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Opinión

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12 de Octubre de 1492: la historia según los vencedores y la tragedia de los pueblos originarios

La historia oficial nos enseñó que el 12 de octubre de 1492 comenzó una gesta civilizadora, pero detrás del relato del descubrimiento se ocultan la conquista, el saqueo, la imposición cultural y el exterminio de pueblos que tenían sus propias civilizaciones, conocimientos y formas de organizar la vida. Más de cinco siglos después, cabe preguntarse cuánto de aquel colonialismo persiste bajo nuevas formas de dominación.

Por Ricardo Monetta

10:48 am h

La Historia-poder busca educarnos en la obediencia, indicándonos desde pequeños la idea madre de que las cosas siempre fueron así y así deberán seguir. Como, por ejemplo, cuando un expresidente afirmaba: «Pobres habrá siempre», y tenía la triste manía de empecinarse en leer las «inexistentes obras completas» de Sócrates, cuando, en realidad, lo que sabemos del filósofo es por los textos de Platón.

En este marco conceptual, una de las preocupaciones primarias fue que nos quedara bien en claro que Colón descubrió América en 1492, que, a partir de aquel venturoso 12 de octubre, la superioridad, la religiosidad y la inteligencia de los españoles no tuvieron más que aflorar para que todos los pueblos que entraban en contacto con ellos los consideraran dioses dignos de sumisión. Se nos presentó a los «naturales» como sociedades zoológicas, hablándonos de sus «usos y costumbres» y no de su cultura, de sus supersticiones y «mitologías» y no de su religión. Se los calumnia cuando se los describe como poco afectos al trabajo, y solo se hace «justicia» cuando se los declara ignorantes del concepto de «propiedad privada», aunque, claro, para la «historia oficial» eso no es una virtud, sino un defecto, entrando así en una de tantas contradicciones groseras: por eso se los cuestiona por no valorar su propiedad privada, a la vez que se avala el despojo salvaje cometido por los invasores contra las posesiones de los pueblos originarios. Ya sabemos que, desde entonces hasta hoy, cuando ellos «roban», se llama «conquista y ocupación del espacio».

En otras palabras, lo mejor que les podía pasar a esta «gente» era que «muchachos» de la «calidad humana» de Colón, Cortés, Pizarro y otros aventureros inescrupulosos la instruyeran en las «virtudes de pertenecer al mundo occidental y cristiano», eso sí, como esclavos, sirvientes, encomendados o mitayos.

Pero la realidad se empecina en ser distinta, opuesta a esa versión, que, aunque en decadencia, aún persiste por la «educación» que responde a los cultores de la opacidad de la Historia. Porque hoy también existe una narrativa que responde a una mentalidad colonial, que defiende los mismos intereses de los colonizadores del presente, que buscan legitimar un pasado deshonroso como base de legitimación del colonialismo presente.

A partir de este marco conceptual, vemos que los historiadores y los investigadores de la Historia se dan cuenta de que está llena de subjetividades y de que cada uno la cuenta o la escribe de acuerdo con determinados intereses o con su ideología afín. Pero la mayoría, en la actualidad, está de acuerdo —cada vez hay menos que no lo están— en que España ya no es considerada la «madre patria». Porque ¿de qué madre estamos hablando? ¿De una «madre adoptiva», «apropiadora», depredadora, con supresión de identidad? ¿Acaso no se ejerció la fuerza coercitiva y aniquiladora, además de la negación de sus orígenes, sobre los naturales que aquí habitaban? No nos olvidemos de que la Corona española aprobó finalmente, mediante las Leyes Nuevas, que sus «nuevos hijos» de esta parte del mundo eran «seres humanos», pero que quedaban en guarda de los españoles residentes en el Nuevo Continente. (¡Menos mal!).

Nadie puede dudar del coraje de intrépidos navegantes, con Cristóbal Colón como capitán, para internarse mar adentro en esas frágiles embarcaciones hacia lo desconocido. Pero tampoco debemos ignorar que los europeos del siglo IV se sentían el «centro del mundo» (como en la actualidad) y las cosas empezaban a existir a partir del momento en que ellos las descubrían. Por eso, el descubrimiento del Nuevo Mundo fue para la Corona española una fuente inagotable de riqueza, extraída de las formas más despiadadas que se tenga memoria de esa época.

