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Chiche Gelblung: cuando la historia no logra la absolución

Cuando la finitud de la vida determina el fin existencial de una persona, se escenifican un sinfín de circunstancias alrededor de la personalidad del ya ausente, con distintas variantes y valoraciones de su trayectoria. Pero cuando se trata de un ser que ha logrado trascender las fronteras del anonimato a través de la difusión de su actuación en distintos medios periodísticos, la cosa cambia, ya que es ineludible la toma de posiciones en cuanto al juzgamiento y el legado que puede dejar quien ya no habita entre sus congéneres.

Por: Ricardo Monetta

14 septiembre, 2026

4:45 pm

El caso de Samuel “Chiche” Gelblung es paradigmático y controversial, ya que ocupó una posición importante durante el período más tormentoso de la historia de nuestro país. En el caso de “Chiche” Gelblung, la lupa se agiganta, pues su participación en ese período y su faz periodística han dejado una impronta sobre la cual se ha difuminado como una persona que ha sido “víctima de las circunstancias”. Pero esto no corresponde a la realidad. Su historia en el periodismo está llena de discusiones y versiones encontradas.

Su debut profesional fue a mediados de 1966 en la revista Gente, historia que también él se encargó de volver confusa. A la revista Noticias Urbanas le dijo que había conseguido declaraciones del recientemente derrocado Arturo Illia. En cambio, a la revista Brando, su estreno fue dos semanas después, cuando el jefe de redacción lo había mandado a cubrir una nota en el Teatro Colón, donde el nuevo presidente, Juan Carlos Onganía, iba a presentar su nuevo gabinete.

A él se le atribuye una sugerencia periodística con intenciones de máxima profesional: “Que la realidad nunca te arruine una buena nota” (sic) (omitir o deformar una realidad es una mala praxis del periodismo).

Lo cierto es que en 1966 se produjo su ingreso a la revista Gente y, durante su ciclo como jefe de redacción y director detrás de Aníbal Vigil, dueño de Editorial Atlántida, Gelblung afianzó el perfil frívolo que definiría la publicación a partir de allí. Una pátina de aparente informalidad, para atenuar el trasfondo político de las tapas y su línea periodística; un completo apoyo a la última dictadura, con contenidos que la historia del periodismo guardará entre sus momentos más vergonzantes.

En una charla abierta, años después, en mayo de 2008, un estudiante de periodismo le preguntó si estaba arrepentido de algo. Se sintió incómodo y contraatacó: “Si vos te estás refiriendo a la época de ‘Gente’, y no te animás a preguntarme, yo te aclaro que eso no lo considero un error, reivindico total y absolutamente los años que me tocó dirigir la revista. No me arrepiento de nada. No tengo que pedir disculpas a nadie. Sé que he cometido errores, como los sigo cometiendo” (¡depende de la naturaleza de los errores!).

Solo una vez reconoció un error: “Si uno tuviera que arrepentirse totalmente de un período en el que ejerció el periodismo, ese es Malvinas”. Claro, para ese entonces ya no estaba en Gente, sino en La Semana, revista de Editorial Perfil.

En la década del 90 le contó a Carlos Ulanovsky que la historia de Gente durante el Proceso fue que “hubo dos verdades y la revista contó una de ellas” (¿aquí deslinda o comparte responsabilidades?).

Pero en ese momento, ¿quién contaba la otra? Muchos se quedaron con aquel editorial del 1 de abril de 1977, cuando Gente publicó un editorial titulado “Gente se equivocó”. La nota recogía largos tramos del discurso de Videla en el primer aniversario de su gobierno. Luego, la misma revista publicaba, con un título en mayúsculas en media página: “GENTE SE EQUIVOCÓ”, haciendo una autocrítica por haber sido “complaciente con el régimen peronista” (sic).

Luego se despacharon: “Que termine la demagogia y que nos inunden ideas nuevas y nos gobierne gente sana”.

La tapa del 9 de diciembre de ese año mostraba la ficha de búsqueda de la militante montonera Norma Arrostito, con una faja que decía: “MUERTA”, e indicaba fecha y hora del hecho. En el balance de ese año, Gente trabajó el sarcasmo de manera siniestra en un texto: “La tortura del año”.

Tiempo después, la opinión pública supo que Arrostito, en verdad, estuvo secuestrada en la ESMA y sometida a tormentos hasta enero de 1978, cuando la asesinaron. No hace falta ser mal pensado para suponer que Gelblung dispuso de esa información mucho antes que el resto de la sociedad.

Un documento de la Embajada de EE. UU. en Argentina, luego desclasificado por el Departamento de Estado, da cuenta de una conversación personal de Chiche con el ministro del Interior, Gral. Albano Harguindeguy, quien, para junio de 1976, ya le confesaba tener gente ilegalmente capturada bajo el eufemismo de “custodia gubernamental”, mientras la revista publicaba notas desautorizando denuncias internacionales.

En diciembre de 1977, Editorial Atlántida, con Gente a la cabeza y otras revistas de la empresa, como Somos y Para Ti, publicadas entre 1976 y 1983 y en las que participó Gelblung, mostró a su voluminoso universo de lectores la historia de “Los hijos del terror”, poniendo en la tapa la foto de una niña con un delantal y una muñeca, que luego se supo que se llamaba Alejandra y que su madre, dirigente montonera en el Uruguay, «se suicidó» frente a ella cuando iba a ser detenida.

