El megaproyecto, financiado íntegramente por Beijing, ya suma más de 1.000 megavatios de nueva capacidad. Con los 90 parques solares completos –y la ampliación prevista a 92 para 2028–, Cuba alcanzará los 2.000 MW solares, equivalente a toda su actual generación fósil. Cada megavatio instalado ahorra la importación de 18.000 toneladas de combustible, un alivio decisivo tras la caída del 90% en las compras de petróleo provocada por el bloqueo estadounidense.
El presidente cubano Miguel Díaz-Canel lo definió como un acto de “soberanía energética”. “Esta es la respuesta concreta a las presiones externas”, señaló, en alusión directa a las sanciones que durante décadas condenaron a la población a apagones de hasta 20 horas diarias.
La velocidad del despliegue sorprende incluso a los estándares chinos: algunos parques entraron en operación en apenas 35 días tras la llegada de los equipos. Además del aporte masivo a la red eléctrica, el acuerdo incluye la donación de 70 toneladas de piezas para generadores y planes para instalar 10.000 sistemas fotovoltaicos en hogares, maternidades y clínicas.
Para los analistas, el movimiento va más allá de la ayuda técnica. China consolida su presencia en el Caribe, a solo 150 kilómetros de la costa estadounidense, y demuestra que la transición verde puede ser arma geopolítica. Mientras Washington endurece sanciones, Beijing ofrece tecnología limpia y financiamiento sin condiciones políticas visibles.
Cuba, históricamente vulnerable por su aislamiento económico, pasa de la crisis crónica a la vanguardia regional en energía renovable. Si se cumplen los plazos y se incorpora almacenamiento a gran escala, la isla podría generar la mitad de su electricidad con sol para finales de la década, rompiendo definitivamente el ciclo de dependencia y apagones.
El mundo observa: el “país olvidado” de Latinoamérica está a punto de convertirse en la nueva potencia solar del hemisferio.


