendan construir una alternativa política. No alcanza con decirles a los jóvenes que Milei fracasó, y mucho menos alcanza con proponerles regresar exactamente al modelo que rechazaron en 2023.
La discusión que viene será mucho más profunda: habrá que ofrecerles estabilidad económica y desarrollo, equilibrio fiscal y movilidad social, un Estado eficiente y una economía productiva, inversión privada y educación pública de calidad, competencia y protección frente a la precariedad, tecnología, innovación, ciencia, crédito, vivienda y empleo formal.
Porque ninguna sociedad puede considerarse exitosa cuando sus jóvenes sienten que trabajar no alcanza, estudiar resulta cada vez más difícil y tener una casa propia se transforma en una fantasía. La Argentina necesita volver a construir algo mucho más importante que un indicador económico: la expectativa de progreso. Que un joven pueda imaginar que dentro de cinco años estará mejor que hoy; que estudiar tendrá sentido; que trabajar permitirá independizarse; que ahorrar permitirá construir patrimonio; que emprender no será una aventura imposible; y que quedarse en la Argentina pueda volver a ser una decisión racional y no solamente afectiva.
La gran disputa política de los próximos años puede estar justamente allí. Milei entendió antes que buena parte de la dirigencia que existía una generación cansada del pasado y logró transformarla en una enorme fuerza electoral. Pero ahora enfrenta un desafío mucho más difícil: demostrar que aquella ruptura puede convertirse efectivamente en futuro. Porque los jóvenes probablemente no quieran regresar al pasado, pero tampoco permanecerán indefinidamente en un presente que no les ofrezca futuro.