La crónica seguía así: “Su padre murió en un enfrentamiento” (eufemismo preferido). “La niña espera que alguien la reclame”.

Todas esas tapas las autorizaba Chiche. Eso era lo que se leía. Pero, en realidad, la niña se llamaba Alejandrina y NO hubo suicidio ni enfrentamiento, sino el asesinato de sus padres, los militantes Susana Beatriz Mata y Juan Alejandro Barry, a manos de militares uruguayos, en el marco del Plan Cóndor.

Décadas después, la niña, hecha mujer, Alejandrina Barry inició una querella contra Editorial Atlántida por esa ominosa puesta en escena.

En mayo de 1977, Gente había presentado una nota con entrevistas a once viudas por “atentados contra la guerrilla” (contra el expresidente Aramburu, Pedro Eugenio; el empresario Oberdan Salustro; varios militares y trabajadores y mujeres que también ganaron la guerra, según Gente).

Todo esto, en medio de factótum de las principales operaciones represivas como Videla (“ejemplo de firmeza”); Massera (“la defensa del país”); Agosti (“Directo, claro”); Camps (“actuación destacada contra la subversión”) y Suárez Mason (“una línea con carácter”). Todo esto era supervisado por Gelblung.

El planteo de Alejandrina Barry conecta así la memoria y la lucha contra la impunidad con una discusión política del presente. La reivindicación de Chiche por parte de algunos sectores progresistas aparece como parte de un problema más amplio: la adaptación de determinados discursos políticos para buscar nuevos acuerdos, incluso al costo de relativizar responsabilidad histórica.

En ese sentido, la pelea por la memoria, la verdad y la justicia no puede quedar reducida a actos conmemorativos, sino que implica discutir qué intereses estuvieron detrás del terrorismo de Estado.

Cuando en 1977 el diario francés Le Monde llamó a un boicot al Mundial del 78, ese país se convirtió en el epicentro de esa clase de denuncias y luego desde donde operó el “Centro Piloto de París”, bajo las órdenes de Emilio Massera y con el objeto de contrarrestar esas denuncias contra la dictadura.

En ese mes, la revista Gente destacó con grandes titulares la visita de Videla a James Carter en el Salón Oval de la Casa Blanca, en el que el dictador habló “en nombre de un país golpeado por la subversión” y que es víctima de una campaña internacional de desprestigio (sic).

En 1978, Gelblung viajó a París, pero no para hablar del Centro Piloto, sino para investigar al Comité de Boicot a la Organización del Mundial de Fútbol en la Argentina, creado en la capital francesa. La nota salió en la edición del 25 de mayo y llevaba por título “Cara a cara con los jefes de la campaña antiargentina”.

La pregunta es: ¿de qué lado estaba el periodista y en nombre de quién escribía?

El mismo Chiche escribió: “El terrorismo abrió un frente externo. Pero el país no está desarmado para hacerles frente. Debe contrarrestar con la verdad, su arma más poderosa”, escribió de su puño.

También aseguraba que “adoptamos la misma opción que Clarín y La Nación, nosotros no hicimos nada que ellos no hicieran”.

(Por supuesto, lo único que hicieron fue ocultar todos los crímenes de lesa humanidad durante siete años).

Y, a propósito, Clarín aprovechó para quedarse, a fuerza de torturas y extorsión, con Papel Prensa.

Parece que Gelblung se acogió a los beneficios de la “teoría de los dos demonios” en la construcción de su épica personal.

En esa reconstrucción histórica, habló de un autoexilio en España, donde fue a trabajar en una editorial de Vigil llamada Cosmos.

En su momento fue acusado de “colaboracionista” por el periodista Armand Luchina en el caso de Enrique “Jarito” Walker.

En una oportunidad, le contó al periodista Juan Salinas que lo había llamado el general Cáceres, que había sido jefe de la Policía Federal, y que le preguntó si “Jarito” era amigo de él. Y contestó que sí. Entonces, el Gral. Cáceres le dijo textualmente: “Dígale que tiene 72 horas para salir del país”.

Entonces contactó a Walker y le transmitió la información. Este le contestó, asombrado por la vinculación de Chiche con el general, y le dijo: “Es lo único que te faltaba, ser el vocero de los secuestradores”.

“Jarito” no se fue y a los tres días fue “chupado” en un cine de la calle Rivadavia. Se cree que fue una de las víctimas de la masacre de Pasco, donde fue asesinado con otros compañeros y sus cuerpos fueron dinamitados.

Muchos medios existentes en ese entonces prefirieron una omisión maliciosa acerca de la personalidad del periodista recientemente fallecido. Como en el periodismo, el oro y el barro tienen su opacidad y brillo que ensucia y encandila. Muchos han sucumbido a esa tentación.

En última instancia, “Chiche” Gelblung no participó en forma directa en esa época ominosa, pero ayudó a secuestrar lo más sagrado del periodismo: LA VERDAD.

Fuente: Prensa Alternativa

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