Para los «americanos nativos», fue una tragedia que ponía fin a siglos de posesiones legítimas y vidas organizadas, incluso con mayores conocimientos científicos que los europeos, como en el caso de las civilizaciones mayas, incas y aztecas.

Por curiosidad, necesidad y ambición, los europeos del siglo XV soñaban cada vez más con empresas marinas. Y como los «turcos» ocuparon Constantinopla en 1453, se cortó la ruta que permitía el comercio entre Oriente y Occidente y hubo que pensar en otras vías alternativas. O sea que Cristóbal Colón fue un emergente de la Casa Real de España para conseguir nuevo financiamiento para sus «poderes terrenales». Colón y su gente trasladaron a América toda la intolerancia de una España que necesitaba afirmar su dudosa unidad e identidad, basada en la destrucción del «otro» (pareciera que nada ha cambiado). Por eso, lo de los moros y los judíos se trasladó a los «salvajes» del Nuevo Mundo. Aún hoy hay algunos autores que siguen presentando argumentos muy curiosos para justificar la «conquista» a sangre y fuego, no la civilización para América. Hablan de la necesidad de la expansión de las potencias europeas, de la búsqueda de nuevas tierras y de la voluntad de expandir la nueva fe, etcétera, etcétera.

Pero ¿estas supuestas necesidades justifican acaso el genocidio y la imposición de diferentes modos de concebir la vida y de diferentes culturas? Esta supuesta «civilización» que llega a América basaba su poder en su experiencia guerrera, con sus armas mortíferas para los naturales, y en la insaciable codicia de los saqueadores y sus patrones.

A cambio de la «civilización» que les traían, podemos decir que, entre 1503 y 1560, los saqueadores europeos se llevaron a España 185.000 kg de oro y 16 millones de kg de plata. Aplicando un módico interés fijo, los conquistadores deberían devolver a los «naturales americanos» o a sus descendientes 480 billones de dólares por el saqueo indiscriminado, que dejó 80 millones de muertos en todo el continente.

Quiero homenajear, y en su nombre a todos los pueblos originarios, al cacique Caonabó, conocido como el señor de la Isla Sur, que fue traicionado por Colón a pesar de haber sido recibido con hospitalidad. Caonabó luego fue el más encarnizado enemigo de los «blancos», ostentando un natural talento guerrero, lo cual le significó liderar cinco tribus guerreras. Pero cuando el abuso de la confianza por parte de los invasores se tradujo en violaciones y muertes por resistir al sometimiento, Caonabó fue apresado en una celada. Colón lo tuvo prisionero durante meses y luego fue embarcado a la fuerza. Inmediatamente comenzó una huelga de hambre que culminó con su muerte por inanición.

A pesar de haber transcurrido más de cinco siglos, tanto los pueblos originarios como los «nuevos americanos» seguimos sufriendo al nuevo capitalismo, solo que ahora la sofisticación de los instrumentos de guerra pertenece al tecno-feudalismo, al cipayismo vernáculo y a la obsolescencia programada de la colonización de la subjetividad. ¿Es que acaso las revoluciones han muerto?

«La primera condición para modificar la realidad es conocerla». (Eduardo Galeano).

Fuente: Opinión.

1 comentario

  • cacho sorokin

    Ya nos tiene acostumbrados el maestro Monetta a trasmitirnos muy buenos artículos internacionales y otros de amplio espectro. Para acompañar el de la fecha sugiero escuchar (youtube) el tema «ASUNTO DE DINERO» interpretado por el grupo vocal «DE LOS PUEBLOS». Con humor e ingenio nos muestra la tragedia histórica de la conquista, la vieja y la nueva. No se la pierdan y aprovechar para difundirla ya que el futuro que nos espera está sugerido en el tema mencionado.

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